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4 de diciembre de 2020

Primero Carlos que Rey

Por Carolina Molina

 

    Las referencias a Carlos III en Madrid son numerosas. Estatuas, monumentos, inscripciones…Todos los madrileños le han considerado durante años su mejor alcalde por haber embellecido y modernizado su ciudad, pero ¿realmente conocen quién era Carlos de Borbón y Farnese? ¿Qué hombre vivía tras la cara bonachona que todos los pintores le otorgaban en sus cuadros? ¿Era Carlos III tan frío y regio como se representa en sus estatuas?

    Carlos de Borbón, el tercero de su nombre en España, tuvo una personalidad muy peculiar, propia de un personaje de novela. Nacido el primer hijo de la segunda esposa de Felipe V, la magnífica y portentosa Isabel de Farnesio, no iba destinado a ser rey, sin embargo lo fue primero de las dos Sicilias y luego de España. Llegó al mundo en el destartalado y gélido Real Alcázar de Madrid, allá por el 1716, dieciocho años antes de que este ardiera, consumiéndose a cenizas. Tuvo, por tanto, don Carlos, el honor de ser el último rey en nacer en el alcázar. 

    Publicó la Gaceta de Madrid en el día de su nacimiento, que la reina había dado a luz a un niño robusto y hermoso, entre las tres y las cuatro de la madrugada, calificativos que difícilmente le serían dedicados una vez convertido en hombre adulto, debido a sus facciones desproporcionadas y excesiva delgadez. 

    Ya desde su más tierna infancia tuvo una personalidad dulce, moldeable, de profunda obediencia, virtudes que su madre supo aprovechar para orientarlo hacia la escena política. Es de imaginar que su enseñanza la supervisara meticulosamente la reina debido a los frecuentes ataques de enajenación que padecía su padre, Felipe V. La demencia que sufrió el rey, también desarrollada en alguno de sus hermanastros, amenazaba al joven Carlos que siempre se afanó por demostrar madurez y razonamiento suficientes. Con todo, siempre fue consciente de la posibilidad de heredar la locura, que, según dicen, combatía manteniéndose ocupado con los asuntos de estado y las cacerías diarias. 

    Aprendió muy pronto las disciplinas necesarias para un infante, supo de geografía, historia sagrada y profana, táctica y náutica, dominando varios idiomas, el francés y el italiano, como era de esperar, y más tarde hasta el alemán, solo por dar gusto a la reina. 

    Su infancia y mocedad fue, como decía Pedro Volpes «dechado de dulzura y mansedumbre» llegando a manifestar que de tener algún sobrenombre prefería, con mucho, el de llamarse «Carlos, el Sabio». 

    Aquel niño estudioso y observador se convirtió, pasados los años, en un hombre modélico, tolerante en lo humano pero riguroso en lo político. Hacía cuanto le decían sus padres, aceptaba de buen grado las órdenes y no mostraba desinterés. En las numerosas cartas dirigidas a los reyes, siendo ya hombre, se observa un recato extremo casi rozando la mansedumbre, todo lo acata sin reservas y muestras poca o ninguna iniciativa. 

    Carlos se va haciendo mayor y desarrolla un carácter tibio, casi inexpresivo, pero siempre pendiente de las necesidades de quienes le sirven. Su frase «Primero Carlos que rey» la seguirá a pies juntillas, siempre con la convicción de que ser rey era también ser un dios, pues origen divino tenía. 

    En sus horas libres, el joven Carlet (o Carletto) como le llamaba su madre, se entretiene con manualidades, dando rienda suelta a su meticulosidad. De ahí salen piezas talladas en madera y con el tiempo, la colocación rigurosa de las piececillas del Belén napolitano que tanto gustó en su familia cuando vivía en Italia y que al llegar a España, su esposa, introdujo en nuestra cultura cotidiana. Hoy no podemos imaginar una Navidad española sin belenes. 

    Su biógrafo oficial, el sexto conde Fernán Nuñez, Carlos Gutierrez de los Ríos, describió sobradamente el aspecto que tenía nuestro rey. A él le debemos conocer los detalles más íntimos y curiosos de su personalidad. Decía Fernán Nuñez que Carlos III «era de una estatura de cinco pies y dos pulgadas, poco más. Bien hecho, sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña. Había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco, pero el ejercicio de la caza le había desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido». 

    Esta imagen del Carlos activo, curtido por el tiempo al aire libre y cazando, ha desvirtuado la realidad, pues era hombre con inquietudes muy poco físicas y que se entregaba a los paseos como medio de combatir la melancolía. Decía Antonio Domínguez Ortiz que sus cacerías eran más bien de observación, de asentamiento y avistamiento, sin que mediara correría ni grandes ajetreos. 

    «Su fisonomía ofrecía dos efectos opuestos, decía su biógrafo, la magnitud de la nariz ofrecía a la primera vista un rostro muy feo, pero pasada esta primera impresión sucedía a la primera sorpresa otra aún mayor, que era la de hallar en el mismo semblante que quiso espantarnos, una bondad, un atractivo y una gracia que inspiraba amor y confianza». 

    Todo demuestra que los pintores que lo retrataron lo describieron muy bien. Feúcho y desgarbado pero con sonrisa bonachona. Cuando casó, llegado el tiempo, con su querida María Amalia de Sajonia, que tampoco era mujer agraciada, se convirtieron ambos, según dijo un poeta de la época, en «el matrimonio más feo del mundo». 

    Carlos era de natural bueno. Casi nunca se enfadaba, ni siquiera con sus sirvientes, que habiendo hecho alguna incorrección contra él y llamados al orden, alentaba a no castigarles con dureza afirmando que «ellos lo sentirían más que él». Era educado y si con alguien hablaba, se quitaba el sombrero. No era caprichoso en el vestir, más bien lo contrario. Si le obligaban a engalanarse para alguna fiesta, todo lo más aceptaba ponerse una chupa con botones de diamantes y cuando el acto terminaba corría a cambiársela por una vieja pero más acorde a sus necesidades. Decían que no admitía los cambios y cuando había de renovar su fondo de armario, acumulaba la ropa vieja con la nueva, mirando la usada cada día hasta asimilar, irremediablemente, que habría de tirarla. 

 


    La palabra economía le interesaba mucho, no en vano era un hombre del S XVIII, y en esa economía, no solo de dinero, encontraba placer aplicándola a su vida diaria, en sus costumbres rigurosas, en el ahorro del tiempo y en tener todo cuando hacía bajo la más estricta vigilancia y control. 

    Su vida era un ejemplo de agenda bien cumplida. Se levantaba a las seis menos cuarto de la mañana. Después de rezar como una hora, se lavaba y vestía junto a su cirujano, su médico y boticario, para luego desayunarse una jícara de chocolate en la manera en que se explicará más tarde, con escrupulosa reiteración de movimientos. Pasaba más tarde a oír misa. Luego visitaba a sus hijos y a las ocho empezaba a trabajar hasta las once. Al terminar hablaba con el Príncipe de Asturias, su hijo, y también con su confesor, el padre Eleta, al que quiso hasta su muerte. Comía a las doce, rodeado de sus allegados haciendo el paripé de descascarar el huevo. Tras el besamanos del final de la comida salía a cazar, si era invierno o se disponía a la siesta, si era verano. Anocheciendo recibía a sus ministros. Antes de la cena, que sería a las nueve y media de la noche, jugaba un rato al revesino. Cuando ya llegaba el momento de irse a su cámara privada dedicaba un rato al rezo, quedando dormido a las once de la noche. Todo esto lo hacía invariablemente cada día. 

    La misma disciplina desarrollaba en sus viajes a lo largo del año. Este rey madrileño y que cambió la imagen de Madrid hasta convertirla en corte europea, le dedicó a su ciudad muy poco tiempo. La necesidad de aislarse de la corte y sus intrigas y la querencia por la caza suscitaba en Carlos III la necesidad de acercarse a lugares con campo abierto, por lo que, mirado con reflexión, sería en la corte madrileña donde menos meses viviera. 

    Cada año empezaba, don Carlos, una actividad viajera envidiable. El día siguiente a Reyes, el día 7 de enero, viajaba a El Pardo, permaneciendo allí hasta el Domingo de Ramos. El Miércoles Santo volvía a salir hacia Aranjuez quedando en su palacio hasta junio. Regresaba a Madrid y allí permanecía todo el mes de julio para luego emprender viaje hacia La Granja de San Ildefonso, donde pernoctaba hasta octubre. Acabado este periodo, con alternancias en El Escorial, continuaba sus labores regias en Madrid hasta cumplirse el día de Reyes y vuelta a empezar. 

 


    Para un psicólogo actual sería muy fácil diagnosticar el perfil de este rey minucioso y con obsesividad compulsiva. En sus costumbres diarias era implacable. Tomaba su jícara de chocolate de dos en dos sorbos sin que variara ni una sola vez, nunca pasándose del primer trago de la corona real que aparecía en cada taza o vaso. También daba los mismos golpes sobre el huevo pasado por agua con el fin de descascararlo de igual manera aunque aceptaba de buenos modos la extravagancia de la corte de ser observado mientras esto hacía asumiendo después con gesto bonachón los aplausos de sus súbditos. 

    Don Carlos reflexionaba para sí «¡Con qué poco se conforman!», mostrándose bondadoso y aceptando las modas, que eran sobrias, comparadas con las que impuso su padre con el gran Farinelli. 

    Otra de sus manías era la puntualidad. Si quedaba con sus ministros a las diez, pongamos por caso, y llegaba al despacho cinco minutos antes, quedaba con la mano puesta sobre el manillar de la puerta hasta que los relojes dieran la hora exacta y entonces pasar a despachar los asuntos del día. 

    Era, como es de imaginarse, cuidadoso en elegir a sus hombres de confianza, quedando más complacido si estos ya habían demostrado su fidelidad. Por esta razón se trajo a España a unos cuantos ministros italianos, también arquitectos, que demostraron su buen criterio y obediencia; de entre todos ellos, los más célebres el Marqués de Esquilache y Francesco Sabatini. El primero, aunque le sirvió bien, no supo valorar el carácter español y con sus leyes protectoras y prohibitivas provocó un motín, famoso por iniciarse a raíz del impedimento de vestir capas largas y chambergo. Esta revuelta, que dio en llamarse Motín de Esquilache, reclamó de Carlos III su más tolerante decisión. Los amotinados, llegados al Palacio Real, exigieron al rey una serie de medidas, entre ellas la revocación del edicto de las capas y sombreros, a lo que el monarca, tras reflexionar, convino en aceptar sumisamente. Con su consentimiento, Carlos III, evitaba una revuelta aún mayor y una cruel carnicería. Muy posiblemente fue el único rey hasta nuestra modernidad que se rebajara a aceptar las condiciones de su pueblo. Humillación debió ser, eso no se discute, pero con todo, don Carlos, supo asumirlo y continuar su reinado usando la mano izquierda, a partir de entonces. 

 

 

    El segundo de sus hombres de confianza, Sabatini, arquitecto de los mejores, convirtió a Carlos III en piedra, simbolizándolo para la posteridad en magníficos monumentos, hoy vinculados a la ciudad de Madrid. La actual Puerta de Alcalá será el ejemplo más destacado de obra ilustrada, sin olvidarnos todas aquellas instituciones que impulsó el propio monarca para modernizar Madrid: El Real Gabinete de Historia Natural (germen, entre otros museos, de lo que sería El Museo del Prado), El Real Observatorio, las Sociedades de Amigos del País, el Real Jardín Botánico…Se podría decir que Madrid fue tomada por Carlos III y le dio la vuelta como un calcetín, de ciudad del «agua va» pasó a ser una de las más avanzadas de su época tras alcantarillarse, iluminarse y decorarse. 

    Carlos III fue un hombre de única política y única religión, como él decía, pero también de una única esposa. Muy al contrario de lo que exigían las costumbres reales del momento, se debió a una sola mujer y cuando esta murió se negó a casarse. 

    María Amalia de Sajonia fue un impedimento al que se consagró con sumisión, como todo lo que hacía el joven Carlos. Sabiéndose a punto de entregarse al matrimonio se atreve a decir a sus padres: «Pongan cuidado al elegir, no vayan a labrar mi desventura». Los reyes, sin embargo, eligieron bien. Una niña de trece primaveras que firmaba en las cartas como Amalie y que sería, a lo largo de tantos años, su amada esposa. Cuando se casaron, Carlos tenía 21 años, la diferencia de edad era considerable pero sabemos por las cartas que no fue impedimento en la noche de bodas, manifestando el joven rey a su querida madre Isabel de Farnesio, que lo llegaron a hacer hasta dos veces. Desvelar dato tan íntimo solo puede indicarnos la confianza y la fe ciega que tenía por su madre. 

    Con todo, la niña Amalie, resultó más robusta que su marido. Ya al conocerse se comentaba la estatura de ella, sobrepasando a la don Carlos en unos cuantos centímetros. Muy pronto vinieron los primeros partos, algunos malogrados como era frecuente, pero llegó a tener hasta trece hijos vivos que le dejaron sin dentadura y agriaron su carácter. Con ella lo compartía todo, las cacerías a campo abierto, los cigarros y también el dormitorio. Actividades poco corrientes en los matrimonios de su época. 

    Cuando murió, apenas dos años escasos de la llegada a España, dejó en su fiel esposo un hondo pesar. «Es el primer disgusto que me ha dado en veinte años», aseguró Carlos III. Por mucho que su madre, la Farnesio, le pidió meses después que pensara en volverse a casar, el rey se negó y cumplió su promesa hasta el final de sus días. 

     Carlos III vivió congruente con su pensamiento y decisión política. Como manifestara más de una vez, antepuso ser Carlos a ser rey. 

 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Carolina Molina
El artículo fue publicado en el blog Cita en la glorieta en 2016 
 
 

15 de febrero de 2017

De Carlo VII di Borboni a Carlos III de España

Carlos III será el principal protagonista en la segunda edición de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. La novela Carolus, de la escritora Carolina Molina, y las crónicas contadas por Eduardo Valero, ilustrarán al público asistente sobre la personalidad del monarca, la metamorfosis de nuestra ciudad y la idiosincrasia del pueblo madrileño de aquellos tiempos.


“[Alegoría de Carlos III] SOLIMENA pinxit ; coelavit CARMONA Regiae Academiae Parisiensis Collega”
Salvador Carmona, Manuel (1734-1820), Solimena, Francesco (1657-1747)
Año: 1761
© Biblioteca Nacional de España - BDH
Signatura: IH/1711/64 G
Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

El blog Historia Urbana de Madrid rindió homenaje a Carlos III cuando se celebraba el 229º aniversario de su muerte. Dos artículos contaron los últimos días de vida del rey ilustrado y posterior fallecimiento, acontecido a las 12 y 40 minutos de la noche del sábado al domingo 14 de diciembre de 1788.

Hoy, a modo de introducción, recordamos los acontecimientos que en el año de 1759 supusieron el comienzo de un nuevo Madrid.


De Carlo VII di Borboni a Carlos III de España
Cuando fallece Fernando VI (Villaviciosa de Odón, 10 de agosto de 1759), la Corona de España recae en su medio hermano Carlos VII, entonces rey de Nápoles y Sicilia (Dos Sicilias). Abdicará Carlos en favor de Fernando, su hijo de ocho años, el 6 de octubre de 1759.

REDUCCIÓN DEL CUADRO EXISTENTE EN EL MUSEO DEL PRADO, CON EL NÚM. 2.112
DE AUTOR ANÓNIMO, REPRESENTANDO EL ACTO DE RENUNCIAR CARLOS III, SOLEMNEMENTE, LA CORONA DE ÑAPÓLES, EN FAVOR DE SU HIJO FERNANDO IV, NIÑO DE OCHO AÑOS.
VER ORIGINAL EN MUSEO DEL PARDO:
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/carlos-iii-renuncia-a-la-corona-de-napoles/43b77f4f-a8b0-4505-8c62-457c1af5b443

Victoria, ya he dicho que á las tres y juntos. Dios sabe las veras con que le he pedido la salud de mi hermano y el ningún deseo que he tenido de poseer sus inmensos bienes. Su Divina Majestad ha querido que yo vaya á España; Él cuidará de nosotros, y se hará su santa voluntad.”[1]

Estas fueron las palabras de Carlos III para rehuir de las recomendaciones hechas por el capitán general de la armada D. Juan José Navarro, primer marques de la Victoria, sobre retrasar el viaje a España debido a las inclemencias del tiempo. Y ese mismo día 6 de octubre embarcó la Real familia en el bajel Real Fénix, y al día siguiente, a la mañana, la escuadra de dieciséis navíos y algunas fragatas al mando del marqués pusieron rumbo a Cataluña.

REDUCCIÓN DEL CUADRO EXISTENTE EN EL MUSEO DEL PRADO CON EL NUM. 2.114
EJECUTADO POR ANTONIO JOLI DE DIPI, PINTOR DE CARLOS III, Y QUE REPRESENTA EL ACTO DE EMBARCARSE EN NÁPOLES.
VER ORIGINAL EN MUSEO DEL PRADO
https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/partida-de-carlos-de-borbon-a-espaa-vista-desde/952abb29-c741-4ba1-88d2-6b87092dc1b1


Cataluña, última ciudad que depuso las armas contra los Borbones en la guerra de sucesión, fue la primera en festejar la llegada de Carlos III y su familia el 17 de octubre.
De aquel acontecimiento contaba un testigo anónimo en un manuscrito que los reyes habían bajado del barco vistiendo “[…] casaca de color de plomo, chupa y calzón de paño negro era el de D. Carlos, y el de su esposa una bata de lana como hábito de San Francisco […]” [2]


Carlos III tomando posesión de la canonjía barcelonesa que le pertenecía como conde de Bercelona.
Autor: Tramulles, Manuel (1715/1791)
Año: 1770

Hasta el 21 de octubre se alojaron en Barcelona, y ese mismo día partieron rumbo a Madrid recibiendo el afecto de todos los pueblos por los que pasaron.

Llegaron a Zaragoza el 28 de octubre y allí tuvieron que quedarse, pues todos los hijos que viajaban con él enfermaron de sarampión, y su esposa, María Amalia de Sajonia, de “calenturas fluxionales”. Al menos un mes estuvieron en aquella ciudad, continuando el viaje a Madrid el día 1º de diciembre.

Durante el periplo –penoso por las inclemencias del tiempo-, el rey redacto varias Reales órdenes; entre ellas la del 5 de diciembre por la que quedaba prohibidas las luminarias y los tiros en Guadalajara y Alcalá, ni a su entrada en la corte hasta que el rey y toda su familia y comitiva estuviesen en los palacios y en su habitación “para que no sucediera alguna desgracia, alborotándose algún caballo.” ARCHIVO GENERAL CENTRAL—Estado—Legajo 2.901.



MERCURIO HISTORICO Y POLITICO… MES DE DICIEMBRE DE 1759
© BNE-HD
© 2017 Eduardo Valero García-HUM 017-001 CARLOS III
© 2017 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

El día 8 por la mañana, pasando los reyes por Guadalajara, salió a su encuentro el Infante D. Luis de Borbón y Farnesio; volvió éste a Madrid a las seis de la tarde para dar parte a la reina madre.
Ese mismo día, y a la llegada de la comitiva a Alcalá de Henares, también fueron a rendir honores muchas Damas, Grandes de España, Ministros y otras altas personalidades.

Al anochecer llegaron a Alcalá de Henares. Según un manuscrito de D. Fernández Guerra, pasaron una mala noche:
De notar es que al llegar la familia Real á Alcalá de Henares, al anochecer del 8 de diciembre, no habia en el palacio arzobispal mueble ni aparato alguno, y mientras se buscaron mesas fue necesario poner las luces en el suelo. No habiendo podido llegar las tandas en que venian las camas de los Infantes por lo impracticable de los caminos, mandó el Rey sacar de su cama un colchón, que se tendió sobre las baldosas, para las dos Infantas; el conde de Oñate dio otro colchón para los dos Infantes pequeños, y los dos mayores se acomodaron en unas sillas.” [3]

Tratemos de imaginar cómo se desarrolló el viaje hasta Madrid y lo asombroso que pudo ser contemplar el paso de la comitiva, compuesta por 1.839 individuos.

“[…] y de ellos pertenecían 608 á la real casa; 37 á la real cámara; 14 á la cámara de la Reina; 6 á la de la infanta doña María Amalia; 4 á la de doña Luisa; 13 á la secretaría de Estado; 20 á la real capilla; 559 á la real caballeriza; 109 á la real ballestería; 377 á la real guardia de Corps; y el resto á los criados de los Infantes.” [4]

Llovía en Madrid cuando llegó la Real familia; eran las cuatro o las cinco de la tarde del domingo 9 de diciembre de 1759, día de Santa Leocadia.


El Buen Retiro en 1637. Cuadro atribuido a Jusepe Leonardo.
https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_del_Buen_Retiro#/media/File:Palacio_Buen_Retiro_Leonardo.jpg


Entraron a El Retiro por una puerta del jardín, que estaba fuera de la puerta de Alcalá, y allí salió á recibirles el infante D. Luis. En el Palacio del Buen Retiro, hizo lo propio Isabel de Farnesio, quien recibía al hijo ausente desde hacía veintiocho años.
La reina madre hizo regalos a la recién llegada familia; al rey un espadín guarnecido de diamantes y brillantes; a la reina Amalia un tocador de china y oro en caja de charol, en cuya tapa había un espejo y un reloj, y además un abanico guarnecido de brillantes. A cada infanta le regaló un aderezo de diamantes, uno de ellos con rubíes.

La Corte se había vestido de gala, porque ese domingo 9 de diciembre lo hacían de media gala y sin uniforme, como reza en el Kalendario manual y guía de forasteros en Madrid de 1759:


Aquella noche estuvo en palacio todo Madrid, pero los Reyes dieron á las ocho la orden de retirarse y de que al día siguiente volviesen á las nueve, y á las diez ya estaba el Rey en la cama descansando de las molestias del viaje. En los días sucesivos quedó sati fecha la pública ansiedad, y el Rey comenzó el gobierno del país […]” [5]

Y hubo tres días de luminarias, que comenzaron el lunes, día 10.

Horas tardó Carlos III en ponerse a trabajar. La Gaceta de Madrid de los últimos días de diciembre de 1759 y primeros de enero de 1760 da cuenta de lo mucho que se empeñó en poner en orden su reino inmediatamente.

En este sentido, la Gaceta de 26 de febrero de 1760 es explicita:

Fragmento de GACETA DE MADRID, Nº. 9, 26 de febrero de 1760, pp. 71-72
Origen del documento: Agencia Estatal del Boletín Oficial del Estado


En el Tomo II de “Vida de Carlos III”, el conde de Fernán-Nuñez nos habla de la intensa actividad del rey. Es curioso saber que, a pesar de lo mucho que hizo por adecentar y embellecer Madrid, residía en la villa no más de sesenta días.
Pasaba en el Sitio de El Pardo desde el 7 de Enero hasta el sábado de Ramos, que volvía a Madrid. Allí estaba diez días, y el miércoles, después de Pascua, por la mañana, a las siete, salía para Aranjuez, donde permanecía hasta últimos de Junio, día más o menos. Pasaba en Madrid desde este día hasta el 17 o el 18 de julio, que marchaba a comer, cazar y dormir a El Escorial, y de allí, al día siguiente, al Sitio de San Ildefonso. Allí se detenía hasta el 7 o el 8 de Octubre, que bajaba a El Escorial, de donde se restituía a Madrid entre el 30 de Noviembre y el 2 de Diciembre, y permanecía allí hasta el 7 de Enero siguiente, de modo que pasaba en Madrid unos setenta días y el resto del año en el campo.


Proclamación de Carlos de Borbón
Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, por el poder que le había conferido el sucesor a la Corona y por la clausula testamentaria de Fernando VI, abandonará su exilio en San Ildefonso para instalarse en el Palacio del Buen Retiro como reina gobernadora. Cogió las riendas nada más fallecer su hijo Fernando, acontecido el 10 de agosto de 1759.
Carlos V de Sicilia y VII de Nápoles no recibirá la triste noticia hasta el 22 de agosto.

El deseo de Isabel de Farnesio era ver a su hijo Carlos en pocos días, más la llegada del rey napolitano se postergó por meses. Entonces, el 18 de Agosto de 1759 se expidió el Real decreto para la proclamación sin señalar día, y se dispuso para la celebración del acto, una plazuela del palacio del Buen Retiro. Madrid comenzó a organizar los festejos.

A las dos y media de la tarde del 11 de septiembre de 1759 se dio la orden para el comienzo de la proclamación del rey Carlos III. Así lo vivió el pueblo madrileño:
Salió el Conde de Altamira, Alférez Mayor que llebó el estandarte, con un grande acompañamiento de Grandes, Gentiles hombres de cámara, cavalleros, títulos y particulares, la villa con sus Mazeros, todos a cavallo; y llegaron á las cinco de la tarde al Palacio del Buen retiro en que estaba la reyna Madre nuestra señora y el Sr. Infante D. Luis, con grande comitiba de embaxadores y familia y enfrente el tablado donde se havia de ejecutar la funzión en el Patio que llaman de la Pelota […] Esta publicazion se ha repetido en la Plaza Mayor, la de las descalzas Reales y en la de la villa, y á la noche en Palacio estaba Iluminado de Achas; se dio fuego á un Castillo de Polbora de vella Idea, y en la villa otro asimismo dispuesto á este fin.
Toda la carrera ha estado preciosamente adornada de buenas Ideas, con tapices, Damascos y otras colgaduras.
La Iluminación y gala continuara hasta los tres días, en los que los Tribunales han hecho sus feriados.
Mañana esta la orden el besamanos al Pueblo y Damas á la noche, y el 13 para solo los consejos y Tribunales.
El 12 y 13 se celebrará fiestas de toros con lo que el Pueblo está sumamente regozijado y de afuera han acudido infinitas Personas". [8]

Como hemos comentado, Carlos III llegará a Madrid con su familia y séquito el 9 de diciembre de 1759. No cruzarán la Puerta de Alcalá en aquella ocasión sino el 13 de julio de 1760. Ese día hará su entrada triunfal en un Madrid limpio y festivo.

El día 19, en los Jerónimos se celebró la Misa del Espíritu Santo. Acto seguido se dio paso a la lectura de la Escritura de Juramento del rey hacia el reino y de éste hacia su majestad; luego la de juramento y homenaje al sucesor, príncipe de Asturias, D. Carlos Antonio.
Terminado todo el ceremonial se cantó Te Deum, a cargo de la “Música de la Real Capilla”.

Pero de esa entrada triunfal y juramento hablaremos más adelante. Mi colega en esto de contar Madrid, Juan Carlos González (Carpetania Madrid), y yo, hemos convenido acercarnos a la calle de Alcalá, al lugar donde una vez estuvo el Teatro Apolo, para internarnos en esa especie de vórtice por donde Historia Urbana de Madrid realiza sus viajes en el tiempo.

Eduardo Valero García

Enlaces relacionados:
- Los últimos días de Carlos III
- Ha muerto Carlos III. Madrid, 1788



Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] Ferrer del Río, Antonio (1856) D. Carlos, Rey de Nápoles y Sicilia. En: Historia del Reinado de Carlos III en España. Madrid. Imprenta de los Señores Matute y Compagni,
Tomo I, Cap V, pp. 193-236

[2] Ibídem, Tomo I, Libro primero, Cap. I, p. 240. Nota del autor: “«Que no era de muy buena calidad el paño» se lee en un manuscrito que posee el distinguido literato D. Aureliano Fernandez Guerra y Orbe; manuscrito anónimo, aunque parece obra de testigo de vista y al alcance de penetrar misterios de corte, según se colige de otras noticias interesantes que apuntaba tan luego como le eran conocidas. Esto da al manuscrito valor sumo y mueve á sentir que solo comprenda los primeros años del reinado de Carlos III.”

[3] Ibídem, pp. 240-241 Manuscrito del Sr. Fernandez Guerra. Nota del autor: También de esto hay relación impresa con el título de Zaragoza festiva en los fieles aplausos del ingreso y mansión en ella del Rey nuestro Señor B. Carlos III. Allí se mencionan de paso los festejos de otros pueblos aragoneses.

[4] BIBLIOTECA HERRERA—Tomo LV de Folletos—núm. 3—Barcelona—1759
-por Juan Antonio Piferrer.

[5] Danvila y Collado, Manuel (1894) Reinado de Carlos III. Carlos III Rey de España. En: Historia General de España. Madrid. El Progreso Editorial. Tomo II, Cap. I, pp. 3-66

[8] Noticia individual por D. JUAN DE MIRANDA—Norma de Reales proclamaciones castellanas, según lo dispuso el Licenciado D. SILVESTRE PALOMARES ESTÉVAN—Madrid—1759—HERRERA—Medallas y proclamaciones con cita de los folletos publicados—Madrid 1882.


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En todos los casos cítese la fuente: Jornadas Madrileñas de Novela Histórica (2017) "De Carlo VII di Borboni a Carlos III de España", en: https://jornadasnovelahistoricamadrid.blogspot.com

Autor-editor: © Eduardo Valero García