Vuelven las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica bajo el título "Mujeres audaces y mujeres madrileñas"
El próximo día 16 de octubre comenzarán las IX Jornadas Madrileñas de Novela Histórica en la Biblioteca Regional de Madrid con el título: “Mujeres audaces y mujeres madrileñas”. Esta edición se divide en tres bloques que se desarrollarán durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, ofreciendo al público diferentes conferencias relacionadas con la historia de esta ciudad y las mujeres que en ella nacieron o vivieron, teniendo como base el ensayo y la novela histórica.
Los organizadores recuperan una costumbre madrileña nacida en el siglo XIX conocida como los “Jueves de moda” y la traslada a la actualidad; por eso, las conferencias se impartirán un jueves de cada mes.
Inaugurarán las jornadas la escritora y directora de las jornadas, Carolina Molina, que hablará de la Inclusa de Madrid, una institución sostenida por mujeres. Seguidamente llegará el turno del escritor y periodista Javier Velasco, quien en compañía de Maudy Ventosa, profesora y escritora, autores del libro “El caso de Margarita Landi, la Rubia del Velo y la Pistola”, hablarán de esta mujer adelantada a su tiempo, periodista e investigadora de hechos criminales.
En la jornada del día 13 de noviembre, Eduardo Valero, investigador de temas madrileños y cofundador de las jornadas, hablará del género de variedades o arte frívolo y de unos teatros por los que pasaron glorias del cuplé como Raquel Meller, “La Chelito”, “La Argentinita” y “La Goya”, entre otras.
La segunda conferencia, centrada en Anita Delgado, estará a cargo de la escritora Elisa Vázquez de Gey, especialista en la biografía de esta mujer que llegó a ser Maharani de Kapurtala.
La tercera y última jornada, que se celebrará el 11 de diciembre, la historiadora y novelista María Pilar Queralt del Hierro, junto a Carolina Molina, autoras de “Guerreras. Españolas que empuñaron las armas”, rendirán homenaje a mujeres audaces y su relación con la historia de España.
Para clausurar las jornadas, la escritora e historiadora Sara Medialdea, miembro del Cuerpo de Cronistas de la Villa de Madrid, hablará de los mitos y realidad de las cigarreras de Embajadores.
La dirección y coordinación de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica corre a cargo de la Asociación Verdeviento cuyos miembros son escritores y ensayistas con gran experiencia en el sector del libro. Dirigen y coordinan Carolina Molina y Eduardo Valero, presidenta y vicepresidente respectivamente.
Doña María Teresa Sánchez Avendaño, subdirectora de la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina, inauguró la séptima edición de las Jornadas madrileñas de novela histórica que se celebrarán los jueves 16, 23 y 30 noviembre, y el jueves 14 de diciembre.
Puede ver el programa preparado por la Asociación VerdeViento haciendo clic aquí.
La Biblioteca Regional, a través del portal de YouTube de la Consejería de Cultura de Madrid, ofrece los vídeos de las conferencias para el público general y que reproducimos en nuestro blog.
Mesa 1
Ilustres golfos de Madrid
Eduardo Valero
Desde los golfines bandoleros hasta los golfos más pintorescos que animaron las calles de Madrid, los asistentes a la primera mesa pudieron conocer sus historias y curiosidades de la mano de Eduardo Valero García, cronista de las Jornadas y autor de Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español.
La charla sobre estas figuras de primer orden de la golfería madrileña se desarrolló en un ambiente distendido y participativo.
Víctor Fernández Correas nos ha recordado el alma de los barrios madrileños. Ha mencionado la Costa Fleming y su cabo: Corea.
Y es que Madrid no tiene mar, pero sí costas; como las recreadas por Antonio D. Olano en su Guía secreta de Madrid allá por los años 70. Además de Fleming y Corea, el autor identificaba las costas de Ballestas, Gran Vía y Clara del Rey.
Al tener costa no podía faltarle un faro, y así fue como en 1992 se erigió uno en la Moncloa. ¡Qué año aquel!
1992 fue para España una auténtica verbena. La Exposición Universal de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona y Madrid como Capital Europea de la Cultura. Parece muy lejano todo aquello porque ya es historia de otro siglo, pero sólo han pasado poco menos de treinta años. Muchos madrileños disfrutaron de Barcelona y de Sevilla; otros tantos casi ni se enteraron de lo que estaba ocurriendo en la villa y corte.
El 27 de mayo de 1988 el Consejo de Ministros de Cultura de la Comunidad Europea elegía a Madrid como Capital Europea de la Cultura para el año 1992. En aquellos tiempos era Juan Barranco el alcalde de esta villa.
En diciembre de 1991, un nuevo alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, presentaba en Bruselas el programa de actos de la capitalidad cultural europea. Comenzaban así los preparativos para la celebración de Madrid’92, ciudad europea de la cultural.
El Consorcio Madrid’92, había sido creado para tal fin en noviembre de 1989 bajo las directrices de una comisión ejecutiva representada por el Ministerio de cultura, la Comunidad y el Ayuntamiento.
Muchos fueron los eventos programados y las inauguraciones de espacios que hoy perduran, como el ya citado Faro de la Moncloa (Torre de Comunicaciones del Ayuntamiento), de 110 metros de altura; emblema de nuestra ciudad.
Dispone de un rápido ascensor cuya utilización en 1992 costaba 200 pesetas por viajero (100 pesetas los niños y jubilados). Ahora cuesta 3 euros.
Poco después de su inauguración un fuerte viento se llevará parte de la cubierta y en 2005 se clausurarán las visitas turísticas por un defecto en su escalera, que incumplía la nueva reglamentación de Seguridad del Ayuntamiento. Reabrió sus puertas en 2015, pero un incendio en 2016 obligó a cerrarlo hasta 2017. Después de la realización de obras para adaptarlo a las necesidades del público, reabrió sus puertas en noviembre de 2020.
En el barrio del Pilar (junto a La Vaguada), se inaugura el Teatro de Madrid, para representaciones de zarzuela, ópera y danza. Años más tarde, en 2011, cerraba sus puertas. Hoy, abandonado y vandalizado, es recuerdo de lo mucho que se gasta sin vistas al futuro.
Lo mismo ocurrió con el Museo de la Ciudad, un edificio de 1900 m2 ubicado en la calle Príncipe de Vergara que cerró sus puertas en 2012. Hoy sabemos que las excelentes maquetas allí expuestas, fiel retrato de cómo era Madrid en 1992 (deterioradas algunas por el paso del tiempo), estuvieron a punto de ser destruidas ante la imposibilidad del Ayuntamiento de costear los gastos de almacenaje. Afortunadamente, la empresa Adif se quedará con la mayor parte de ellas y las expondrá en la estación de Atocha. El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) se quedará con la réplica de la catedral de la Almudena y con la de la Plaza de toros de las Ventas la Escuela Taurina de Madrid.
En el entorno del también inaugurado Parque de Juan Carlos I, se ponía en marcha la Institución Ferial de Madrid (IFEMA), donde se celebrarán por primera vez las ediciones de aquel año de la feria ARCO y Pasarela Cibeles.
Al coincidir con el V Centenario del descubrimiento de América, el tenebroso palacio de Linares será restaurado y convertido en Casa de América, con fantasma incluido. Allí se celebrará la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, con la presencia de 21 mandatarios, siendo la más sonada la de Fidel Castro, hospedado en el Hotel Ritz.
La inauguración del Museo Thyssen-Bornemisza y la puesta en funcionamiento de la segunda planta del Museo Reina Sofía conformarán, junto con el Museo del Prado, el Triángulo del Arte.
La estación de Atocha se mostrará al viajero completamente renovada y reformada, con un precioso jardín tropical ocupando el espacio donde antes estuvieron los andenes. Una tenue lluvia de vapor proveniente del techo creaba el ambiente propicio y regaba las exóticas plantas. Las palmeras del Brasil que aún podemos contemplar costaron la friolera de 150.000 pesetas cada una. También se inauguraba la estación de Alta Velocidad Española (AVE), para que los madrileños y turistas pudiesen llegar a la Exposición sevillana “en dos horas y un poquito”.
Mingote crea una Puerta de Alcalá dibujada, en plena construcción, con el propio Carlos III presentándola y rodeada de tipos madrileños de todos los tiempos. Las graciosas y preciosas ilustraciones recubrirán la verdadera puerta en sus cuatro lados.
Se realizarán conciertos; exposiciones de arte; estrenos de grandes musicales; un rico programa titulado Ciencia, literatura y pensamiento; espectáculos en diversos puntos de la ciudad, con desfiles y pasacalles más representativos de las cabalgatas de Reyes o de Carnaval que de evento tan singular.
El madrileño no llegó a comprender claramente que era todo aquello, de ahí que la participación ciudadana fuese escasa en los 1.800 eventos programados, con una media de asistencia de 700 personas por cada uno de ellos (un total de 1.272.572 espectadores).
Durante todo el año se publicó la revista La Capital, de escaso interés para el madrileño, aunque el primer número se agotó en menos de 48 horas.
Entre unas cosas y otras, la celebración de la capitalidad cultural europea supuso un gasto superior a los 6.000 millones de pesetas.
Para eventos musicales se dedicaron 1.840 millones; 738 para el programa de ciencia, literatura y pensamiento; 756 para obras teatrales; 340 destinados a las artes audiovisuales y 381 para artes plásticas; la danza se llevó 281 millones y 328 la publicación de la revista La Capital. El Consorcio de la capitalidad gastó en publicidad 928 millones, y suma y sigue.
Madrid’92 supuso un cambio inesperado para la ciudad y sus habitantes; un nuevo modelo que dejaba atrás a la mítica Movida madrileña y los bandos de Tierno Galván.
Hasta aquí, y a grosso modo, he recordado el año que fuimos referente cultural de las Europas. Pero Madrid no necesita esos nombramientos, es Cultura por si sola. Cuna de todas las artes desde hace siglos, ha ofrecido al Mundo los más augustos nombres, tanto en la pintura como en la literatura y las ciencias. ¡Hasta un madrileño viajó a la luna!
Cuidemos siempre de nuestro valiosísimo patrimonio y nunca dejemos de lado la Cultura, porque en ella debemos poner todos los medios para apoyarla y fomentarla.
Muestra de ello han sido los interesantes artículos que hemos publicado en las V Jornadas Madrileñas de Novela Histórica que hoy no finalizan, sino que hacen un receso hasta el próximo año… porque siempre habrá Cultura.
Eduardo Valero García
Este artículo contiene fragmentos de texto del libro Historia de Madrid en pildoritas ISBN: 978-84-16900-81-7 (2018)
Poco tiempo llevaba Benito Pérez Galdós en Madrid cuando comenzó a explorar sus calles, sus plazas y todo aquello que le ofrecía un conocimiento claro y certero de la sociedad madrileña y su entorno. Observador incansable de todo cuanto veía, sumaba a su aprendizaje lo que se contaba en los cafés, mercados y otros comercios.
Tal era su interés en todo lo aportado por esta villa que claramente lo expresó en su primer año como colaborador de La Nación. Bajo el título de «Desde la veleta», publicado el 29 de octubre de 1865, el joven periodista escribirá:
Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid […] ¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!.
Es indudable que aquella primitiva idea se materializará más tarde en su extensa obra literaria y también en su colaboración para el diario La Prensa, de Argentina, durante la última década del siglo XIX. De estas colaboraciones, recuperadas por Alberto Ghiraldo y publicadas en 1923, extraigo las observaciones del escritor sobre la sociedad madrileña. Aparecen en el primer volumen de Benito Pérez Galdós (Obras inéditas), bajo el título de Fisonomías Sociales. Se divide en dos bloques: Ciudades de España y Observaciones de ambiente, centradas estas en la sociedad madrileña.
«¿Qué Madrid este! Y, sin embargo, siempre tan alegre y divertido. Es la ciudad de la perpetua Pascua y de la feria constante».
La visión de Galdós sobre usos y costumbres de la sociedad, incluso de la propia ciudad, se presenta al lector argentino en artículos ilustrativos o críticos, con explicaciones que le convierten en un cronista preciso de lo que ocurre en la capital de España. Es igual de explícito para el madrileño del siglo XXI que se asombra constantemente al comparar, al identificarse con sus antecesores, porque todo lo contado por Galdós continúa vigente aún con las diferencias marcadas por el avance de los tiempos.
Abastecimiento de Madrid
«La vida no es barata en Madrid, si bien no es tampoco tan dispendiosa como algunos sostienen».
Eso era cierto, y continúa siéndolo; sin embargo, y a pesar de ello, indicaba que la ciudad era «uno de los mejores mundos posibles»; una de las capitales donde mejor se comía gracias a sus mercados. «Madrid ocupa el centro al cual, por diferentes radios, afluyen los productos todos de las distintas zonas de la península».
Dice que en lo arquitectónico los mercados no tenían nada que admirar. Salvo los de hierro, refiriéndose a los de Mostenses y la Cebada, los demás eran antiguos, estrechos, mal organizados y carentes de higiene; aún así, valora lo bien surtidos que estaban.
Los transportes encarecían un poco el precio, pero en los mercados de la villa y corte no faltaban productos de todas las regiones de España; tampoco los provenientes de la huerta madrileña. Galdós asegura que la tierra de Madrid era fértil, aunque tuviera fama de estéril.
«Las hortalizas que Madrid come se crían en los huertos del Manzanares y en la fértil ribera del Jarama. Esta provincia tiene fama de estéril, y no lo es seguramente. Los que sólo conocen de ella las colinas arenosas que rodean a la capital, ignoran que posee, fuera de nuestra vista, terrenos de superior calidad. Los de Villaviciosa de Odón y Navalcarnero son, realmente, fecundísimos, y toda la orilla del Jarama es de lo más hermoso y rico que poseemos. En esta provincia y en los términos de la Villa del Prado, de San Martín, de Valderigarias (Sic) y de Navalcarnero se crían esas incomparables uvas alvillo, que no tienen rival en el mundo por su delicada dulzura. Hacia Chinchón, en el celebrado Añover de Tajo, y en toda la ribera del Jarama, se producen los melones de la tierra, superiores a los de Valencia y a todos los melones conocidos. Arganda es gran productora de vino, y, por último, Aranjuez, donde están los lindes de esta provincia con la de Toledo, es una zona de admirable poder agrícola. De aquel riquísimo aluvión salen las fresas, que no tienen competencia por el aroma y la finura, los espárragos gruesos, las ensaladas y otras peregrinas especies que alcanzan subido precio al principio de la primavera».
Cita todos los productos que se recibían de provincias; su origen y excelente calidad, fueran estas carnes, pescados, lácteos, quesos o los pavos procedentes de Segovia y León para la Nochebuena. Incluso los productos extranjeros tenían su lugar: «Existen aquí casas dedicadas exclusivamente al comercio de comestibles extranjeros, y hace muy buen negocio».
Habla también de los vinos, del pan y de la calidad del agua.
«Es fama que a todos los que vienen a Madrid se les desarrolla un voraz apetito; y esto, si acaso es cierto, se debe, al decir de los fanáticos, al agua del Lozoya. Los madrileños sostienen que en ninguna parte del orbe se bebe agua mejor; y creo que tienen razón. Es de una transparencia y delgadez fenomenal. La de las antiguas fuentes apenas existe ya».
Aclara que los extranjeros, al llegar a Madrid «comen igual cantidad de alimento que en otras partes sin tener en cuenta la mayor fuerza nutritiva de los vegetales de este país, suelen verse atacados de un mal que antiguamente se llamó entripado y después cólico de Madrid».
Sobre el cólico de Madrid
Este cólico, también llamado cólico vegetal, provocaba diarreas y dolores espasmódicos de vientre atribuidos a la indigestión por consumo de frutas y algunas hortalizas. Había producido grandes estragos entre 1768 y 1771. En 1894 se sumaba el consumo de bebidas heladas en las botillerías, alojerías y puestos de agua de cebada, como causantes de esta gastroenteritis.
Carnaval
«Del Carnaval antiguo no quedan sino restos, tradiciones que se pierden de día en día en el tumulto de la renovación social».
Mucho había cambiado la sociedad y el festejo carnavalesco estaba convertido en una humana locura. Denunciaba el escritor la falta de originalidad en los bromistas y el poco arte de las caretas, cada vez más imperfectas en la recreación de la fisonomía humana. Los niños que se disfrazaban ya no las usaban. «Sus mamás les dan colorete, o les pintan bigotes con corcho quemado; y la gente de baja estofa, sea por comodidad o por economía, se disfraza la cara tiznándosela con almagre o betún». Añadía que sólo bastaba vestirse de mamarracho «… lo demás lo hacen las borracheras, los gritos, las groserías, la fatiga del baile y del canto».
A pesar de esto, admiraba a los estudiantes universitarios porque celebraban en Carnaval «con fe», organizando comparsas, aunque no tapasen sus caras.
Y le resultaban de interés los bailes infantiles que se realizaban en los teatros: «Se ven preciosidades, figuras monísimas, chulas, majos, incroyables, payasos, arlequines, caballeros a lo Felipe IV, damas a la Regencia, abates, Quevedos, toreros, chisperos, turcos, moros, valencianos, galleguitos, gitanos, magos, toda la historia y todas las razas representadas en figuritas vivas, que podrían ponerse sobre una consola. Se ha despertado verdadera emulación en esto; hay lujo, alardes de ingenio, originalidad, y cada ano las comparsas de niños disfrazados son más numerosas, bellas e interesantes».
Marzo
«Cuaresma y primavera, ayunos y buen tiempo, crecimiento de días y disminución de espectáculos públicos, más paseos y menos veladas, funciones de iglesia, preparativos de las de toros; todo esto y aun algo más nos trae el mes de marzo».
Así era el marzo madrileño, con su tiempo variable, sus vientos, la veneración a San José, los ayunos y el movimiento de pescados en los mercados, propiciado por la iglesia.
Dudaba Galdós de la verdadera penitencia de muchos en los «cuarenta o más días desde la Quincuagésima a la Resurrección». Decía que el arte culinario para esos días era obra de Satanás, inventando recetas gastronómicas hipócritas poco apropiadas para el espíritu de la Ley Sagrada. «En las cocinas de esas casas de penitencia [conventos y monasterios] han nacido las mil donosas invenciones que, en platos de pescado y platos de dulce, envanecen a la culinaria de nuestros tiempos empecatados. La comida de los pobres en Jueves Santo ha sido siempre de las más sibaríticas. Los que se han podido ver palacios episcopales han dado la norma a los palacios de los Reyes, éstos la han dado a las clases aristocráticas, y, por último, las fondas y restaurants, tomando lo bueno de aquí y de allí, aprovechando lo frailuno y lo palatino, han concluido por echar a rodar el dogma».
«Abril nos trae rara vez las alegrías de la primavera, por lo cual todo lo que los poetas han dicho y dicen de este mes, lo tenemos los madrileños por letra muerta».
Nuestro “sport” o la Fiesta Nacional
«Hay que reconocer que lo que más apasiona a la multitud es la fiesta nacional, los toros, el terrible y dramático sport, contra el cual se ha declamado tanto, y que continúa resistiendo a todas las propagandas».
Se continúa hablando de la tauromaquia, enalteciendo unos su arte y criticando otros su crueldad. Ya entonces era tema de controversia y lo que Galdós llamaba "Fiesta Nacional" o "Sport" para otros es Patrimonio Cultural.
«Llega el primer día de toros, y el madrileño neto lo olvida todo, la política y la revolución, el presupuesto y las contribuciones; lo único que puede preocuparle es el estado atmosférico, porque si llueve, adiós fiesta nacional. Todavía no se le ha ocurrido a nadie poner techo de cristales a las plazas de toros; pero día llegará en que esto se intente. Y la afición es de tal modo imperiosa, que hasta se dan corridas amenizadas con chaparrones, y los que aguantan los ardores del sol en los apiñados tendidos, llevan con paciencia la mojadura».
Curiosa observación. En este siglo XXI hubo un proyecto para cubrir la plaza de Las Ventas con una estructura insonorizada. Las obras comenzaron en noviembre de 2012, pero poco duró aquello, en enero de 2013 se hundía.
«Un domingo de toros en Madrid, si el tiempo es bueno y luce con todo su esplendor el sol, en este cielo de incomparable pureza y diafanidad, es el día más bello que puede imaginarse para todo el que no esté atacado de melancolía crónica. No es preciso ir a la plaza para participar del general contento; basta recorrer la Puerta del Sol y la calle de Alcalá para encontrarse dentro de la poderosa corriente magnética. Dentro de la plaza, las emociones son ya delirantes, y por mi parte no encuentro gran placer en ellas». Estas palabras en negrita, comentario de Galdós sobre el espectáculo taurino se repiten:
«Puedo juzgar fríamente este fenómeno de la creciente afición a los toros, porque no participo de ella en manera alguna. En veintitantos años quizá el que esto escribe no ha visto arriba de cuatro o cinco corridas. No entiendo una palabra de tauromaquia; no conozco las suertes, y, generalmente, me aburro tanto en la plaza, que al tercero o cuarto toro ya me es insoportable la función».
Aunque algunos defienden la idea de que a Galdós le gustaban los toros y se aferren al siguiente comentario, deben comprender que está haciendo una labor de periodista y no se compromete más allá de su opinión y un razonamiento lógico:
«Al propio tiempo no soy de los que abominan diariamente de las corridas de toros, ni de los que creen que se pueden y se deben suprimir. El Gobierno que a tanto se atreviera sería arrollado, y si no lo fuera, produciría con la prohibición males mayores que los que intentaba evitar. El toreo ha de existir aún durante mucho tiempo, y es más, conviene que exista. Un pueblo que desde tiempo inmemorial viene divirtiéndose de una manera, no puede divertirse de otra, porque lo mande o lo aconseje el filósofo desde su Gabinete».
Alegrías de la primavera
«El buen tiempo devuelve a Madrid su alegría tras un invierno crudísimo, desdichado y mortífero. Aunque la palabra buen tiempo tiene en el caso presente su significativo convencional, llamemos así a la conclusión do los destemplados fríos de los meses anteriores. El tiempo no es bueno en realidad de verdad, porque hace demasiado calor; pero lo aceptamos como tal, y nos echamos a la calle, ávidos de respirar el aire libre y de ejercitar nuestros músculos entumecidos por un largo y forzado reposo. Mayo es propiamente la season de Madrid, pues en dicho mes llega esta villa a su máximun de animación y bullicio».
A Galdós le llamaba la atención que desde mediados de abril hasta mediados de junio el gasto aumentara de forma considerable: «No sé si hay más dinero en esos meses; pero es indudable que corre más. El comercio menudo ve aumentadas sus ventas, sin duda por la renovación de vestidos que exijo el cambio de estación, y la excitación primaveral determina mayor consumo en el orden alimenticio y de bebidas».
En aquellos tiempos la clase acomodada, y los que podían permitirse hacerlo, se marchaban de vacaciones desde julio hasta septiembre; otros en agosto, mes en el que los que se quedaban estaban a merced de la sartén que era Madrid en verano.
Mayo y los Isidros
Creo recordar que ocurrió en la Navidad de 2005 cuando una avalancha de “Isidros navideños” llegó para ver las luces y colapso la urbe matritense. Desde entonces ocurre cada año, exceptuando este 2020.
Antes los “Isidros” venían principalmente a disfrutar de las populares fiestas del Santo, además de las carreras de caballos y las corridas de toros.
«Desde el 11 o el 12, los trenes de todas las líneas descargan número inmenso de forasteros. Se ha hecho costumbre en España venir a Madrid por San Isidro y las compañías de ferrocarriles, que obtienen en este mes ingresos considerables, estimulan todo lo que pueden la corriente inmigratoria». «Los beneméritos y a veces inocentes Isidros invaden los teatros, se aglomeran delante de los escaparates de las tiendas, recorren los paseos, ocupan en tropel los asientos de los tranvías, se procuran papeletas para ver interiormente ciertos edificios, mostrando singular predilección por el Museo de Historia Natural, el Naval y las Caballerizas reales».
Como es lógico, acudían a la romería de la pradera del Santo y se apiñaban en las esquinas para ver pasar a la reina o a la familia Real cuando salían por las calles.
Los comerciantes hacían su agosto; los empresarios de teatro preparaban espectáculos con graciosas bailarinas, y el Circo ecuestre ofrecía variedad de entretenimientos.
Panoramas madrileños
«La nevada en Madrid es siempre un espectáculo divertido y hay muchas personas que se lanzan impávidas a la calle y se dirigen al Retiro a contemplar allí el hermoso espectáculo de la naturaleza envuelta en la incomparable blancura de la nieve. En las calles y en las plazas ofrécense también panoramas muy lindos. Todo lo que pasaba por blanco resulta amarillo al lado de la nieve. La estatua de mármol se vuelve gris y la cal de las paredes medianeras toma un cierto color de papel viejo».
Con mayor o menor intensidad dice Galdós que se presentaba la nieve cada año. Estampa poco frecuente, más bien olvidada, en el Madrid actual. Y menos probable que lo haga en cantidad, ocasionando los efectos posteriores:
«Las calles se ponen entonces como si hubiera caído sobre ellas en una hora la lluvia de tres meses. Corren ríos de lodo por las cunetas y el paso de hombres y brutos sería imposible si el Ayuntamiento no mandara abrir todas las bocas de riego del Lozoya. Trábase entonces una terrible batalla entre el agua y el barro, porque los chorros de las mangas de riego parecen verdaderas lanzas que en poco tiempo destruyen y liquidan la monstruosa amalgama de nieve y tierra. Vuélvese todo agua fangosa y corriente, que se precipita a las alcantarillas, y las calles quedan limpias».
Sumemos a esto las heladas, los vientos huracanados que provocaban graciosas escenas en la Puerta del Sol, además la caída de árboles, chimeneas y tejas; también la inestabilidad del tiempo… esto sí es frecuente en el Madrid del siglo XXI.
«Al viento del oeste suelen acompañar en Madrid las pertinaces y tranquilas lluvias. Como quiera que el tiempo venga, aquí pasamos siempre de lo malo a lo peor y de lo peor a lo malo, siendo raros los días apacibles y templados. Con frecuencia vemos que a una temperatura de 18 grados a las tres de la tarde, sucede otra de 2 bajo cero a las ocho de la noche, y al día siguiente calor y, por lo tanto, aguas y después granizo. En un día tenemos, frecuentemente, muestra completa de las cuatro estaciones, por cuya causa es incalculable el número de maldiciones y censuras que en tres siglos y medio se han dirigido a Felipe II por haber puesto la capital de las Españas en lugar tan destemplado».
La Epifanía
De haber vivido en el siglo XIX, cualquiera de nosotros hubiésemos topado con el magnífico espectáculo que serpenteaba por las calles
madrileñas la noche del 5 de enero, víspera de la llegada de los Reyes
Magos. Grandes comparsas de hombres y mujeres atravesaban la ciudad de puerta a
puerta (desde la de Alcalá hasta la de Toledo), blandiendo hachones
encendidos, tocando cencerros y golpeando sartenes y cacerolas. Todos al
unísono vociferando y cantando, marcando la ruta a unos atolondrados
con escalera al hombro.
Se supone que cargaba la tosca escalera un engañado, un recién caído del
guindo, quien, bajo la promesa de los doctos en inocentadas, podía ver
la llegada de sus Majestades de Oriente encaramado a ella. Lo cierto es
que el engañado solicitaba un trago cada poco -unas veces de bota, otras
de frasca-, y dejaba sin cuartos a los espabilados.
A finales del año 1882, el entonces alcalde de Madrid, D. José Abascal y
Carredano, aprueba una ordenanza por la que se cobra un impuesto a las
comparsas y prohíbe la utilización de hachones, escaleras y todo tipo de
ruidos y escándalos que causasen molestias al vecindario. Con este bando el alcalde intentaba abolir el festejo... y desde luego
que lo consiguió. La noche del 5 de enero de 1883 reinó la paz y la
armonía en las calles y plazas de Madrid. Sólo en algunos barrios de la periferia se manifestaron los adeptos a la
celebración; lo hicieron con sus hachones encendidos, pero en silencio y
cabizbajos.
Así nos lo cuenta Galdós:
«Debe arrancar de tiempos muy remotos esta encantadora conseja de los juguetes traídos por los Reyes. Los pequeñuelos dejan el zapato en la chimenea, y por el tubo de ésta entran los Magos sin temor a ensuciarse de ceniza y hollín. Pero no en todas las localidades es la chimenea el sitio destinado a recibir el regalito.
En Madrid mismo, verifícase el fenómeno dejando una media en el balcón, y así es más fácil, ¡claro!, que los Reyes dejen algo, porque les basta arrojar el juguete cuando pasan, y no necesitan molestarse en penetrar por conducto tan angosto como es el cañón de una chimenea».
«La costumbre de salir a esperar a los Reyes, que consistía en procesiones escandalosas de gente baja, alborotando por las calles, y concluyendo en innobles borracheras, ha concluido desde que el alcalde impuso una contribución a los que de tal modo se divertían.
Hasta hace dos o tres años, apenas entrada la noche del 5, veíanse por las calles de Madrid turbas de hombres más o menos soeces, con hachas encendidas, tocando cencerros, cuernos y otros desapacibles instrumentos. Solía haber en esta ruidosa diversión algo de novatada, pues los infelices gallegos recién llegados a Madrid creían a pie juntillas en la venida de los Reyes, y sus ladinos compañeros les metían en la cabeza que se ganaba tres mil reales el que más pronto los divisara y se acercase a ellos.
Por esto llevaban los tales una grande escalera de mano, y después que corrían y chillaban de lo lindo, decían que ya estaban cerca los Reyes, y ponían en pie la escalera para que subieran los incautos a ver a Sus Majestades magas. La escalera se venía al suelo cuando ya estaba formado sobre ella un gran racimo de curiosos. Y en esto principalmente consistía la fiesta. Tan bárbara y ridícula manera de divertirse ha sido curada radicalmente por un alcalde, obligando a pagar cinco duros a toda persona que muestre vivos deseos de ofrecer sus respetos a los reales Melchor, Gaspar y Baltasar».
Divagaciones
A modo de epílogo, estas divagaciones de Galdós sobre el Madrid que habitó:
Divagando por sitios excéntricos hallo a Madrid encantador, alegre como nunca, todo luz, frescura, animación. Es la época de la fresa.
Imposible dejar de clasificar las épocas del año por la fruta que en ellas abunda. Los días de la fresa son risueños, todo mayo, parte de junio, días de toros y forasteros, de trajes ligeritos y de mucho barullo por las calles. Bien distinta es la época de los melones, allá por octubre, cuando se abre la Universidad y empiezan a venir a Madrid los caciques que olfatean la apertura de las Cortes. Pasada la deliciosa etapa de la fresa, viene la de las cerezas y los albaricoques, también bonita en sus comienzos, porque después aprieta el calor y no hay quien pare en este pueblo, que es un freidero. El verano hace un paréntesis en la vida de todo madrileño que disfruta de un mediano bienestar. La emigración se impone, y ya no hay que volver a Madrid hasta la época de las uvas de albillo, la mejor uva del mundo, según he dicho en otra ocasión.
Dejando para otra coyuntura la descripción acabada de la capital de España, según los tipos de fruta que se venden en los mercados, sigo el vistazo que doy a las animadas calles, costanillas y plazuelas de esta extraña villa, tan imperfecta, con imperfección irremediable, bajo algunos puntos de vista, tan alegre y hospitalaria siempre. El Madrid social lleva no poca ventaja al Madrid urbano, a pesar de los evidentes progresos que en éste se advierten.
Pero cuantas reformas puedan idear el arte y la ciencia no variarán el suelo en que el testarudo Felipe asentó su Corte, suelo por demás ingrato, irregular, compuesto de lomas arenosas, sin vegetación, con escasos aunque muy buenos manantiales de agua potable.
Hoy por hoy, Madrid ha tomado un desarrollo grande; pero éste, si continúa, no podrá pasar de ciertos límites, impuestos por la naturaleza. Aun suponiendo que la industria y el comercio, lo que no es probable, tomaran incremento, no se concibe cómo podrían vivir aquí un millón de madrileños.
Dos millones sería ya cifra absolutamente imposible. Un incremento rápido de la población plantearía un arduo problema, pues la eliminación de las aguas impuras no podría hacerse en el Manzanares (del cual se dice que en verano hay que regarlo para que no levante polvo) y habría que canalizarlo en busca del Jarama o del Tajo. Madrid crece y crece. Los edificios públicos aumentan de día en día, y las casas nuevas de vecindad son tantas, que aterra ver cómo se improvisan barrios de colmena, en los cuales se apiñarán las generaciones futuras, empujadas por la presente. La población nueva resulta en su caserío tan densa como la antigua, y el hormiguero toma proporciones alarmantes. Luego vendrán los higienistas a medir a cada vecino los metros cúbicos de aire que le corresponden; pero entonces el mal no tendrá ya remedio, porque no se pueden derribar arrabales enteros todos los días.
Entre los edificios públicos encuentro, además de la Biblioteca, en que se halla instalada la Exposición Histórica, la nueva Estación de Atocha, que sirve los ferrocarriles del Mediodía, Valencia y Barcelona, la nueva Bolsa, inaugurada estos días; el hospital de San Juan de Dios, el Hospital Militar, en término de Carabanchel, el cuartel de María Cristina y otros de menor importancia.
Todo esto observó Don Benito en aquel Madrid decimonónico, ya casi rozando con el XX. Muchas costumbres han cambiado, también la fisonomía de la villa; pero el madrileño en mucho continúa siendo como el de antaño. Salvadas las modas, los avances tecnológicos y el creciente pasotismo, hemos cambiado, pero no tanto.
Mañana más.
Eduardo Valero García
Autor de los libros Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Editorial Sargantana. Autor/editor de la publicación seriada Historia urbana de Madrid
Tan extensa y apasionante es la historia de Madrid como la de los lugares donde se comía y bebía. Figones, bodegas, tabernas y fondas poblaban la villa y corte y se expandían con ella. También existían otros espacios donde aclarar el gaznate, como las horchaterías, las neverías, los aguaduchos y las alojerías. De estas últimas existió una frente al mismísimo Corral del Príncipe, en la fila de siete casas que perduraron hasta 1863 en la plaza de Santa Ana.
De las alojerías o aloxerías ya hablaban Cervantes y Quevedo. En ellas se vendía aloja, bebida compuesta por agua, miel, arroz y especias aromáticas. Sus orígenes eran árabes, por lo que de un solo trago hemos conectado el Madrid musulmán con el Siglo de Oro. Pero hay más conexiones, porque las alojerías son el precedente de las botillerías, y estas de los cafés.
En las botillerías se servían bebidas y, si bien disponían de algunos bancos, eran locales de paso. Abundaban en tiempos de Fernando VI y durante el reinado de Carlos III fueron adquiriendo cierto orden y decoro. Recordemos el artículo que habla del Coliseo de los Caños del Peral y la botillería inaugurada allí en 1787. Para esos tiempos, estos establecimientos eran llamados indistintamente cafés o botillerías, con una clientela variopinta y popular que los convertía en lugar de reuniones públicas.
Ocurría el caso de la unión de botillería, fonda y posada en un mismo espacio, como lo era la posada de Cádiz, en la calle de Toledo; o la fonda y café de la Cruz, donde se hospedó Casanova.
La idea de café difiere mucho de la actual y, aunque en esencia cumplen el mismo servicio, los de antes eran cuarteles generales de los movimientos políticos y culturales que marcaron parte de la historia de España y nuestra literatura; porque las tertulias propias de salones y casinos privados pasaron a los cafés cuando estos iban perdiendo su condición de botillería.
La primera tertulia pública, destinada únicamente al teatro, nace en la fonda de San Sebastián por iniciativa de Nicolás Fernández de Moratín (padre de Leandro), Tomás de Iriarte y José Cadalso, entre otros literatos y políticos del siglo XVIII.
En 1791, Leandro Fernández de Moratín escribe La comedia nueva o el Café, inspirada seguramente en aquella fonda y las tertulias que allí se celebraban sobre las obras representadas en los teatros madrileños. Moratín sitúa a los personajes en un café:
Acto I
Escena I
«La escena es en un café de Madrid, inmediato a un teatro.
El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro, una puerta con escalera a la habitación principal, y otra puerta a un lado, que da paso a la calle.
La acción empieza a las cuatro de la tarde y acaba a las seis».
La Biblioteca Nacional de España conserva un manuscrito de la obra de Ramón de la Cruz titulado La botillería: fin de fiesta. Si bien la BNE no ofrece el año de creación o representación, la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes indica que es de 1766. De la Cruz escribirá dos obras en las que se hace referencia a los cafés; son El café extranjero (1778) y El café de Barcelona (1788).
Nos presenta también la botillería o café de la calle de la Cruz, citada en este artículo, ofreciendo una lista de lo que en ella podía consumirse.
En las postrimerías del siglo XVIII destacaban en la ciudad los siguientes cafés y botillerías
Y en el siglo XIX proliferarán los cafés como espacio de reunión para las tertulias de todo tipo, dependiendo en parte el momento político.
De los más mentados en obras literarias podemos citar al Café del Príncipe, también llamado El Parnasillo, donde se fundará la segunda peña literaria madrileña con ilustres personajes como Espronceda, Zorrilla, Larra, Ventura de La Vega, Escosura, Gil y Zárate, y el propio Mesonero Romanos, entre otros.
Después de la revolución de Riego, entre 1820 y 1823, se alegrará la Villa con los clubs a la francesa instalados en los Cafés de Lorencini de la Puerta del Sol, la Fontana de Oro, ubicado en la Carrera de San Jerónimo, donde estaba el convento de la Victoria, y el de la Nicolasa o de los Gorros, que era el club de los rojos o descamisados, situado en la Plaza de Santa Ana.
Estaban también los Cafés de la Alegría, que era muy malo, ubicado en la calle de la Abada, en el bajo de una fonda del mismo nombre; el de Levante, situado en la calle de Alcalá y probablemente antecesor del Nuevo Levante que se fundó con posterioridad en la Puerta del Sol; el billar-café del Morenillo, en la calle del Príncipe, conocido por hacer allí tertulias humorísticas Latorre, Luna y Guzmán.
Los cien mil hijos de San Luis hacen languidecer los madrileños cafés, llegando incluso a cerrar, y pasa a ser entretenimiento habitual la horca alzada en la Plaza de la Cebada.
En la Plaza de Santo Domingo se fundará el Café El Realista, que cerrará sus puertas a la muerte de Fernando VII (29 de septiembre de 1830) y con él renacerá la afición a los cafés.
Entre 1830 y 1840 El Parnasilo gozará de su máximo esplendor; se fundarán los Cafés de Genieys (Café y fonda en la calle de la Reina); el Café Nuevo, ubicado en la calle de Alcalá; el Neptuno, en Caballero de Gracia; Espejo, en la calle de Carretas, y continuarán los ya citados de Lorencini, Alegría y Levante; las botillerías de Canosa, de Pombo, y los de Malta y Solís.
El Café Suizo fue fundado antes de la Vicalvarada (Revolución de 1854); de allí salieron Francisco Salmerón y Alonso y otros patriotas para unirse al piquete que venía por la plaza de toros entonando el himno de Riego. El Suizo era centro político y literario, y santuario de la ciencia, entonces tan en boga.
Por la revolución del 54 se fundó el Café Iberia, situado en la Carrera de San Jerónimo, que disponía de un reservado para señoras y era frecuentado por demócratas y literatos. El local desaparecerá después de la revolución y renació como café elegantísimo a principios de la Restauración.
Más sobre botillerías y cafés
El periodista, traductor y profesor madrileño Mariano de Rementería y Fica, traduce del francés el Manual del Cocinero, Cocinera y Repostero, con un tratado de CONFITERÍA / BOTILLERÍA, y un método para trinchar y servir toda clase de viandas, y la cortesanía y urbanidad que se debe usar en la mesa. Se publicó en Madrid en 1828, en plena época Ominosa.
Años más tarde, en 1854, se publica el Tratado de repostería, pastelería, confitería, café y botillería que sirve de continuación a la Cocina perfeccionada, de José López Camuñas, donde podemos encontrar un capítulo destinado a recetas de los productos que ofrecían cafés y botillerías, con una variedad mucho más amplia que la ofrecida por Rementería y Fica.
Si estos autores nos permiten conocer o intuir los sabores de los productos servidos, Mariano José de Larra, Ramón de Mesonero Romanos y Benito Pérez Galdós nos ofrecen una visión de la fisonomía e idiosincrasia de los cafés madrileños.
“Este deseo, pues, de saberlo todo me metió no hace dos días en cierto café de esta corte donde suelen acogerse a matar el tiempo y el fastidio dos o tres abogados que no podrían hablar sin sus anteojos puestos, un médico que no podría curar sin su bastón en la mano (…) y varios de estos que apodan en el día con el tontísimo y chabacano nombre de lechuguinos, alias, botarates…”
El Café.
El Duende Satírico del Día, n.º I (1828)
Mariano José de Larra
“-Lorencini y La Fontana de Oro, teatros que fueron de aquellas desentonadas escenas, eran entonces dos concurridos y prosaicos cafés, refugio el primero de oficiales indefinidos y de indefinibles, que se entretenían en comentar la Gaceta (…); y el segundo (La Fontana), punto de reunión de los hombres graves, ex políticos, afrancesados y liberales, era un establecimiento... donde se servía buen café.”
Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid
Tomo II. Cap. I.
Usos, trajes y costumbres de la sociedad madrileña en 1826
Ramón de Mesonero Romanos
"Si fuera posible trasladar al lector a las gradas de San Felipe, capitolio de la chismografía política y social, o sentarle en el húmedo escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público más plebeyo, comprendería cuán distinto de lo que hoy vemos era lo que veían nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que una gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde que existe, lo abandonaban a la caída de la tarde para dirigirse a la Carrera de San Jerónimo o a otra de las calles inmediatas. Aquel público iba a los clubs, a las reuniones patrióticas, a La Fontana de Oro, al Grande Oriente, a Lorencini, a La Cruz de Malta. En los grupos sobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su mirada protectora, parecían ser tenidas en grande estima por los demás".
La Fontana de Oro
Cap. I - La Carrera de San Jerónimo en 1821
Benito pérez Galdós
“El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable precio.”
Fortunata y Jacinta.
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III
“Óyense en tales sitios vulgaridades groseras, y también conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no sólo van al café los perdidos y maldicientes; también van personas ilustradas y de buena conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y estudiantes son las que más abundan, y los provincianos forasteros llenan los huecos que aquellos dejan.”
Fortunata y Jacinta.
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III
“En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos, una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate, soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas y los dicharachos.”
Fortunata y Jacinta.
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III
Benito Pérez Galdós
Muchos cafés continuarán o vendrán después de la Restauración y su influencia para el mundo literario será fundamental. Si grandes literatos los citarán en sus obras, otros los frecuentarán con tanta asiduidad que allí crearán sus tertulias. Fornos, el Nuevo Café de Levante, el Madrid, el Suizo, el Imperial, el Lhardy, Pombo, y otros tantos fueron testigos de la presencia de aquellas grandes figuras de la literatura española.
Para ilustrar al lector sobre los cafés madrileños del 98, cedo el testigo a Javier Velasco Oliaga, quien en la jornada del martes nos hablará de ellos.
Eduardo Valero García
Autor de los libros Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Editorial Sargantana. Autor/editor de la publicación seriada Historia urbana de Madrid
Ya antes de llegar a la Villa y Corte el monarca venía dando órdenes sobre el decoro en la vestimenta y otras cuestiones. Por eso, al poco de aposentarse, comenzará a dictar instrucciones y cédulas.
Sabe que encontrará una ciudad cochambrosa, de gente descuidada en el aseo y aires saludables pero infectados de olores nauseabundos.
Él, que había dejado su reino de Nápoles como la patena, afectado según dicen por el mal de la piedra, intentará hacer lo propio en Madrid con mano de hierro, zanjando de una vez por todas el eterno dilema de la limpieza que se venía tratando desde la reconquista cristiana y poniendo más luz a sus calles. Pero esto lo dejamos para el final del artículo; ahora nos centramos en las
Cronológicamente, aunque algunas quedan en el tintero, estas son las principales obras mandadas hacer por Carlos III:
1760 – El 17 de julio nombra a la Inmaculada Concepción patrona de España y de las Indias. Poco después, el 31 de agosto, ordena la demolición del templo de Jesús y María para construir el de San Francisco el Grande. Se funda la Fábrica de Porcelana, conocida como La China, en los Jardines de El Buen Retiro
1761 – En mayo se aprueba la instrucción para el nuevo empedrado y limpieza de las calles. En noviembre se pondrá la primera piedra de San Francisco el Grande, obra de fray Francisco Cabezas. Se inaugurará en diciembre de 1784.
1763 – El 10 de diciembre se realiza solo en Madrid, y a modo de prueba, el primer sorteo de la Real Lotería.
1764 – Se ordena el derribo de la antigua puerta de Alcalá, colocada allí desde tiempos de Felipe III.
En diciembre del mismo año se trasladará al nuevo palacio que había comenzado a construir su padre en 1738 sobre el solar del desaparecido. Carlos será el primer monarca borbón que lo habite; pequeño detalle que afianzará la existencia del regio edificio en este Madrid tan acostumbrado a la piqueta.
1765 – Este año prohibirá el monarca los autos sacramentales e inaugurará el alumbrado público. Este alumbrado era más importancia de la que puede parece, pues no solo iluminará la villa, sino que dará trabajo a un considerable número de madrileños. Se instalaron un total de 4.408 faroles repartidos en los ocho cuarteles en que se había dividido la ciudad. Estaban colocados a poco más de 3,5 metros de altura y separadas de la pared 1,20 metros. Se distribuían en zigzag, a 84, 64 y 34 pasos de distancia unos de otros y con proporcionalidad, dependiendo del tipo de calle: ancha, estrecha o más frecuentada. Cada uno de los faroles estaba numerado.
Pedro Stuart y Colón, marqués de San Leonardo, en carta escrita el 21 de octubre de 1765 a su hermano, el duque de Berwick, describirá cómo estaban colocados y cuántos operarios trabajaban en el encendido y cuidado:
Se encienden con escalera y arden con vela de sebo hasta pasadas las doce de la noche desde el toque de oraciones. Cada operario enciende 23 faroles y son 150 divididos en ocho cuarteles, los tres grandes y los cinco iguales, pero más chicos; en estos hay 16 hombres y un celador en cada uno y en los grandes, 24 hombres, un celador y un ayuda en cada uno; hay sus guardas en cada cuartel todo el tiempo de la iluminación, y, en fin, todo está arreglado como un papel de música (…).
1766 – En marzo comienza el jaleo. La Real Cédula que prohíbe el uso de capa larga y sombrero chambergo propiciará el llamado «Motín de Esquilache». Obligar al uso de capa corta y tricornio puede molestar, pero de ahí a la que se montó, no cabe duda de que otros intereses propiciaron el alboroto. El despotismo; la presencia de extranjeros en puestos importantes del Gobierno; la penosa situación social, principalmente por el encarecimiento del pan y los alimentos, además de la pérdida de poder de los eclesiásticos, principalmente los jesuitas, tiene mayor razón de peso. Carlos escapa a Aranjuez en busca de refugio. Regresará a la villa en diciembre.
1767 – Comienzan los proyectos del Salón del Prado y se da inicio a la construcción de la Casa de Correos. Como era de esperar, los jesuitas son expulsados. Y para regocijo del público madrileño, se permite pasear por El Retiro en verano y otoño, eso sí, con «compostura y regularidad»: los hombres, descubiertos y bien peinados; las mujeres, sin mantilla o pañuelo. Se instalaron en diferentes puntos de los jardines cuatro tiendas de campaña que servían de botillería, y más de mil sillas por las que se pagaba muy poco; si uno se levantaba y la dejaba por un momento, debía pagar nuevamente para sentarse.
1768 – Se inicia el terraplenado de la cañada del Prado de los Jerónimos. Por Cédula Real, la villa y corte se divide en ocho cuarteles y sesenta y cuatro barrios, con un alcalde de Corte cada uno.
1769 – Se inicia la construcción de la Puerta de Alcalá y finaliza la de la Real Casa de la Aduana. En el altar mayor de la Colegiata de San Isidro se coloca el cuerpo del santo y las reliquias de santa María de la Cabeza.
1770 – Se crea la Biblioteca de San Isidro, donde se guardarán los libros provenientes de los conventos jesuitas. De paso, el monarca transforma el Colegio Imperial, de la misma congregación, en Reales Estudios de San Isidro.
1771 – Para conmemorar el nacimiento del infante Carlos, primogénito del príncipe de Asturias, Carlos III creará la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Por decreto se crea el Real Gabinete de Historia Natural
1772 – En el palacio de El Pardo se harán obras de reforma y ampliaciones
1774 – La Real Academia de las tres nobles Artes de San Fernando se traslada de la Casa de la Panadería al palacio de Goyeneche. Dos años más tarde ocupará la segunda planta el Real Gabinete de Historia Natural, pasando a llamarse Real Casa de la Academia de las tres nobles Artes y Gabinete. Otro traslado será el del Jardín Botánico del médico del rey, que estaba en el Soto de Migas Calientes, y llevado al Salón del Prado.
1775 – En septiembre se crea la Real Sociedad Matritense de Amigos del País, estatutos que fueron aprobados por Carlos III en el mes de octubre. Finaliza la construcción de la nueva Puerta de San Vicente.
1777 / 1778 – Comienza la construcción de la Fuente de la Cibeles, obra que quedará finalizada en 1792. Por su parte, en 1778 finalizan las obras de la Puerta de Alcalá y por Real Cédula se crea la Real Fábrica de Platería Martínez.
1781 – Queda inaugurado el Jardín Botánico y finaliza la reforma del
Paseo del Prado. Comienza la construcción de la Fábrica de aguardientes,
naipes y papel sellado (después Tabacalera); las obras se prolongarán
hasta 1792.
1782 – Carlos III crea, erige y autoriza el Banco de San Carlos y, de paso, levanta el Portillo de Embajadores.
1783 – Se ordena la construcción de lavaderos cubiertos en la orilla izquierda del Manzanares y se crean 32 escuelas gratuitas de barrios para niñas.
1785 – Se aprueba el proyecto de Juan de Villanueva para la construcción del Real Gabinete de Historia Natural (hoy Museo del Prado).
1787 – Se ordena que los cementerios se construyan en las afueras de las poblaciones y no contiguos a las iglesias. Se inicia la construcción de la fachada de la Casa de la Villa que da a la calle Mayor. Floridablanca prohíbe la entrada de coches de viajeros; los puntos de entrada y salida estarán a 325 varas (271,7 metros) de las puertas de la villa.
1788 – Comienza la construcción del palacio de los Cinco Gremios. Por Real Orden se dispone que los mendigos forasteros vuelvan a su lugar de origen. Se ordena que se construya en los «solares yermos» que había dentro de Madrid.
Hizo muchas otras tantas cosas, pero de todas ellas recojo las que vienen a continuación.
En cuanto a la limpieza de Madrid, debemos recordar que ya se venía intentando desde tiempos de los Reyes Católicos. Existió entonces un artilugio que servía para limpiar las calles. No era otra cosa que un cajón con pala de madera tirado por mulas. Detrás del rudimentario vehículo iba un regimiento de al menos cuarenta peones de limpieza provistos de escobones barriendo lo que iba quedando en el arrastre. Esta escena tan peculiar hizo que aquel sistema fuese bautizado con el nombre de «la marea».
A la Instrucción de Sabatini de 1761 para la limpieza y empedrado de las calles se suman otras ordenanzas que implican adecentar las casas con el empedrado de las aceras de sus fachadas, la instalación de canalones para las aguas pluviales y la construcción de pozos negros donde depositar aguas mayores, menores y demás porquería que hasta entonces acababan vertidas en la vía pública.
Para vaciar estos pozos, Sabatini inventará un sistema de recogida -de pago, por supuesto-. Se trataba de unos carros cerrados a modo de cisterna donde se depositaban las inmundicias de los pozos, que luego se vertían fuera de la villa. El gracejo madrileño quiso bautizar a este artilugio con el nombre de «las chocolateras de Sabatini».
Eduardo Valero García
Autor de los libros Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Editorial Sargantana.