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2 de octubre de 2025

Novena edición de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. Madrid, 2025

Vuelven las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica bajo el título "Mujeres audaces y mujeres madrileñas"

El próximo día 16 de octubre comenzarán las IX Jornadas Madrileñas de Novela Histórica en la Biblioteca Regional de Madrid con el título: “Mujeres audaces y mujeres madrileñas”. Esta edición se divide en tres bloques que se desarrollarán durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, ofreciendo al público diferentes conferencias relacionadas con la historia de esta ciudad y las mujeres que en ella nacieron o vivieron, teniendo como base el ensayo y la novela histórica.


Los organizadores recuperan una costumbre madrileña nacida en el siglo XIX conocida como los “Jueves de moda” y la traslada a la actualidad; por eso, las conferencias se impartirán un jueves de cada mes. 

Inaugurarán las jornadas la escritora y directora de las jornadas, Carolina Molina, que hablará de la Inclusa de Madrid, una institución sostenida por mujeres. Seguidamente llegará el turno del escritor y periodista Javier Velasco, quien en compañía de Maudy Ventosa, profesora y escritora, autores del libro “El caso de Margarita Landi, la Rubia del Velo y la Pistola”, hablarán de esta mujer adelantada a su tiempo, periodista e investigadora de hechos criminales.

En la jornada del día 13 de noviembre, Eduardo Valero, investigador de temas madrileños y cofundador de las jornadas, hablará del género de variedades o arte frívolo y de unos teatros por los que pasaron glorias del cuplé como Raquel Meller, “La Chelito”, “La Argentinita” y “La Goya”, entre otras. 

La segunda conferencia, centrada en Anita Delgado, estará a cargo de la escritora Elisa Vázquez de Gey, especialista en la biografía de esta mujer que llegó a ser Maharani de Kapurtala.

La tercera y última jornada, que se celebrará el 11 de diciembre, la historiadora y novelista María Pilar Queralt del Hierro, junto a Carolina Molina, autoras de “Guerreras. Españolas que empuñaron las armas”, rendirán homenaje a mujeres audaces y su relación con la historia de España.

Para clausurar las jornadas, la escritora e historiadora Sara Medialdea, miembro del Cuerpo de Cronistas de la Villa de Madrid, hablará de los mitos y realidad de las cigarreras de Embajadores.





La dirección y coordinación de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica corre a cargo de la Asociación Verdeviento cuyos miembros son escritores y ensayistas con gran experiencia en el sector del libro. Dirigen y coordinan Carolina Molina y Eduardo Valero, presidenta y vicepresidente respectivamente.




21 de octubre de 2024

Octava edición de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. Madrid, 2024


Vuelven las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica bajo el título "Madrid: luces y sombras".


El próximo día 7 de noviembre comenzarán las VIII Jornadas Madrileñas de Novela Histórica en la Biblioteca Regional de Madrid con el título: Madrid, luces y sombras. Durante ese jueves y los días 14 y 15 siguientes, se desarrollarán diferentes conferencias relacionadas con la historia de esta ciudad teniendo como base el ensayo y la novela histórica.


Inaugurarán las jornadas el investigador de la historia de Madrid, Eduardo Valero, que hablará del desconocido Ricardo Sepúlveda y Planter, cronista de la Villa, que nos dejó interesantes obras del costumbrismo madrileño. Seguidamente llegará el turno de la escritora y directora de las jornadas, Carolina Molina, quien hablará de los viajeros que a lo largo de la historia reciente pasaron por nuestro país y de cuya experiencia pueden sacarse muchas anécdotas que explican nuestro choque cultural.

El día 14 habrá un encuentro con el escritor de novela histórica Mario Escobar que junto al periodista David Yagüe hablarán de los hechos históricos que rodean su última novela La librera de Madrid. Posteriormente, Víctor Fernández Correas, autor de Hambre de gloria, impartirá la conferencia Lugares de paz que gestaron guerras, un recorrido por los lugares que fueron testigos del paso de la Historia.

En la última tarde, la del día 15, las jornadas contarán con dos conferencias más. La primera correrá a cargo del escritor Fernando Martínez Laínez, uno de los iniciadores de la novela negra y de espías en España, que profundizará sobre Los espías en el Madrid galdosiano. Para clausurar las jornadas como años anteriores, la historiadora y novelista María Pilar Queralt del Hierro, impartirá una conferencia ambientada en los salones literarios de la época ilustrada en donde las mujeres abrieron las puertas de sus casas a pensadores, científicos o artistas, influyendo decisivamente en el devenir de su tiempo.

Los actos comenzarán cada día a las 18h y serán retransmitidos por streaming y grabados para su posterior visualización en la web de la Biblioteca Regional de Madrid, que es la patrocinadora de las jornadas.




La dirección y coordinación de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica corre a cargo de la Asociación Verdeviento cuyos miembros son escritores y ensayistas con gran experiencia en el sector del libro: Carolina Molina, Eduardo Valero, Víctor Fernández Correas, David Yagüe y Olalla García.



2 de noviembre de 2023

Séptima edición de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. Madrid, 2023

Las Séptimas Jornadas Madrileñas de Novela Histórica recordarán los pequeños momentos de la historia.
Durante cuatro jueves consecutivos (16, 23 y 30 de noviembre, 14 de diciembre), la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina acogerá a autores y autoras que hablarán de personas y momentos que la gran historia no suele tratar con frecuencia. Mujeres, hombres, momentos, épocas… Todos con un leitmotiv: no estar olvidados, pero sí permanecer ocultos tapados por una gran historia que devora todo y a todos. 


    Personajes como Luis Candelas o Francisca de Pedraza, la llegada de la Primera República a Madrid o un coloquio en el que se analizará el papel de la novela histórica serán algunas de las actividades que se celebrarán en el marco de las Séptimas Jornadas Madrileñas de Novela Histórica, que se desarrollarán en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina durante cuatro jueves consecutivos (16, 23 y 30 de noviembre, y 14 de diciembre). 

    El primer jueves, Eduardo Valero, cronista de la asociación Verdeviento, impartirá una conferencia en la que hablará de ilustres golfos de Madrid. A continuación, Olalla García, autora de La buena esposa, y Elvira Menéndez, autora de El corazón del océano, participaran en una mesa coloquio moderada por Carolina Molina que analizará el papel de las mujeres en el Nuevo Mundo. 

    La novela histórica será la gran protagonista del siguiente jueves, el 23 de noviembre. La jornada comenzará con una mesa coloquio moderada con Carolina Molina en la que David Yagüe, Javier Velasco y Luis Zueco, autores y prologuista de Entrevistas con Historia, conversarán acerca del papel de la novela histórica. A continuación, tendrá lugar un encuentro con Luis Zueco (autor de El tablero de la reina) moderado por David Yagüe y Javier Velasco. 

    El 30 de noviembre, el Madrid del siglo XIX será el gran protagonista de la tercera jornada de las Séptimas Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. Ana B. Nieto, autora de Luz de Candelas, hablará de la figura de un personaje en el que realidad y leyenda se mezclan sin encontrar los límites entre una y otra. Le seguirá la conferencia “El espejo de Lhardy, punto de encuentro del Madrid del s. XIX” por María Pilar Queralt, autora de Amores de leyenda. 

    Finalmente, el ultimo día de las Séptimas Jornadas Madrileñas de Novela Histórica (14 de diciembre) estará dedicado a los grandes divulgadores de historia. De 18:00 a 19:00, Javier Santamarta, autor de Eso no estaba en mi libro de historia de la Primera República, impartirá la conferencia “La Primera República llega a Madrid”. Más tarde, de 19:00 a 20:00, será Cesar Cervera, autor de Los Borbones y sus locuras, quien hablará de “La relación íntima de los Reyes Católicos con Madrid”. 



 

La Asociación Verdeviento es una asociación cultural destinada a la promoción literaria y a la creación de eventos compuesta por un grupo de escritores y divulgadores residentes en Madrid. Sus miembros son Carolina Molina, Eduardo Valero, Olalla García, Víctor Fernández Correas y David Yagüe.  


4 de noviembre de 2022

Sexta edición de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica. Madrid, 2022

 
Tras el parón obligado por la pandemia, las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica vuelven este año 2022 par cumplir su sexta convocatoria. Con el título «En tiempos del Emperador Carlos», se realizarán varias sesiones dedicadas a la figura de Carlos V, como hombre y monarca, abarcando también los aspectos sociales y políticos que asomaron al Renacimiento. 
 

Las jornadas contarán con siete mesas, comenzando con la participación del Historiador del Arte, Sergio Ramiro Ramírez, autor del ensayo “Francisco de los Cobos y las artes en la corte de Carlos V”, que hablará del poderoso secretario Francisco de los Cobos, personaje influyente que responde a la forma de vida de la corte carolina. 

Ese mismo día, Eduardo Valero, el cronista de la Asociación Verdeviento que convoca las jornadas, tendrá un recuerdo para Juan de Austria, vecino, durante un tiempo, del municipio madrileño de Leganés. 

El segundo día se celebrará un coloquio entre los escritores Lorenzo Silva y Olalla García, moderado por el periodista Javier Velasco, director del portal Todoliteratura, con objeto de desentrañar las circunstancias que dieron lugar a la rebelión comunera. 

Víctor Fernández Correas, hablará en la tercera jornada, ya adentrándonos en diciembre, sobre Carlos V, como emperador y hombre, moderado por el periodista David Yagüe. Seguidamente se dará paso a una recreación ambientada en los tiempos del Renacimiento, desarrollada por el grupo recreacionista Una pica en Flandes. 

En el último día de actividades, el investigador de la Historia de Madrid, Juan Manuel Castellanos Oñate hablará del Madrid comunero y se clausurará con la intervención de la escritora María Pilar Queralt del Hierro que se centrará en la figura de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, una mujer atípica, que a pesar de su corta vida supo mantener su posición de poder, incluso como gobernadora, en ausencia del Emperador. 

Las jornadas traen este año 2022 una novedad y es su realización en dos fases diferentes. Las dos primeras se realizarán en noviembre, durante los jueves 17 y 24, para terminar en diciembre, los jueves 1 y 15.

Como dicen los organizadores, estas jornadas llegan con nombre y número romano, dedicándolas a un César y Emperador, cuya herencia sigue muy presente en nuestra Historia e imaginario. 

Las VI Jornadas Madrileñas de Novela Histórica cuentan con el apoyo de la Biblioteca Regional de Madrid “Joaquín Leguina” (C. de Ramírez de Prado, 3, 28045 Madrid), en donde se celebrarán, organizadas por la Asociación Verdeviento. 

 

 VER PROGRAMA
(Clica sobre la imagen para acceder) 


La Asociación Verdeviento es una asociación cultural destinada a la promoción literaria y a la creación de eventos compuesta por un grupo de escritores y divulgadores residentes en Madrid. Sus miembros son Carolina Molina, Eduardo Valero, Olalla García, Víctor Fernández Correas y David Yagüe.

10 de diciembre de 2020

Madrid, ciudad de la Cultura

Por Eduardo Valero García

 

    Víctor Fernández Correas nos ha recordado el alma de los barrios madrileños. Ha mencionado la Costa Fleming y su cabo: Corea. 

    Y es que Madrid no tiene mar, pero sí costas; como las recreadas por Antonio D. Olano en su Guía secreta de Madrid allá por los años 70. Además de Fleming y Corea, el autor identificaba las costas de Ballestas, Gran Vía y Clara del Rey. 

    Al tener costa no podía faltarle un faro, y así fue como en 1992 se erigió uno en la Moncloa. ¡Qué año aquel! 

    1992 fue para España una auténtica verbena. La Exposición Universal de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona y Madrid como Capital Europea de la Cultura. Parece muy lejano todo aquello porque ya es historia de otro siglo, pero sólo han pasado poco menos de treinta años. Muchos madrileños disfrutaron de Barcelona y de Sevilla; otros tantos casi ni se enteraron de lo que estaba ocurriendo en la villa y corte. 

    El 27 de mayo de 1988 el Consejo de Ministros de Cultura de la Comunidad Europea elegía a Madrid como Capital Europea de la Cultura para el año 1992. En aquellos tiempos era Juan Barranco el alcalde de esta villa. 

    En diciembre de 1991, un nuevo alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, presentaba en Bruselas el programa de actos de la capitalidad cultural europea. Comenzaban así los preparativos para la celebración de Madrid’92, ciudad europea de la cultural. 

    El Consorcio Madrid’92, había sido creado para tal fin en noviembre de 1989 bajo las directrices de una comisión ejecutiva representada por el Ministerio de cultura, la Comunidad y el Ayuntamiento. 

 


 

    Muchos fueron los eventos programados y las inauguraciones de espacios que hoy perduran, como el ya citado Faro de la Moncloa (Torre de Comunicaciones del Ayuntamiento), de 110 metros de altura; emblema de nuestra ciudad. 

    Dispone de un rápido ascensor cuya utilización en 1992 costaba 200 pesetas por viajero (100 pesetas los niños y jubilados). Ahora cuesta 3 euros. 

    Poco después de su inauguración un fuerte viento se llevará parte de la cubierta y en 2005 se clausurarán las visitas turísticas por un defecto en su escalera, que incumplía la nueva reglamentación de Seguridad del Ayuntamiento. Reabrió sus puertas en 2015, pero un incendio en 2016 obligó a cerrarlo hasta 2017. Después de la realización de obras para adaptarlo a las necesidades del público, reabrió sus puertas en noviembre de 2020. 

    En el barrio del Pilar (junto a La Vaguada), se inaugura el Teatro de Madrid, para representaciones de zarzuela, ópera y danza. Años más tarde, en 2011, cerraba sus puertas. Hoy, abandonado y vandalizado, es recuerdo de lo mucho que se gasta sin vistas al futuro. 

    Lo mismo ocurrió con el Museo de la Ciudad, un edificio de 1900 m2 ubicado en la calle Príncipe de Vergara que cerró sus puertas en 2012. Hoy sabemos que las excelentes maquetas allí expuestas, fiel retrato de cómo era Madrid en 1992 (deterioradas algunas por el paso del tiempo), estuvieron a punto de ser destruidas ante la imposibilidad del Ayuntamiento de costear los gastos de almacenaje. Afortunadamente, la empresa Adif se quedará con la mayor parte de ellas y las expondrá en la estación de Atocha. El Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) se quedará con la réplica de la catedral de la Almudena y con la de la Plaza de toros de las Ventas la Escuela Taurina de Madrid. 

    En el entorno del también inaugurado Parque de Juan Carlos I, se ponía en marcha la Institución Ferial de Madrid (IFEMA), donde se celebrarán por primera vez las ediciones de aquel año de la feria ARCO y Pasarela Cibeles. 

    Al coincidir con el V Centenario del descubrimiento de América, el tenebroso palacio de Linares será restaurado y convertido en Casa de América, con fantasma incluido. Allí se celebrará la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, con la presencia de 21 mandatarios, siendo la más sonada la de Fidel Castro, hospedado en el Hotel Ritz. 

    La inauguración del Museo Thyssen-Bornemisza y la puesta en funcionamiento de la segunda planta del Museo Reina Sofía conformarán, junto con el Museo del Prado, el Triángulo del Arte. 

    La estación de Atocha se mostrará al viajero completamente renovada y reformada, con un precioso jardín tropical ocupando el espacio donde antes estuvieron los andenes. Una tenue lluvia de vapor proveniente del techo creaba el ambiente propicio y regaba las exóticas plantas. Las palmeras del Brasil que aún podemos contemplar costaron la friolera de 150.000 pesetas cada una. También se inauguraba la estación de Alta Velocidad Española (AVE), para que los madrileños y turistas pudiesen llegar a la Exposición sevillana “en dos horas y un poquito”. 

    Mingote crea una Puerta de Alcalá dibujada, en plena construcción, con el propio Carlos III presentándola y rodeada de tipos madrileños de todos los tiempos. Las graciosas y preciosas ilustraciones recubrirán la verdadera puerta en sus cuatro lados.

 


    Se realizarán conciertos; exposiciones de arte; estrenos de grandes musicales; un rico programa titulado Ciencia, literatura y pensamiento; espectáculos en diversos puntos de la ciudad, con desfiles y pasacalles más representativos de las cabalgatas de Reyes o de Carnaval que de evento tan singular. El madrileño no llegó a comprender claramente que era todo aquello, de ahí que la participación ciudadana fuese escasa en los 1.800 eventos programados, con una media de asistencia de 700 personas por cada uno de ellos (un total de 1.272.572 espectadores). 

    Durante todo el año se publicó la revista La Capital, de escaso interés para el madrileño, aunque el primer número se agotó en menos de 48 horas. 

 


 

    Entre unas cosas y otras, la celebración de la capitalidad cultural europea supuso un gasto superior a los 6.000 millones de pesetas. Para eventos musicales se dedicaron 1.840 millones; 738 para el programa de ciencia, literatura y pensamiento; 756 para obras teatrales; 340 destinados a las artes audiovisuales y 381 para artes plásticas; la danza se llevó 281 millones y 328 la publicación de la revista La Capital. El Consorcio de la capitalidad gastó en publicidad 928 millones, y suma y sigue. 

    Madrid’92 supuso un cambio inesperado para la ciudad y sus habitantes; un nuevo modelo que dejaba atrás a la mítica Movida madrileña y los bandos de Tierno Galván. 

    Hasta aquí, y a grosso modo, he recordado el año que fuimos referente cultural de las Europas. Pero Madrid no necesita esos nombramientos, es Cultura por si sola. Cuna de todas las artes desde hace siglos, ha ofrecido al Mundo los más augustos nombres, tanto en la pintura como en la literatura y las ciencias. ¡Hasta un madrileño viajó a la luna! 

    Cuidemos siempre de nuestro valiosísimo patrimonio y nunca dejemos de lado la Cultura, porque en ella debemos poner todos los medios para apoyarla y fomentarla. 

    Muestra de ello han sido los interesantes artículos que hemos publicado en las V Jornadas Madrileñas de Novela Histórica que hoy no finalizan, sino que hacen un receso hasta el próximo año… porque siempre habrá Cultura. 

 


 

 

 

 

Eduardo Valero García

 

Este artículo contiene fragmentos de texto del libro Historia de Madrid en pildoritas   ISBN: 978-84-16900-81-7 (2018)
Editorial Sargantana

 


Madrid, sus barrios. Su alma.

 Por Víctor Fernández Correas

 
    Se suele decir que los escritores viven sus novelas, sienten a sus personajes, se refugian —y hasta se niegan a salir de ella— en la atmósfera creada que hacen suya para, después, plasmarla en sus páginas. Meses y meses encerrados en un mundo que sólo existe en su cabeza y que es producto de muchas lecturas. 
 
   
En mi caso, pasé meses y meses en el Madrid de comienzos de la década de los 50 del pasado siglo mientras escribía Se llamaba Manuel; meses investigando y leyendo obras, comparando mapas, situando ubicaciones, comprobando su antes y su después, y otros tantos trasladando aquel océano de datos, de vivencias, de imágenes e incluso de canciones a unas páginas. Y puede asegurar que disfruté de y con aquel Madrid. Disfruté de y con sus barrios, que es el leitmotiv de este artículo. 

    Porque Madrid es sus barrios, su historia se vertebra a partir de sus microhistorias, y más en una época en la que algunos de los barrios que ahora conocemos aún no habían sufrido una transformación que los vuelve irreconocibles a ojos de quienes los conocieron y vivieron en ellos. 

    Era aquel Madrid un Madrid de suburbios que exudaban tanta miseria como ganas de vivir. Un Madrid de anchas avenidas bañadas de luces de neón, de teatros y cines donde Hollywood se hacia carne y sueños, y de salas de fiesta donde las voces eran voces que se ganaron la eternidad por derecho propio. Un Madrid que quería ser, que quería olvidar lo que fue —y lo que era, al fin y al cabo—, un Madrid con un velo de modernidad en la mirada y alpargatas de esparto en los pies con las que caminar por un sendero titubeante. 

    Por ejemplo, en aquel Madrid incluso había costa. Años y años Los Refrescos cantando que Aquí no hay playa, y sólo hay que bucear un poco en la historia para descubrir que, a comienzos de los años 50 del siglo pasado, y con el aluvión de americanos recién instalados al calor de un hermanamiento entre naciones —bendecido y exaltado por el Gobierno de Franco como un signo de que en España empezaba a amanecer—, surgió la que vino en llamarse Costa Fleming, posiblemente la zona más animada de la capital del momento. Esa Costa Fleming de “mala arquitectura, bares equívocos, tablaos intempestivos, iglesias como fábricas de chocolate y sitios donde comer el pollo según las treinta hierbas diferentes recolectadas por no sé qué coronel norteamericano”, como se refirió a ella Paco Umbral. 

Costa Fleming

    “Parecía que todo el mundo estaba con horarios de vacaciones porque era un barrio en el que había mucha juerga nocturna”, palabras con las que la describe Jorge Galaso, presidente de la Asociación Costa Fleming, fundada en 2015 para revitalizar el comercio de la zona, y que adoptó como propio el nombre con el que la bautizó el periodista Raúl Pozo en 1968. Mucha juerga nocturna, dice Jorge Cadalso. Otros, simplemente, se referían a ella como la zona “más golfa de Madrid”. Sexo, alcohol e incluso drogas en una burbuja que se sabía que existía, pero que hacía desviar la mirada a más de uno y de dos capitostes del momento cuando se les mentaba que aquello era poco menos que Sodoma y Gomorra. Cosas que traen los americanos, se encogían de hombros. Dos naciones amigas, y Franco dándose un baño de multitudes compartiendo coche con Eisenhower por la Gran Vía, con las ventanas de la Torre Madrid componiendo con sus luces el apodo —Ike— por el que se conocía al presidente de los Estados Unidos. 

Torre Madrid - IKE

    Desde el Corea, el primer edificio del barrio, construido entre 1951 y 1954 —coincidiendo en el tiempo con la guerra que tenía a aquella península y a los americanos como protagonistas— en la manzana que dibujan el Paseo de la Castellana con las calles Félix Boix, Doctor Fleming y Carlos Maura, el american way of life fue pronto imitado también por madrileños que abrieron negocios en la zona para proporcionar servicios a los nuevos vecinos. Una zona donde los pepinillos, la mantequilla de cacahuete, el Cuatro de Julio o Halloween constituían un oasis de luz en una ciudad que luchaba por dejar atrás la época oscura de la posguerra. Hoy en día es una zona dinámica llena de viviendas, restaurantes y tiendas en cuya arquitectura se puede atisbar la modernidad a la americana que trajeron consigo sus primeros moradores. 

    Un Madrid de luz dispar, claroscuros en una ciudad donde se pasaba de la modernidad al Madrid cuyas tripas aún rugían de hambre; de la Gran vía a la que se asomaba Hollywood a través de ventanas como los cines Coliseum, Avenida o el Palacio de la Música —la originaria Sala Olimpia—, a sus calles perpendiculares, donde el olor a carne tibia llenaba la atmósfera de pensiones que se dejaban antes de las doce de la noche con tal de no aparecer en el listado de clientes que cada mañana amanecía en las mesas de una comisaría; una Gran Vía en la que lo mismo resonaban las voces del momento, diosas y dioses que se hacían carne delante de un micrófono en Pasapoga, que Ava Gardner se dejaba caer por Chicote levantando suspiros a su paso antes de que Frank Sinatra los apagara con una mirada de perdonavidas. Eso, ayer. Hoy, muchos de aquellos cines o salas de fiesta no queda más que el recuerdo y la nostalgia, en muchos casos, y en otros un esqueleto que cobija otras alternativas de ocio más acordes con los tiempos que corren. 

Pasapoga. Fotograma de Los ojos dejan huella

    El Pasapoga, lo cité líneas más arriba, en los bajos del cine Avenida. Un nombre exótico, atractivo, resultado del acrónimo de los apellidos de sus creadores —Patuel, Sánchez, Porres y García—. “La sala de fiestas más famosa del mundo”, como se anunciaba en 1952; inmortalizado para siempre por José Luis Sáenz de Heredia, que quiso plasmar su esencia en una de las escenas de Los ojos dejan huellas, con sus protagonistas disfrutando de una velada en aquel music hall. Decorado por Mariano García con elementos isabelinos y columnas de mármol, mucho pan de oro y arañas y enormes lámparas colgando del techo, las entre 15 y 18 pesetas que costaba la entrada no eran impedimento para bolsillos deseosos de pasar un buen rato mientras compartían velada con Ava Gardner —se bebió Madrid tantas veces que le harían falta vidas para contarlo— o Juliette Grèco al calor de la voz de Josephine Baker. Todo eso ocurrió mucho antes de que sus asiduos, allá por 1962, descubrieran la esencia, la deslumbrante belleza y femineidad de Coccinelle, la estrella absoluta del Carrousel de París y compañera de escenario de la mítica Edith Piaf, y cayeran rendidos ante ella sin saber que en su acta de nacimiento constaba que se llamaba Jacques Charles Dufresnoy. Una transexual deleitando a las élites y bolsillos abultados del franquismo. En España empezaba a amanecer. 

Coccinelle ©Cordon Press

    Un Madrid de luces, insisto, donde uno podía encargar una camisa en las cerca de 30 camiserías que existían en la Calle de la Montera —hoy apenas sobrevive una—. Calle que compartía protagonismo comercial con las de Preciados, del Carmen o Carretas. Todas ellas repletas de pequeños comercios, como la pequeña sastrería ubicada en el número 3 de la primera de aquellas calles, que con el tiempo fue sustituida por un local que tomó su nombre y se convirtió en los grandes almacenes que conocemos hoy. 

    Y un Madrid de cafés. Porque Madrid siempre fue de cafés; esos lugares de ocio, puntos de reunión en los que pasar las tardes de asueto. Cafés de grandes espejos, columnas, lámparas, mesas de mármol blanco con barra de hierro a los pies, diván y un gran reloj. Y en todos ellos, como parte del mismo mobiliario y de su decoración, un limpiabotas y un cerillero. Cerca de 300 cuentan las crónicas que existían en Madrid por aquellos años 50 del pasado siglo, cifra que incluye cafeterías, bares americanos y cervecerías en las que se reunían la feligresía de turno al calor de un café que lo mismo calentaba el estómago de poetas y escritores, siempre tan cortos de recursos —siempre, siempre pase el tiempo que pase—, como eternizaba charlas sobre los temas más variopintos. Nombres que ya forman parte de la historia de la ciudad como el Café Barceló, el Café Levante, el Manila o La Manila, sin olvidar el Café Castilla, reconocido por su galería de caricaturas y sus tertulias literarias. 

Café Castilla (Archivo Ragel)

    Sin embargo, ese Madrid trocaba en distinto una vez rebasada la antigua Plaza de Atocha, bautizada después de la guerra con el nombre de uno de sus vecinos más insignes —el emperador Carlos V—. Cambios que se podían palpar enfilando el Paseo de las Delicias. No era como Sol, desde luego, sino que aquí se instalaron las empresas del llamado sector secundario. Nombres ya míticos como los de Boetticher y Navarro, Schneider, La Comercial de Hierros, la Standard Eléctrica o El Águila, adheridos a la piel de la calle Méndez Álvaro y de aquel paseo. Zona que aún frecuentaban oficios que la misma modernidad se llevó por delante como las aguadoras que vendían agua en botijos, pipas o altramuces; los afiladores de cuchillos —«Llama a mi puerta, te he de dar / siete cuchillos que afilar, siete pretextos para hablar / pan de centeno y un hogar», cantaba de ellos Mocedades— que se anunciaban con el tañido de una ocarina; los paragüeros-lañadores que restauraban cacharros de metal; mieleros que vendían miel de la Alcarria, chatarreros, traperos/basureros y colchoneros —sin segundas. Que uno es muy, pero que muy del Atleti—… Un tiempo en el que ciertos vendedores vendían novelas por fascículos, mensuales o semanales, con títulos tan sugerentes como La cieguita, Ángeles del Arroyo o Genoveva de Brabante, por mencionar algunos. 

    En fin, en aquel Madrid de los años 50 del pasado siglo sus tripas rugían de hambre de verdad en sus suburbios. Aluviones que acogían a los que huían de la miseria de sus pueblos para acabar recogiendo las migas de una incipiente y engañosa prosperidad. Miseria, por citar un ejemplo, que limitaban las calles Fernando Poo, Cáceres y Jaime el Conquistador, conteniendo una miseria en la que nadaban no menos de 5 000 personas en el poblado de chabolas más grande de Madrid capital —algo más de 1 000 chabolas en un terreno que ocupaba cerca de 1 000 hectáreas—, el conocido como poblado de Jaime el Conquistador. Un arrabal de chapa, chabolas e infraviviendas que rezumaba tanta vida como miseria; donde Pepe Blanco alimentaba esperanzas con un cocidito madrileño —“no me hable usté / de los banquetes que hubo en Roma / ni del menú del hotel Plaza en New York”— que era una quimera para muchos de sus moradores. 

Poblado de Jaime el Conquistador

    Apenas queda más constancia de aquel poblado que las calles que lo delimitan, pero basta con pasear por ellas o coger un plano y escrutarlo con calma, para cerciorarse de la magnitud que debía de tener aquel mar de miseria a escasos kilómetros de la Puerta del Sol. Cosas de la modernidad, de esa España que empezaba a amanecer —lo llevaba haciendo desde 1939, nada más terminar la guerra—, que borraba rastros de lo que era y no quería ser. Ese Madrid con alma, el alma de sus barrios. 

 

©Víctor Fernández Correas
 
 

7 de diciembre de 2020

De la botillería al café

Por Eduardo Valero García

 


 
    Tan extensa y apasionante es la historia de Madrid como la de los lugares donde se comía y bebía. Figones, bodegas, tabernas y fondas poblaban la villa y corte y se expandían con ella. También existían otros espacios donde aclarar el gaznate, como las horchaterías, las neverías, los aguaduchos y las alojerías. De estas últimas existió una frente al mismísimo Corral del Príncipe, en la fila de siete casas que perduraron hasta 1863 en la plaza de Santa Ana. 
 
    De las alojerías o aloxerías ya hablaban Cervantes y Quevedo. En ellas se vendía aloja, bebida compuesta por agua, miel, arroz y especias aromáticas. Sus orígenes eran árabes, por lo que de un solo trago hemos conectado el Madrid musulmán con el Siglo de Oro. Pero hay más conexiones, porque las alojerías son el precedente de las botillerías, y estas de los cafés. 
 
    En las botillerías se servían bebidas y, si bien disponían de algunos bancos, eran locales de paso. Abundaban en tiempos de Fernando VI y durante el reinado de Carlos III fueron adquiriendo cierto orden y decoro. Recordemos el artículo que habla del Coliseo de los Caños del Peral y la botillería inaugurada allí en 1787. Para esos tiempos, estos establecimientos eran llamados indistintamente cafés o botillerías, con una clientela variopinta y popular que los convertía en lugar de reuniones públicas. 
 
    Ocurría el caso de la unión de botillería, fonda y posada en un mismo espacio, como lo era la posada de Cádiz, en la calle de Toledo; o la fonda y café de la Cruz, donde se hospedó Casanova. 
 
    La idea de café difiere mucho de la actual y, aunque en esencia cumplen el mismo servicio, los de antes eran cuarteles generales de los movimientos políticos y culturales que marcaron parte de la historia de España y nuestra literatura; porque las tertulias propias de salones y casinos privados pasaron a los cafés cuando estos iban perdiendo su condición de botillería. 
 
    La primera tertulia pública, destinada únicamente al teatro, nace en la fonda de San Sebastián por iniciativa de Nicolás Fernández de Moratín (padre de Leandro), Tomás de Iriarte y José Cadalso, entre otros literatos y políticos del siglo XVIII. 
 
    En 1791, Leandro Fernández de Moratín escribe La comedia nueva o el Café, inspirada seguramente en aquella fonda y las tertulias que allí se celebraban sobre las obras representadas en los teatros madrileños. Moratín sitúa a los personajes en un café: 
 
Acto I 
Escena I 
«La escena es en un café de Madrid, inmediato a un teatro. El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro, una puerta con escalera a la habitación principal, y otra puerta a un lado, que da paso a la calle. La acción empieza a las cuatro de la tarde y acaba a las seis». 
 
    La Biblioteca Nacional de España conserva un manuscrito de la obra de Ramón de la Cruz titulado La botillería: fin de fiesta. Si bien la BNE no ofrece el año de creación o representación, la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes indica que es de 1766. De la Cruz escribirá dos obras en las que se hace referencia a los cafés; son El café extranjero (1778) y El café de Barcelona (1788). 
 



 

    Nos presenta también la botillería o café de la calle de la Cruz, citada en este artículo, ofreciendo una lista de lo que en ella podía consumirse.




 

    En las postrimerías del siglo XVIII destacaban en la ciudad los siguientes cafés y botillerías


    Y en el siglo XIX proliferarán los cafés como espacio de reunión para las tertulias de todo tipo, dependiendo en parte el momento político.


    De los más mentados en obras literarias podemos citar al Café del Príncipe, también llamado El Parnasillo, donde se fundará la segunda peña literaria madrileña con ilustres personajes como Espronceda, Zorrilla, Larra, Ventura de La Vega, Escosura, Gil y Zárate, y el propio Mesonero Romanos, entre otros. 
 
    Después de la revolución de Riego, entre 1820 y 1823, se alegrará la Villa con los clubs a la francesa instalados en los Cafés de Lorencini de la Puerta del Sol, la Fontana de Oro, ubicado en la Carrera de San Jerónimo, donde estaba el convento de la Victoria, y el de la Nicolasa o de los Gorros, que era el club de los rojos o descamisados, situado en la Plaza de Santa Ana. 
 
    Estaban también los Cafés de la Alegría, que era muy malo, ubicado en la calle de la Abada, en el bajo de una fonda del mismo nombre; el de Levante, situado en la calle de Alcalá y probablemente antecesor del Nuevo Levante que se fundó con posterioridad en la Puerta del Sol; el billar-café del Morenillo, en la calle del Príncipe, conocido por hacer allí tertulias humorísticas Latorre, Luna y Guzmán. 
 
    Los cien mil hijos de San Luis hacen languidecer los madrileños cafés, llegando incluso a cerrar, y pasa a ser entretenimiento habitual la horca alzada en la Plaza de la Cebada. 
 
    En la Plaza de Santo Domingo se fundará el Café El Realista, que cerrará sus puertas a la muerte de Fernando VII (29 de septiembre de 1830) y con él renacerá la afición a los cafés. 
 
    Entre 1830 y 1840 El Parnasilo gozará de su máximo esplendor; se fundarán los Cafés de Genieys (Café y fonda en la calle de la Reina); el Café Nuevo, ubicado en la calle de Alcalá; el Neptuno, en Caballero de Gracia; Espejo, en la calle de Carretas, y continuarán los ya citados de Lorencini, Alegría y Levante; las botillerías de Canosa, de Pombo, y los de Malta y Solís. 
 
    El Café Suizo fue fundado antes de la Vicalvarada (Revolución de 1854); de allí salieron Francisco Salmerón y Alonso y otros patriotas para unirse al piquete que venía por la plaza de toros entonando el himno de Riego. El Suizo era centro político y literario, y santuario de la ciencia, entonces tan en boga. 
 
    Por la revolución del 54 se fundó el Café Iberia, situado en la Carrera de San Jerónimo, que disponía de un reservado para señoras y era frecuentado por demócratas y literatos. El local desaparecerá después de la revolución y renació como café elegantísimo a principios de la Restauración. 
 

Más sobre botillerías y cafés 

    El periodista, traductor y profesor madrileño Mariano de Rementería y Fica, traduce del francés el Manual del Cocinero, Cocinera y Repostero, con un tratado de CONFITERÍA / BOTILLERÍA, y un método para trinchar y servir toda clase de viandas, y la cortesanía y urbanidad que se debe usar en la mesa. Se publicó en Madrid en 1828, en plena época Ominosa. 




 

    Años más tarde, en 1854, se publica el Tratado de repostería, pastelería, confitería, café y botillería que sirve de continuación a la Cocina perfeccionada, de José López Camuñas, donde podemos encontrar un capítulo destinado a recetas de los productos que ofrecían cafés y botillerías, con una variedad mucho más amplia que la ofrecida por Rementería y Fica.



 

    Si estos autores nos permiten conocer o intuir los sabores de los productos servidos, Mariano José de Larra, Ramón de Mesonero Romanos y Benito Pérez Galdós nos ofrecen una visión de la fisonomía e idiosincrasia de los cafés madrileños.
 

 
 “Este deseo, pues, de saberlo todo me metió no hace dos días en cierto café de esta corte donde suelen acogerse a matar el tiempo y el fastidio dos o tres abogados que no podrían hablar sin sus anteojos puestos, un médico que no podría curar sin su bastón en la mano (…) y varios de estos que apodan en el día con el tontísimo y chabacano nombre de lechuguinos, alias, botarates…” 
El Café.
El Duende Satírico del Día, n.º I (1828) 
Mariano José de Larra 
 
“-Lorencini y La Fontana de Oro, teatros que fueron de aquellas desentonadas escenas, eran entonces dos concurridos y prosaicos cafés, refugio el primero de oficiales indefinidos y de indefinibles, que se entretenían en comentar la Gaceta (…); y el segundo (La Fontana), punto de reunión de los hombres graves, ex políticos, afrancesados y liberales, era un establecimiento... donde se servía buen café.”
Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid
Tomo II. Cap. I.
Usos, trajes y costumbres de la sociedad madrileña en 1826
Ramón de Mesonero Romanos 
 
"Si fuera posible trasladar al lector a las gradas de San Felipe, capitolio de la chismografía política y social, o sentarle en el húmedo escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público más plebeyo, comprendería cuán distinto de lo que hoy vemos era lo que veían nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que una gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde que existe, lo abandonaban a la caída de la tarde para dirigirse a la Carrera de San Jerónimo o a otra de las calles inmediatas. Aquel público iba a los clubs, a las reuniones patrióticas, a La Fontana de Oro, al Grande Oriente, a Lorencini, a La Cruz de Malta. En los grupos sobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su mirada protectora, parecían ser tenidas en grande estima por los demás". 
La Fontana de Oro 
Cap. I - La Carrera de San Jerónimo en 1821
Benito pérez Galdós

 
“El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable precio.” 
Fortunata y Jacinta. 
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III 

“Óyense en tales sitios vulgaridades groseras, y también conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no sólo van al café los perdidos y maldicientes; también van personas ilustradas y de buena conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y estudiantes son las que más abundan, y los provincianos forasteros llenan los huecos que aquellos dejan.” 
Fortunata y Jacinta. 
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III 
 
“En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos, una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate, soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas y los dicharachos.” 
Fortunata y Jacinta. 
Parte tercera. Cap. I, Costumbres Turcas. III
Benito Pérez Galdós

    Muchos cafés continuarán o vendrán después de la Restauración y su influencia para el mundo literario será fundamental. Si grandes literatos los citarán en sus obras, otros los frecuentarán con tanta asiduidad que allí crearán sus tertulias. Fornos, el Nuevo Café de Levante, el Madrid, el Suizo, el Imperial, el Lhardy, Pombo, y otros tantos fueron testigos de la presencia de aquellas grandes figuras de la literatura española.
 
    Para ilustrar al lector sobre los cafés madrileños del 98, cedo el testigo a Javier Velasco Oliaga, quien en la jornada del martes nos hablará de ellos.

 
 
 

 

 

 

 

 

Eduardo Valero García

Autor de los libros Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Editorial Sargantana. Autor/editor de la publicación seriada Historia urbana de Madrid

 

El Madrid de la Restauración

Por Carlos Mayoral

    Cuando Carolina Molina, una de los organizadores de estas jornadas, me ofreció participar en estas jornadas, supongo que ambos sabíamos que la figura de Galdós flotaría por el texto. Primero, porque ambos somos furibundos amantes del canario. Pero, sobre todo, porque se trata de un dragón con dos cabezas: Madrid es Galdós y Galdós es Madrid. Si tenemos en cuenta que el autor canario, además, es un hijo del XIX, por lo que amó el primer medio siglo y por lo que vivió en el segundo, era inevitable tratar la centuria en estas jornadas. Y es que hay una ciudad previa a la llegada de Galdós en 1862, poblachón manchego, de polvareda en el camino y tierras sin desamortizar, y un Madrid posterior, urbe cosmopolita, de ambiente cultural extraordinario, moderna y sutil. 

 


 

    El Madrid que hoy conocemos se construye en los años que Galdós pasa en la ciudad, es decir, entre 1860 y 1920. Es el Madrid que crece bajo el río por el sur; que se enriquece al otro lado del camino que llevaba a la fuente Castellana, hoy conocido como la avenida homónima, por el este; que rebusca más allá de Cuatro Caminos por el norte; y que persigue la vida universitaria más allá de la avenida de la Princesa por el oeste. Por suerte, la ciudad tuvo un cronista perfecto para glosar esa metamorfosis. Permitan que les hable de algunos lugares simbólicos para esa época de Restauración y galdosismo que tuve la oportunidad de estudiar para mi novela Un Episodio Nacional (Espasa, 2019). 

    Cuando ideaba la trama de la novela, me encontraba con que los mapas de Madrid cambiaban sustancialmente con apenas cinco años de diferencia. El Madrid del año 1880 no se parece ya al del 85, ni este al del 90. Y no sólo por las manzanas que de la noche a la mañana ensanchaban la ciudad, sino también por las instituciones fundadas ya entonces y que, como podrán ver, en muchos casos todavía siguen en pie hoy. Así que he elegido los diez emplazamientos que me sirvieron para dar fe de este crecimiento y esta modernización, diez lugares por los que paseaba el Galdós que yo imaginé, diez lugares icónicos dentro de aquella Restauración que traería consigo varias décadas de prosperidad, de cierta estabilidad, y sobre todo de descanso para una primera mitad de siglo absolutamente desenfrenada. Allá vamos. 

La cárcel Modelo 
    Hoy desaparecida, la cárcel Modelo de Madrid se situaba aproximadamente en el lugar que hoy ocupa el Cuartel General del Ejército del Aire. Se empezó a construir en los años 70, esto es, en plena Restauración, con el objetivo de centralizar en un solo edificio toda la actividad que se daba en los pequeños calabozos que habían salpicado la ciudad hasta entonces. Será un lugar bastante frecuentado por Galdós, pues por todos es sabido que le gustaba mezclarse con los elementos narrativos que más tarde utilizaría en sus novelas, y por la Modelo y alrededores pululaban toda clase de rateros y maleantes, lo cual aprovechó el canario para pasear por allí y empaparse de andares y costumbres. Además, allí fue testigo del ajusticiamiento que se relata en Un Episodio Nacional, una condena a muerte por garrote vil de Higinia Balaguer, en el año 1890. 
 
Plaza de Colón 
    También fue construida en la época de apogeo galdosiano, en concreto en los años ochenta de aquel siglo XIX. Allí se erigió la estatua del almirante que hoy conocemos, y debió ser testigo de primera mano nuestro Galdós, puesto que para entonces vivía allí, en el 3º izquierda de la Plaza de Colón número 2, la esquina con la Ronda de Santa Bárbara (en la actualidad conocida como calle Génova). Este sería su domicilio entre los años 1877 y 1892. 
 
Hipódromo de la Castellana 
    Otro de esos lugares que renovó la estética social del Madrid de la Restauración. Fue inaugurado por Alfonso XII en el año 1878, y desde el primer momento se convirtió en un punto de encuentro para los distintos estratos de la sociedad madrileña. Allí se daban cita desde el proletario que agitaba la gorra en la explanada bajo el tejado de hierro fundido hasta el burgués que se acomodaba en la tribuna. A modo de curiosidad, unos cuantos años más tarde, en 1902, el recién instituido Real Madrid Club de Fútbol jugaría sus partidos de local en este recinto. 
 
Plaza de toros de Fuente del Berro
    Se trata de la precursora de la actual plaza de toros de Las Ventas, sita relativamente cerca, en el actual Palacio de los Deportes o WiZink Center. Se construyó en los años setenta del XIX, y sirvió para dar cobijo a los madrileños que acudían a la fiesta del toro, como se decía entonces, hasta que la Monumental la sustituyó en 1934. Sobre si Galdós fue taurino o no, por cierto, se han escrito centenares de teorías. Si quieren la opinión del que aquí escribe, y pese a ser don Benito un amante confeso de los animales, lo que cree es que nadie sabe si esa pasión de Galdós por la tauromaquia existía. 
 
Café Gijón
    Construido justo en el lapso de tiempo narrativo que recorre Un Episodio Nacional, es decir, 1888. No podemos olvidar que el XIX es el gran siglo de los cafés, como bien reflejó Galdós en sus distintas novelas. El propio escritor canario fue un asiduo visitante de este Gran Café de Gijón, donde acudía a la tertulia literaria que desde aquella época se mitificaría, en el mismo local que ocupa hoy en el paseo de Recoletos. Por allí pasarían más tarde todas las superestrellas de la época, desde Valle-Inclán hasta Ortega, desde Ramón y Cajal hasta Jardiel Poncela. 
 
El Mercado de la Cebada 
    También construido en las décadas aquí reflejadas, vino a ofrecer un tejado a la actividad mercantil que ya venía creciendo en el barrio, sobre todo en la propia plaza de la Cebada. Para Galdós, estos pequeños mercados que fueron proliferando en la época, véanse el de los Mostenses, levantado en 1875, o el de San Miguel, algo más tardío, fueron utilizados en multitud de novelas como punto de encuentro para las familias, como un catalizador social del pueblo. Además, a menudo los trabajadores ejercían un poder extraordinario sobre las élites, con sus huelgas inquebrantables. 
 
Estación del Mediodía 
    La actual estación de Atocha, pese a que había servido como apeadero años antes, no será ideada como la estación central que es actualmente hasta los años ochenta del XIX. Las obras corrieron a cargo de un discípulo de Eiffel, el gran Alberto de Palacio, y duraron varios años. Una vez construida, el edificio fue considerado como una de las grandes obras maestras de la arquitectura decimonónica, así como la más amplia estación ferroviaria de Europa, que cambió para siempre ya el sentido del tránsito de la ciudad. 
 
Parque del Buen Retiro 
    Pese a que el mítico parque madrileño tiene su origen siglos atrás, sobre todo como área de recreo para los reyes de la época, no será hasta la llegada del Sexenio Democrático, en los años setenta del XIX, cuando el recinto pase a ser propiedad municipal, con el consiguiente cambio en su fisionomía que supondrá este hecho. La construcción de varias puertas, la definición de varios de los caminos que hoy lo cruzan, la proliferación de estanques y rías artificiales, el pabellón Árabe, el palacio de Velázquez y el palacio de Cristal fueron avances que se llevaron a cabo en el entorno del parque durante aquellas décadas de los setenta y ochenta. Aunque quizá el paso más significativo sea la libre circulación de personas, que convirtieron el parque en uno de los símbolos de Madrid. 
 
Ateneo de Madrid 
    Otra institución que dio lustre cultural a una ciudad en efervescencia. El actual edificio, sito en la calle del Prado, data de 1884, y fue inaugurado por la estrella de la Restauración, es decir, por Cánovas del Castillo, ante la presencia de todos los literatos que veían en aquel prodigio modernista un espacio ideal para sus exposiciones y conferencias. Galdós sería uno de los muchos escritores que harían del Ateneo un espacio mágico dentro del ambiente artístico de la ciudad. 
 
Teatro Lara 
    Construido en 1880, este teatro será uno de los tantos que proliferarán en la Restauración, en este caso para dar cabida sobre todo a obras del llamado género chico. A él acudiría en innumerables ocasiones el maestro Galdós, gran seguidor como era de Carlos Arniches. Otras salas abiertas en esta década fueron el teatro Maravillas, el teatro de verano Felipe, el Barbieri, el de la Princesa (hoy María Guerrero) o el Recoletos. No es de extrañar, por tanto, que fuese en semejante contexto donde creciesen figuras como José Echegaray, Jacinto Benavente, los hermanos Álvarez Quintero o el propio Benito Pérez Galdós.
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
Carlos Mayoral