16 de noviembre de 2023. 19:00 h.
La Biblioteca Regional, a través del portal de YouTube de la Consejería de Cultura de Madrid ofrece los vídeos de las conferencias impartidas y que reproducimos en nuestro blog.
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ELVIRA MENÉNDEZ
“Vida de una actriz” de Elvira Menéndez es una novela llena de vitalidad, como su protagonista y autora. Entramos en el Madrid de Felipe IV, siempre en movimiento, teatro dentro y fuera de la corte, en donde cada personaje lleva puesta su propia careta. De entre ellos, la única indiscreta, por su sinceridad, es la actriz y amante del rey, María Inés Calderón “La Calderona”. Este libro nos ofrece compartir su vida y vamos a preguntar a Elvira Menéndez, qué hay de verdad en todo lo que nos cuenta.
Asociación Verdeviento: Buenos días, Elvira, estamos encantados de tenerte en estas V Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. No podía ser menos, porque tu novela “Vida de una actriz” le dedica gran parte de sus páginas al Madrid del s. XVII. ¿Cómo era nuestra ciudad y qué te interesaba más mostrar en tu novela?
Elvira Menéndez: En 1561, Madrid, una villa modesta, de intrincadas y sucias callejuelas -pues carecía de sistema de alcantarillado-, se convirtió por voluntad de Felipe II en la capital del imperio más poderoso del mundo.A partir de ese momento, comenzaron a llegar a la villa procedentes tanto de la península como de otras partes de Europa comerciantes, artistas, intelectuales, funcionarios, emprendedores, nobles, oportunistas, militares, aventureros, y mendigos. En la primera mitad del siglo XVII, época en la que transcurre la novela, este sincretismo de gentes y culturas, si bien no había hecho de Madrid una ciudad monumental, sí la había convertido en una de las capitales culturales más importantes de Europa. Por las calles del hoy barrio de las letras, se paseaban y vivían infinidad de genios: Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Quevedo, Góngora, Tirso de Molina, Ana Caro, María de Zayas, Velázquez…En los corrales de comedias surgió un teatro fresco, dinámico, que conectaba con todas las clases sociales, y que Lope agilizó dividiendo las obras en tres actos, mezclando lo trágico con lo cómico, lo culto con lo popular y adaptando el verso y el lenguaje al modo de ser y a la condición social de los personajes. Fue en estos corrales de comedias madrileños donde se plantó la semilla del moderno teatro occidental.A.V: Eran tiempos de grandes secretismos, de intrigas palaciegas y de mucho miedo a violentar el orden establecido. Ser mujer, actriz y amante del rey no debía ser fácil. ¿Cómo navegó entre esos mares María Inés Calderón “La Calderona”.
E.M: Debido a su oficio, la mayoría de las actrices sabían leer y escribir (algo poco usual en la época) y tenían estrecho contacto con el mundo intelectual, lo que, sin duda, hacía que fueran mujeres más interesantes que las melindrosas damas de la corte. De ahí que tuvieran tantos admiradores entre los nobles y ricoshombres que, aunque oficialmente las despreciasen, las colmaban de regalos y atenciones e incluso financiaban la puesta en escena de sus espectáculos.A María Inés Calderón sus coetáneos no la describen como bellísima, pero sí alaban su talento interpretativo y artístico (se dice que escribía poesía), su gracia y su inteligencia. Tuvo que ser terrible para ella ser ofrecida al rey por el hombre al que amaba y tener un hijo con tan solo dieciocho años. Como consecuencia, la obligan a abandonar su profesión y a encerrarse de por vida en un convento. Pero la leyenda dice que no se resignó al destino que quisieron imponerle.A.V: Nos ofreces una historia que en muchos aspectos reconocemos como actual en donde La Calderona decide por sí misma, viaja por España en condiciones muy complicadas (incluso embarazada), siempre reponiéndose de ataques físicos y psicológicos y comportándose como una auténtica guerrera (manejando la espada incluso). ¿Qué hay de verdad en esta historia y qué es pura creación literaria?
E.M: Las mujeres no lo tenían fácil en aquella época –en realidad en ninguna-; eran tratadas como menores de edad durante toda su vida y, cuando enviudaban, pasaban de la custodia del padre a la del hermano, del marido o incluso del hijo, si este tenía edad suficiente.No se reprobaba la codicia, la envidia, la calumnia, el robo e incluso el asesinato con la misma dureza que la pérdida de la “honra” (localizada en el virgo o el sexo femenino), que era lícito vengar con sangre… de la mujer en la mayoría de los casos. Pues era ella la responsable de los deslices de los hombres bien fuera por seducirlos o por inducirles a pecar con su lascivia.Sin embargo, las actrices, consideradas prácticamente como prostitutas, no tenían “honra” que guardar y viajaban con las compañías teatrales a lo largo y ancho de la península, se relacionaban con gentes de todas las clases sociales y disponían de su propio sueldo, lo que les proporcionaba una independencia inédita en la época. Su oficio las llevaba a vestirse de hombres en escena (un atrevimiento escandaloso), a tener nociones de esgrima, a llevar descocadas túnicas cuando el argumento lo requería, etc… Creo que, de alguna manera, fueron las mujeres más libres de su tiempo y así traté de reflejarlo en la novela.En cuanto a lo que hay de verdad en esta historia, de María Inés Calderón nos han llegado pocos datos: se sabe que su amante, Ramiro Núñez de Guzmán, se la cedió al rey, del que tuvo un hijo con tan solo dieciocho años. Tiempo después, cuando el rey descubrió que el niño tenía una inteligencia sobresaliente y decidió reconocerlo, obligó a María Inés a dejar su profesión (ser cómica era denigrante) y a encerrarse en un convento de la Alcarria donde oficialmente murió como abadesa en el año 1646. Sin embargo, la leyenda dice que escapó a la Sierra de la Calderona (que tomó su nombre de ella) y que allí se amancebó con un bandido. No podemos saber si es o no cierto, pero con frecuencia las leyendas tienen como fin reparar agravios e injusticias.Recientemente ha aparecido un documento en el que se dice que el gremio de actores que socorrió económicamente y pagó el entierro a una tal María Calderón que murió en Madrid en el años 1678. Lo que me hace creer que puede haber verdad en la leyenda.A.V: Uno de los aciertos de la novela es la frescura que despide, los personajes no paran y además nos ofrecen curiosidades de la cotidianeidad del siglo en donde se desarrolla. Destacan, como no podía ser menos, las costumbres de los actores. Elvira, tú también eres actriz, ¿te ha sido complicado documentarte en este punto o por tu formación manejabas bien la historia del teatro del Siglo de Oro y sus curiosidades?
E.M: Mi intención era lograr que el texto fuera ligero, fresco y tuviera el ritmo endiablado de las comedias del Siglo de Oro. Para ello me esforcé en repasarlo una y otra vez, y suprimí largos párrafos y explicaciones, que confieso me dolió quitar, pero que ralentizaban la línea argumental. Si tal como decís, lo he conseguido, es para mí una alegría.He manejado muchísima documentación de vestuario, de costumbres, de vida cotidiana y de teatro. Para ello acudí a historiadores, comedias, novelas, escritos coetáneos, e incluso compré libros publicados en español por universidades inglesas que trataban de nuestro teatro del Siglo de Oro. Redactar la novela, integrando toda esa documentación en el argumento, fue un trabajo arduo, que me ocupó más de cuatro años.Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que el teatro de aquella época se parecía mucho al actual. Ya estaba todo allí: músicos, directores de escena, carpinteros, pintores, escenógrafos, regidores, acomodadores, damas jóvenes, actores de “carácter”, graciosos…Ser actriz me ayudó a dar vida a los personajes. No se hace teatro, ni se escribe ni se pinta, ni se baila o se toca un instrumento solamente por dinero, sino por vocación. Este conocimiento me sirvió para ponerme en la piel de aquellos cómicos -unos de compañías importantes y otros ambulantes- que recorrían ciudades, pueblos y terruños y que tanto se parecían, salvando las distancias, a los actuales. Los seres humanos no cambian tanto.A.V: Ese teatro que reflejas tras el escenario, es como un estado independiente, con sus normas y ciudadanos actuando fuera de la ley. ¿Cómo era la vida del actor y de las actrices? ¿Eran unos privilegiados o muy al contrario sufrían los rigores de la censura?
E.M: Según una definición de la época los cómicos eran “gentes estragadas en vicios y maldades”. Tanto actores como actrices estaban tan mal considerados, que la Iglesia no permitía que fueran enterrados en sagrado. Pero al igual que hoy, había grandes diferencias entre los cómicos.Los que integraban las compañías llamadas reales o de título -autorizadas por el Consejo de Castilla para representar en los corrales tanto de Madrid como de las principales ciudades de la península- cobraban buenos sueldos y disfrutaban del reconocimiento del público, que los adoraba, como fue el caso de María Inés Calderón. Al llegar a una ciudad anunciaban la comedia con carteles y, en ocasiones, con fuegos artificiales, como hizo la compañía de Jusepa Vaca en Sevilla.Sin embargo, el resto de los actores llevaban una vida mucho más precaria. Recorrían la península actuando en ventas, atrios de iglesias, corrales, plazas de villas… Los más modestos eran llamados cómicos de la legua porque estaban obligados a acampar a una legua de distancia de los lugares donde actuaban para prevenir la mendicidad o los pequeños hurtos a los que se veían impelidos por el hambre. Pues debía ser frecuente que no recibieran el dinero estipulado o la recaudación fuera insuficiente.Me sorprendió averiguar que el teatro ya era entonces un reducto de libertad. A nadie le preguntaban de dónde venía; bastaba que interpretara bien. Con frecuencia, frailes o curas descreídos, fugitivos de la justicia o de la injusticia, conversos, prostitutas, mujeres deshonradas y homosexuales (llamados entonces mariones), hallaban refugio en las compañías teatrales, sino en las oficiales, sí en las más modestas.A.V: En la novela das gran importancia al diálogo. Un diálogo casi teatral pero muy dinámico, que engancha desde el primer momento. No es muy común en la novela histórica actual, que casi siempre busca más el qué se dice frente al cómo se dice. Cuéntanos cómo decidiste usar el recurso narrativo usando varios narradores y con final inesperado.
E.M: El diálogo es el medio de expresión teatral y me dije que tenía que ser importante en la novela, pues era una forma de acercar al lector al teatro de la época, del que nos hemos distanciado porque se escribía en verso y nos cuesta reconocer el lenguaje. El teatro del Siglo de Oro atraía a las multitudes de todas las clases sociales: pueblo llano, intelectuales, militares, clérigos y nobles lo disfrutaban en la misma medida, como sucede ahora con las series televisivas. Algunas comedias (tradúzcase por series si se quiere) eran malas, pero otras tenían gran calidad.Lo de distintos narradores se me ocurrió cuando llevaba media novela escrita. Comprendí que debía ser la protagonista, en vez del narrador omnisciente, quien contara su historia. Así que ¡volví a redactarla desde el principio! También quería reflejar la vida y costumbres de la época a través de los demás personajes que protagonizan la novela.A.V: Elvira, tu novela salió al mercado justo en el momento en que entrábamos en un confinamiento muy duro. La pandemia nos ha cambiado la concepción de nuestro mundo. ¿Cómo te ha afectado personalmente y cómo crees que nos afectará a los escritores?
E.M: Sí, me afectó bastante. Se interrumpió la promoción y se cancelaron todos los actos previstos. Supongo que a la mayoría de los escritores que han sacado novelas en esta época ha debido sucederles algo parecido. No sé cuánto durará la pandemia ni qué consecuencias tendrá sobre los escritores y la industria del libro.
A.V: ¿Crees que debido, precisamente, a esta situación difícil por la que pasamos, la novela histórica debería orientar su temática intentando mover a la reflexión más que al entretenimiento?
E.M: A la reflexión puede mover de igual manera la comedia, la tragedia o el sarcasmo. Incluso una obra aparentemente infantil como El Principito induce a ella. Creo que cada cual debe escribir, tanto si se trata de novela histórica como de cualquier otro género, lo que le parezca o le vaya bien.
A.V: Elvira, ha sido un placer charlar contigo. Antes de despedirte cuéntanos (si es que puedes) cuáles son tus proyectos futuros. ¿Volverás a hablar de Madrid?
Estoy escribiendo una novela juvenil en colaboración con mi hijo. Cuando la acabe, tengo en mente otra novela ambientada en Madrid, la ciudad en la que llevo cincuenta años y quiero con pasión.
Si hay algo con lo que se puede identificar a Madrid es con el teatro. En los corrales o patios de vecinos donde se guardaba el ganado surgió, en el último tercio del siglo XVI, un teatro tan dinámico, divertido y popular, que encandiló a los habitantes de la villa y no tardó en extenderse al resto de la península, a los dominios españoles de América y al resto de Europa. No es exagerado decir que en Madrid se “inventó” el teatro moderno occidental, gracias al dinamismo que Lope de Vega le imprimió.
Poco después de establecer la corte en Madrid, en 1565, Felipe II autorizó a las Cofradías de la Pasión y de la Soledad a que buscasen lugares fijos donde hacer representaciones teatrales. No lo hizo guiado por amor al teatro, sino con el fin de que subvencionaran hospitales con parte del precio de las entradas, lo que se conocía como la sisa.
En los corrales o patios de Madrid ya se representaban farsas, pasos, entremeses y otras obras, pues la forma rectangular de esos espacios facilitaba que, en uno de sus extremos, se colocase un tablado donde los cómicos pudiesen actuar.
Las Cofradías de la Pasión y de la Soledad se limitaron a habilitar estos corrales para hacer representaciones permanentes, y se los denominó “corrales de comedias” porque, de alguna forma, conservaban su estructura original.
Los balcones de las casas que daban al corral se convirtieron en aposentos (las entradas más caras, donde la nobleza y el alto clero veían la representación ocultos tras celosías). Los desvanes o tertulias estaban en el segundo piso, debajo del tejado, y solían ser ocupados por religiosos e intelectuales. En los laterales y mitad delantera del patio se instalaron bancos corridos, que solían ocupar artesanos y comerciantes. La mitad trasera del patio, separada de los bancos por una viga denominada el “degolladero” por estar situada a la altura del cuello, la ocupaban los más humildes: los mosqueteros (se denominaba así a los artesanos, criados, soldados y comerciantes modestos, que armados con pitos y otro objetos ruidosos decidían el éxito de la obra).
Para las mujeres, que tenían una entrada separada, se construyó un espacio en el primer piso, frente al escenario, denominado la cazuela; se dice que sus murmullos semejaban el burbujear de un líquido hirviendo. Justo debajo de la cazuela estaba la alojería, en la que se vendían bebidas y tentempiés para consumir durante la representación. La aloja era una bebida muy popular en la época, que se hacía con agua, miel y especias, y con frecuencia, contraviniendo la legislación, se mezclaba con vino.
Los dos espacios teatrales que más relevancia tuvieron en esa época fueron el Corral del Príncipe y el de la Cruz. Comencemos por la historia del primero. A Isabel Pacheco le compraron un corral que primero se denominó Corral de la Pacheca y posteriormente del Príncipe por estar situado en la calle del mismo nombre. La primera representación se llevó a cabo el 21 de septiembre de 1583 y, desde entonces, no ha dejado de hacerse teatro en ese lugar. En el siglo XVIII, después de las obras que lo convirtieron en un teatro a la italiana, pasó a llamarse Coliseo del Príncipe y en 1839, tras un incendio y su posterior reconstrucción, pasó a denominarse Teatro Español. Pero el escenario ha permanecido en el mismo sitio durante todos estos siglos, por lo que se puede decir que el lugar de representación más antiguo del mundo es el hoy denominado Teatro Español.
El Corral de la Cruz, situado en la calle del mismo nombre, fue inaugurado en fechas similares. Se derruyó en 1859 pero cerca de la plaza del Ángel ―en el lugar que ocupaba el corral―, hay una placa y una pintura conmemorativas.
Madrid era una villa modesta que, al ser declarada Corte, acogió en pocos años a gentes procedentes de toda la península y aún de Europa, beneficiándose del sincretismo cultural que estos nuevos vecinos aportaron. Por las calles de su Barrio de las Letras, también llamado de las Musas o de los Comediantes, deambularon, en el Siglo de Oro, asombrosos dramaturgos como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Miguel de Cervantes, Guillem de Castro, Ruiz de Alarcón, Vélez de Guevara, etc. que, junto con los sobresalientes cómicos que también vivían en ese barrio o lo frecuentaban ―la casa de ensayos estaba situada en la calle de las Huertas― construyeron uno de los teatros más importantes de la cultura occidental.
El espíritu de todos estos dramaturgos y cómicos pulula aún por el barrio de las Letras. En la antigua calle Cantarranas (llamada hoy calle de Cervantes) está la casa donde vivió Lope de Vega, el poeta de comedias que dinamizó la escena dividiendo las obras en tres actos (planteamiento, nudo y desenlace) y mezclando lo trágico con lo cómico. Cerca, en la antigua calle Francos (hoy llamada calle de Lope de Vega), está la casa donde vivió Cervantes los últimos años de su vida. Haciendo esquina con su casa estaba el mentidero de la calle del León, donde los cómicos se reunían para averiguar qué obras se iban a representar, cuales se estaban escribiendo, si había en ellas algún papel que se acomodara a sus características y ¡cómo no!, para chismorrear.
Cervantes, un enamorado del teatro, se asomaba al balcón para verlos y escucharlos platicar. Una placa colocada en uno de los laterales de su casa recuerda este Mentidero de Cómicos. Cervantes, además de ser un genial novelista, tuvo la vocación de escribir teatro, aunque pocas de sus obras llegaron a ser representadas. De no haber coincidido con dramaturgos tan brillantes como Lope de Vega, al que tanto admiraba, hubiera recibido sin duda más consideración en este terreno.
En la calle Cantarranas vivió también uno de los más grandes cómicos de aquel tiempo: Juan Rana, un hombre deforme y de corta estatura, pero un verdadero genio de la interpretación. Otros cómicos como María Riquelme, Agustín de Rojas Villandrando ―autor y comediante―, Alonso de Olmedo, La Baltasara, Jusepa Vaca o María Calderón etc. también vivieron o frecuentaron el barrio de las Letras.
Aunque en la mayoría de los países de Europa los papeles femeninos eran representados por hombres, en España, el 17 de noviembre de 1587, el Consejo de Castilla autorizó la presencia de actrices en los escenarios. Aunque con dos condiciones: “que estuviesen casadas y acompañadas por sus cónyuges, y que las dichas actrices siempre representasen en hábito de mujer”.
Los empresarios se apresuraron a contratar mujeres representantas creyendo, no sin razón, que su actuación atraería al público y daría mayor veracidad a los textos. Sirva de ejemplo que pocos días después del edicto, el empresario Jerónimo Velázquez otorga un poder a su yerno, Cristóbal Calderón, para que en su nombre pudiera buscar en cualquier lugar actrices casadas para poderlas incorporar a su compañía, trayéndolas a su costa.
Muchas cómicas contrajeron matrimonios de conveniencia (en algunos casos con mariones, que era como se conocía a los homosexuales), y hubo frecuentes denuncias a actrices solteras por subirse al escenario. Lo de no representar en traje de hombre se cumplió aún menos, basta leer las obras de la época para comprobarlo.
Las actrices de los siglos XVI y XVII, que por su oficio usualmente sabían leer y escribir y se codeaban con intelectuales, fueron muy admiradas en la época tanto por las clases altas como por las populares, al igual que sucedía con los actores. La Iglesia no permitía que los cómicos fueran enterrados en sagrado y aprovechaba cualquier pretexto para prohibir las representaciones, por considerarlas pecaminosas. Por otro lado, había muchos religiosos fascinados por el teatro, y era frecuente que se hiciesen representaciones privadas en conventos y monasterios, al igual que en casas de nobles y en el Real Alcázar.
Paralelo al teatro popular, surgió otro de corte que, al disponer de más medios económicos, utilizó vestuario y decorados tan sofisticados, que causarían admiración hoy en día.
El lago del Retiro fue usado para hacer “naumaquias” o batallas de barcos y para representar obras de teatro, óperas y zarzuelas sobre barcas y en la islilla que entonces había en medio del estanque. Cuando se terminó el Palacio del Buen Retiro, se construyó en él un Real Coliseo para representaciones cortesanas de gran magnificencia.
En aquella época se formó la estructura teatral que ha llegado prácticamente hasta nuestros días: directores (el jefe o jefa de la compañía solía encargarse de dirigir la obra y recibía el nombre de “autor”, aunque no la hubiese escrito), actores, músicos, bailarines, carpinteros, apuntadores y acomodadores (entonces llamados apretadores porque “apretaban” al público para que cupiese más).
De Madrid partieron compañías que llevaron el teatro a todos los corrales de la península, donde a su vez surgieron otros dramaturgos y cómicos que hicieron del teatro español uno de los más grandes de Europa.