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20 de noviembre de 2024

Memoria de la octava edición de las Jornadas madrileñas de novela histórica

Por quinto año no consecutivo, en el Salón de actos de la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina se celebraron las Jornadas madrileñas de novela histórica, evento organizado por la Asociación cultural Verdeviento con el patrocinio de la Comunidad Autónoma de Madrid.

En esta octava edición, bajo el lema “Madrid: luces y sombras”, durante los días 7, 14 y 15 de noviembre se ofreció un interesante programa con conferencias impartidas por destacadas personalidades del ámbito cultural y literario que ofrecieron al público sus conocimientos sobre temas madrileños. 

La asistencia de público de forma presencial y por streaming demuestran el interés de la ciudadanía por los eventos organizados por la Biblioteca Regional de Madrid, entre los que se encuentran estas Jornadas cuya Memoria ponemos a vuestra disposición a través de los vídeos correspondientes a cada día.


Memoria 
VIII Jornadas madrileñas de novela histórica - 2024 
“Madrid: luces y sombras” 

DÍA 1 - 7 de noviembre 

Mesa 1: Eduardo Valero, investigador de temas madrileños y cofundador de las Jornadas impartió la charla “Ricardo Sepúlveda. De la poesía a las historias, costumbres y leyendas de Madrid”, un encuentro con este cronista de Madrid del que hasta hoy no conocíamos nada de su vida, pero sí de su obra. 

Mesa 2: Carolina Molina, periodista, escritora y fundadora de las Jornadas invitó al público a un viaje a través de su conferencia “Aquellos viajeros curiosos”, personas que a lo largo de la historia reciente pasaron por nuestro país y de cuya experiencia pueden sacarse muchas anécdotas que explican nuestro choque cultural. 




DÍA 2 - 14 de noviembre 

Mesa 1: Interesantísimo encuentro con el escritor de novela histórica y profesor en UNED Mario Escobar, autor de La librera de Madrid, su última novela, acompañado por David Yagüe, periodista y cofundador de las Jornadas. El ambiente cultural, literario y político del Madrid de la década de los 30 y 40 del pasado siglo fue el tema principal de este coloquio. 

Mesa 2: Víctor Fernández Correas, escritor de novela histórica y cofundador de las Jornadas, impartió la conferencia “Lugares de paz que gestaron guerras”, centrada en el Madrid de Carlos V y su rivalidad con el rey Francisco I de Francia. 




 DÍA 3 - 15 de noviembre 

Mesa 1: El extenso currículum de D. Fernando Martínez Láinez, escritor, periodista y novelista de amplia trayectoria profesional, puso el broche de oro a las Jornadas con su charla “Los espías en el Madrid galdosiano”, en la que destaca la presencia de los cafés revolucionarios, las sociedades secretas y los acontecimientos políticos que derivaron de las intrigas y conspiraciones. 

Mesa 2: Como colofón a estas Jornadas centradas en luces y sombras, la luz de la razón brilló en la conferencia “Aristócratas e ilustradas en el Madrid del XVIII”, impartida por la historiadora, escritora y ensayista María Pilar Queralt del Hierro, madrina de las Jornadas madrileñas de novela histórica. 



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Luces que proyectan sombras. Sombras invadidas por la luz. Todas las variantes posibles estuvieron presentes en estas Jornadas en las que destacó el esplendor de la cultura a través de la literatura y la historia. 

La Asociación cultural Verdeviento, organizadora de las Jornadas madrileñas de novela histórica, agradece a la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina este espacio de difusión, aunando los intereses de ambas en promover la cultura. Asimismo, agradece al público su confianza y fidelidad, emplazándoles para el año 2025 con muchas más historias que contar.




4 de diciembre de 2020

Casanova, la niña monstruosa y Lunardi en la villa y corte

Por Eduardo Valero García

    Ya hemos conocido los comienzos del teatro en Madrid y las particularidades de los variados mentideros. En posteriores artículos citaremos algunas fondas y las botillerías que dieron paso a los cafés madrileños; entre las fondas, una de importancia: la de La Cruz. Ahora nos encontramos en el siglo XVIII. 
 

Carlos III reina desde 1759; el gran palacio de El Buen Retiro va perdiendo todo su esplendor y el Teatro de Los Caños del Peral es remozado en 1767, año de la llegada del polifacético Giacomo Girolamo Casanova a la villa y corte. 
 
En la calle Espoz y Mina esquina con la de la Cruz (muy cerca del ya citado Corral de Comedias de la Cruz), una placa municipal recuerda aquella visita, porque allí existió la fonda de la Cruz, donde Casanova se alojó hasta 1768. 
 
Había partido de París el 20 de noviembre de 1767 pasando a Pamplona ocho días después. Desde allí, un largo periplo por abruptos y sinuosos caminos hasta Guadalajara; más tarde, Alcalá, y por fin, Madrid. 
 
En sus memorias, tituladas Historia de mi vida, Casanova ofrece detalles sobre el Madrid de aquel siglo, en especial de las intrigas y costumbres palaciegas. 
Al entrar por la puerta de Alcalá, me registraron el equipaje, y como los empleados fijaban su atención en los libros, les disgustó mucho no hallar más que la Ilíada en griego y Horacio en latín. Me los requisaron, pero me los devolvieron después, en el café donde me había hospedado, calle de la Cruz. 
No ocurrirá lo mismo con el rapé de París que llevaba en una cajita. Considerado «tabaco maldito en España», un empleado de la puerta lo arrojó al suelo, devolviéndole la caja vacía. Más tarde, en relación con el rapé, dirá cuando habla de las costumbres de Carlos III: 
He aquí lo que hace y hará hasta la muerte. Se viste a las siete y pasa luego a un tocador donde lo peinan. A las ocho hace sus oraciones; después oye misa, y concluida ésta, toma su chocolate y un enorme polvo de rapé que mete y revuelve en sus grandes narices durante unos cuantos minutos; este rapé es el único que se permite en todo el día. 
Durante su estancia en la Villa y Corte conocerá la Puerta del Sol, que no le gustó por transitar por allí mucha gente (como siempre). Disfrutará de los bailes de máscaras en el teatro que llama «Escaños del Peral», y en particular del fandango, baile que describe como «animado y loco» y cargado de lascivia. Mas para formarse una verdadera idea del fandango, hay que verlo bailar por gitanas y gitanos. Un caballero, a quien conocí en los Escaños del Peral, me presentó a una señora de mediana edad que se llamaba la Pichona, cuya tertulia frecuenté. 
 
Conocerá al pintor Mengs y al arquitecto Sabatini, famosos en aquel Madrid del absolutismo ilustrado. También conocerá al conde de Aranda, al duque de Medina Sidonia, a Campomanes y a Pablo de Olavide, entre otras personalidades de la época. 
 
De su paso por Aranjuez, donde coincidirá con Carlos III, escribirá en sus Memorias: 
Me sorprendía ver a Su M. Católica comer todos los días a las once, como hacían los zapateros de París en el siglo XVII, comer siempre lo mismo, ir a la caza cada día a la misma hora, y volver por la noche, con su hermano, extenuado por la fatiga. El rey era muy feo; pero todo es relativo, pues era buen mozo comparado con su hermano que era horriblemente feo. 
Hablará también de las corridas de toros y la costumbre de ir después al Prado, «donde encontramos lo más elegante de Madrid». 
 
En cuestiones de amoríos, siendo como era un picaflor, estudiará las costumbres del madrileño en las artes de la seducción y sexo extramatrimonial. Dirá de este asunto que «el libertinaje es extraordinario en Madrid, con la circunstancia agravante de la hipocresía», añadiendo que «no hay mujer libertina que, antes de entregarse a los deseos de su amante, no empiece por cubrir con un velo la imagen del crucifijo o de la Virgen que se halla en el cuarto». 
 
Por último, recordando un malentendido por unas armas y otro por cuestiones amatorias, Casanova irá a prisión dos veces. Será en la de El Buen Retiro, porque abandonado el palacio por los reyes, sus instalaciones servirán de cuartel y cárcel. Y se marchó Casanova para no regresar.

 
La niña monstruosa 
En el mes de septiembre de 1784, a dos años de la aprobación del proyectado Real Gabinete de Historia Natural, entraba en la villa y corte una niña muy peculiar. Del pueblo de Cantalejo (Segovia) llegaban el matrimonio de labradores Juana Sanz y Julián Zamarro con su única hija, de la que conocemos mucho pero no su nombre. Hasta el mes de octubre estuvieron en Madrid exhibiendo el cuerpo de la criatura al público. 
Lo que asombró al pueblo madrileño y llamó la atención de los doctos señores que la examinaron, fue el tamaño de la pequeña, que contaba entonces un año y tres meses de edad. La niña cantalejana pesaba “tres arrobas y cinco libras”, medida utilizada en aquellos tiempos y cuyo equivalente en kilos es 36,282 Kg. 
 
Nacida con un peso y tamaño normal, a los tres meses de edad había comenzado la evolución de un crecimiento antinatural. Lo curioso es que no se le había dado “otro alimento mas que la teta”. Si tenemos en cuenta que hoy el peso de una niña oscila a los quince meses entre los 8,4 y 12,5 kilogramos, los datos son asombrosos. 
 
En aquel Madrid de la Ilustración todo lo extraño, diferente o curioso, era motivo de examen e investigación. Carlos III, gran entusiasta de las ciencias naturales, quizá se interesó por conocer esta noticia no tan novedosa. Por todos es conocida la historia de la burgalesa Eugenia Martínez Vallejo, “la niña monstrua de los Austrias”, cuya fisonomía conocemos gracias a los retratos que Juan Carreño de Miranda le hizo por encargo de Carlos II. 


Los médicos, después de un pormenorizado análisis, dictaminaron que siendo sus proporciones normales y su aspecto saludable, la niña carecía de cualquier signo de monstruosidad. Su desarrollo extraordinario era genético a decir de las conclusiones a las que llegaron los galenos y que rezan en la noticia que publicamos: la “grosura no procede de monstruosidad, sino de robustez y buena complexión de sus padres; lo cierto es, que estos manifiestan mucha sanidad, y confiesan que siempre han sido enemigos de manjares nocivos y licores ardientes.” 
 
Cuatro años más tarde, a las 12 y 40 minutos de la noche del sábado al domingo 14 de diciembre de 1788 abandonaba éste mundo el piadoso, feliz y augusto Carlos III de España, el “mejor alcalde de Madrid”. 
 
El 20 de diciembre su hijo, el napolitano Carlos Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno José Januario Serafín Diego de Borbón, es proclamado rey. Nada vamos a destacar de su reinado porque hubo cosas buenas y otras que mejor no recordarlas. Sólo recuperamos una de las tantas demostraciones que se hacían en aquel siglo de invenciones.  
 
Lunardi y su globo 
Escasos cuatro años llevaba en el trono Carlos IV cuando un globo atravesaría el cielo madrileño. En el Diario de Madrid del domingo 5 de agosto de 1792 aparecía el siguiente aviso: 
El Rey nuestro Señor (que Dios guarde) se ha servido señalar la tarde del domingo 12 del presente mes de Agosto de 1792 (si el tiempo lo permitiere), y conceder el jardín del Real Sitio del Buen Retiro, para que en él se pueda echar el Globo Aereostático, que su Real piedad a dado a los Reales Hospitales General y Pasión de esta Corte, con piadoso fin de que el producto de la venta de boletines se emplee en la curación de los pobres enfermos de dichos Hospitales. 
 
Y el tiempo permitió que aquel domingo 12 de agosto, con la mayor tranquilidad y sosiego, se llenase el globo de Vicente Lunardi que estaba anclado en medio del parterre de El Buen Retiro. Las bandas de música de los tres regimientos de Infantería amenizaron la espera de la multitud allí reunida. 
 
A eso de las cuatro de la tarde se fueron quitando los toldos que cubrían por el este a la pintoresca nave, que permanecía sujeta por medio de sogas. A las cinco y media de la tarde aparecieron el príncipe de Asturias y demás personas reales, momento en que el globo, después de los controles necesarios, fue colocado en lo alto del parterre, cerca de las regias personalidades. 

 


A las seis menos cuarto, con viento de sudeste, soltaron las sogas y el aparato se elevó majestuosamente con Lunardi subido en su pequeña galería, que no era otra cosa que una especie de sofá con su respaldo. Con amaneramiento y boato manipulaba con una mano las cuerdas de seda y con la otra enarbolaba una bandera. Más tarde, a una altura considerable, tomó otra bandera e hizo señales con ambas, arrojándolas al vacío, primero una y luego la otra. Según las crónicas, tardaron cinco minutos en llegar al suelo. A las siete menos cuarto el globo se había perdido de vista y más tarde aterrizaría en Daganzo. 
 
Por disfrutar de aquel espectáculo, los madrileños pagaron 24 reales/vellón por las sillas de primera línea y 20 por las de segunda; 16 por los asientos de banco situados en diferentes puntos del jardín, y 4 para los boletines de entrada que quedaban de pie. Estos boletines (entradas) se podían comprar según su categoría y con días destinados para unos u otros. Así, los de primera se vendieron en la Contaduría del Hospital los días 9, 10 y 11 por la mañana, de 8 a 12 y por la tarde, de 3 a 7. Los demás podían adquirirse desde el día 6 hasta el 11 en la librería de Manuel Barco (Carrera de San Jerónimo), y en la confitería de Nicolás Zalles, frente a las Cuatro Calles (Canalejas). 
 
En total, con las entradas más algunas donaciones y los 2 reales que se cobraron los días previos en la exposición del globo y su «aparato químico», se obtuvieron para el Hospital la cantidad de 1.040.372 reales de vellón. 
 
Como era de esperar, el gracejo madrileño de los poetas populares no tardó en dedicar sonetos, décimas y tercetos al capitán volador. 
Nos los puentes de Vivero, 
Y el Arroyo Briñigal, 
A vos Eolo imparcial 
Reclamamos el dinero 
Que el asombroso Remero 
Lunardi, nos usurpó; 
A las aves excedió, 
Admiró a todo Madri, 
Y aunque pasó por aquí 
El Portazgo no pagó. 
 
Y con esta locura dieciochesca vuela el tiempo hasta un nuevo siglo, hasta el fascinante Madrid decimonónico, con sus revoluciones y su ambiente literario.  



 

 

 

 

 

Eduardo Valero García

 

Este artículo contiene fragmentos de texto del libro Historia de Madrid en pildoritas   ISBN: 978-84-16900-81-7 (2018) Editorial Sargantana

 


1 de diciembre de 2020

Madrid, castillo famoso (Segunda parte)

Por Eduardo Valero García 


La transformación del Alcázar en tiempos de Carlos V
    La imagen más antigua que se conoce del castillo cristiano la realiza Ian Cornelius Vermeyen entre 1534 y 1535, ya en época de Carlos I y durante la gran reforma y ampliación. El aspecto que muestra es más o menos el que había conseguido con las reformas acometidas en los siglos anteriores y, especialmente, las realizadas por los Trastámara. 
 

 
    En los primeros años de residencia del monarca de la Casa de Austria se continuarán las obras de rehabilitación. Estas reparaciones se llevarán a cabo en los años 1525, 1527 al 28, 1529 y 1531. 
Entre 1525 y 1526 residirá Carlos V por un corto periodo de tiempo en la casa de Fernando Luján, pasando luego al Alcázar, donde dicen que estuvo preso Francisco I de Francia. 
 
    En Cédula Real del 3 de abril de 1536, el emperador ordena la transformación del edificio y en 1537 nombrará maestros mayores y directores de obra de los Reales Sitios (Alcázares de Sevilla, Toledo y Madrid) a Luis de Vega y Alonso de Covarrubias. 
 
    La mayor reforma realizada por Carlos V será la construcción del patio de la Reina y la torre Bahona, reforzando todos los muros, además del reacondicionamiento y remodelación de la Capilla Real, mandada a construir por Juan II. 
 
    El doctor Enrique Castaño Perea, en su estudio Pervivencia de los elementos defensivos medievales en el Real Alcázar de Madrid del siglo IX a 1734, enumera cronológicamente las principales obras encargadas por el rey Carlos. Así, citando estos datos, entre 1536 y 1539 se reformará el antiguo patio de Armas, que pasará a llamarse patio del Rey, y se construirán dos cisternas abovedadas (fundamentales para el autoabastecimiento). En 1536 (el 3 de mayo) se firmará el contrato para la construcción de la nueva escalera trazada por Covarrubias, que rompía el esquema tradicional con un diseño de estructura claustral y en forma de H. 
 
    En 1540 se construirá el ala oeste del que se llamará patio de la Reina, coincidiendo con las obras de la escalera que separaba un patio del otro. Castaño Perea indica que esta obra debió acabarse el 24 de junio de 1541 y debidamente inspeccionada el 22 de diciembre de 1542. De misma época es la reestructuración del ala sur, zaguán y sala de la emperatriz. 
 
    Entre 1547 y 1554 se procede a la demolición de la antigua muralla que impedía la construcción del patio de la Reina. En 1552 se firma el contrato para finalizar las tres galerías que faltaban, con el compromiso de entregarlas en dos años. De esta época debe ser la construcción de las nuevas cocinas. 
 
    Entre 1555 y 1556 se construyen dos nuevas cisternas en este patio. En 1560 se dan los últimos retoques y se decora esa ala, acabando así la construcción del patio de la soberana. Otras obras realizadas por Carlos V están directamente relacionadas con el antiguo alcázar Trastámara. 
 
    Ya he citado en la primera parte de este artículo la Capilla Real de Juan II pero, además, el monarca Austria se centrará en el sector noroccidental, construyendo un corredor llamado del Jardín, más tarde «Corredor del Cierzo», y una galería sobre el muro occidental, entre el cubo de la esquina y el siguiente torreón. 
 
    También reconstruirá el torreón semicircular anejo a la torre del Homenaje, transformándolo en una torre cuadrada de dos plantas. Más tarde, Felipe II situará allí la famosa Torre Dorada. Por otra parte, por ser un estorbo para las obras realizadas por Carlos V, el mencionado templo de San Miguel de Sagra será demolido con autorización papal. Juan Gómez de Mora diseñará otra iglesia, ahora bajo la advocación de San Gil, que será construida más al este. 

 

 
El Alcázar de Felipe II
    Felipe II seguirá los pasos de su padre, practicando obras de ampliación y mejora en el interior del recinto, dotándolo de una estética más renacentista y lujosamente decorado. Así, se reformarán las estancias del rey y de la reina, llegando estas últimas hasta la torre del Bastimento, desde entonces «Torre de la Reina». 
 
    En la parte sudoeste de la fachada erigirá la «Torre Dorada», donde tendrá su despacho. También mandará construir la Armería Real, en el espacio que hoy ocupa la Catedral de la Almudena y enfrentada al palacio. Las obras comenzarán en 1561 y se postergarán hasta la muerte del monarca, interviniendo en ellas Gaspar de Vega y Juan Bautista de Toledo. 
 
    En la imagen podemos apreciar las remodelaciones y ampliaciones de Felipe II sobre las realizadas por Carlos V.
 

 
 
El Alcázar en el siglo XVII
    Será en este siglo cuando el Alcázar cambie su fisonomía de forma radical, olvidando su carácter defensivo y dotándole de una decoración más acorde con la época. Las obras comenzarán en 1608, siendo rey Felipe III, y se prolongarán hasta 1636, con Felipe IV como principal impulsor de las remodelaciones. 
 
    Si bien este edificio no era del agrado del monarca, se empeñó en convertirlo en un regio palacio, poniendo mayor interés en la fachada sur. El encargado de realizarlas será Francisco de Mora, y a la muerte de este las continuará su sobrino, Juan Gómez de Mora. 
 
    Dice Ramón de Mesonero Romanos en el Semanario pintoresco español que, durante el reinado del cuarto Felipe, «… y como emblema de su esplendorosa y poética corte, es cuando el Alcázar de Madrid llegó al apogeo de su brillante existencia; cuando la fábrica material del edificio, obra de los arquitectos Covarrubias y Vega, Toledo, Herrera y Mora, recibió nuevo esplendor en manos de Crescenti y otros célebres artistas; cuando sus regios salones, pintados por Lucas Jordán, y decorados con los magníficos lienzos de Velázquez y Murillo, de Rubens y del Ticiano, reflejaban la grandeza de los monarcas españoles, á quien tales artistas servían». 
 
    A su relato añadía don Ramón una curiosa noticia encontrada en los Archivos de la Villa que decía: «En el antiguo palacio ó Alcázar, mandó el rey D. Felipe IV en 1622 abrir unas ventanillas que se llamaban escuchas y daban á las salas donde se reunían los consejos, y desde allí oía sus discusiones». 
 
    Otra de las mejoras fue el derribo de la torre del Sumiller, conocida como del Homenaje, que afeaba considerablemente la fachada sur. En su lugar, se construiría la pieza Ochavada y una escalera que comunicara las diferentes plantas del edificio en la zona de las dependencias reales. Pero como España siempre ha ido bien, en plena remodelación del palacio menospreciado por este Felipe se inicia la construcción de otro en el Buen Retiro, diseñado por Alonso Carbonell. 
 
    En el plano de Mancelli (1622) podemos apreciar una fachada con cuatro torres coronadas por chapiteles, dos de ellas inexistentes en grabados posteriores y en el plano de Teixeira (1656). 
 
 
    Por su parte, Carlos II, que andaba un poco hechizado, hizo también algunos retoques y finalizó las obras que quedaban de su antecesor. Cronológicamente parece corresponder a este monarca la colocación de un chapitel en la torre de la Reina, para así igualarla con la estética de «la Dorada», levantada por Felipe II. También la construcción de nuevas cocheras y la reforma de la capilla, sustituyendo la antigua cúpula por otra más alta, que se decoró con frescos de Luca Giordano. Carlos II fallecerá antes de verla concluida. 
 
 
La cerca de Felipe IV 
    Otra vez se cierra Madrid, ya no con muralla defensiva, sino con un muro -más bien tapia- de ladrillo cocido y mampostería de caliza y pedernal. Se hace con la intención de frenar la expansión desbocada y controlar la entrada y salida de la Villa y Corte a efectos policiales, administrativos, fiscales y sanitarios. En caso de peste, la ciudad quedaba cerrada a cal y canto, y los apestados fuera de ella. 
 
 
    Dentro de este nuevo recinto quedará el Real Sitio de El Buen Retiro, que comenzará a construirse cinco años más tarde. Los nuevos límites serán: por el sur, las rondas de Toledo, Embajadores y Valencia; por el este, los paseos de Recoletos y del Prado, y al norte, por las calles de Alberto Aguilera, Sagasta, Génova, Serrano y Alcalá. 
 
    Contará con nuevas puertas y portillos, que podéis identificar en el siguiente plano. Cinco de estas puertas eran Reales y el que pasaba por allí, pagaba impuestos. Se trataba de las de Toledo, Segovia, Atocha, Alcalá y Bilbao. La cerca circundó la villa a trompicones, no fue obra rápida, por lo que era motivo de las sátiras habituales en tan teatral Corte. 
 
Tirso de Molina escribirá: 
Como está Madrid sin Cerca
A todo gusto da entrada:
Nombre hay de Puerta Cerrada,
Más pásala quien se acerca. 
 
 
Desaparición del Alcázar musulmán, trastámara y Austria 
    De la corte francesa llegaba el animoso nuevo rey Felipe V, primero de la Casa de Borbón. Habiendo habitado en Versalles, su concepto de la estética y la decoración diferirá mucho de lo existente en aquellos palacios heredados de los Austria. El palacio de El Buen Retiro no le agradaba en absoluto y en el monasterio de El Escorial debía deprimirse mucho, por eso mandará construir el palacio versallesco de La Granja de San Ildefonso. 
 
Aspecto que tenía el Alcázar en 1704
 
    En cuanto al palacio de Madrid, por muchos intentos que hizo para remozarlo, no consiguió eliminar su aspecto castrense, vetusto; y mucho menos los vestigios de las dinastías anteriores. Aun así, se interesó por acabar la capilla que había comenzado a reconstruir Carlos II y, entre 1709 y 1711 construirá el Gran Salón Nuevo, junto a la pieza ochavada de Felipe IV. 
 
    Adecentó el edificio en interior y exterior para intentar convertirlo en un palacio borbón, afrancesado y lujoso, pero casi siete lustros después de su coronación, verificada frente al regio edificio, la Nochebuena de 1734, todo lo hecho desde el siglo XI acabó convertido en humo y escombros. 
 
    Hay varias versiones sobre cómo se desarrollaron los acontecimientos que derivaron en un incendio monumental. Sabido es que muchas de las obras de arte que adornaban los muros del palacio y otros tantos objetos las había mandado retirar el monarca con anterioridad, quien, por esas casualidades de la vida, se encontraba en El Buen Retiro. 
 
    Dijo en sus memorias el marqués de Torrecilla y Valdeolmos, testigo del suceso, que Felipe V había comentado al enterarse del incendio: «Paciencia; si Dios lo hace, yo haré otro mejor». Encargará entonces la construcción de un nuevo palacio al arquitecto italiano Filippo Juvara. Este diseñará uno acorde a la época y la nueva dinastía, de dimensiones espectaculares, imitación de los palacios franceses. 
 
    Contrario a las pretensiones del monarca, cuya intención era edificar sobre el anterior, el nuevo se hubiese edificado en la zona de la cuesta de Santo Domingo; mas, con la repentina muerte de Juvara en 1736, Juan Bautista Sachetti realizará un nuevo proyecto más adecuado a las directrices del monarca. Así nacerá el palacio que hoy conocemos. Se colocará la primera piedra el 7 de abril de 1738 y 26 años después, lo estrenará Carlos III. 
 
 
 

 

 

 

 

 

Eduardo Valero García

 

Este artículo contiene ilustraciones y fragmentos de texto del libro Historia de Madrid en pildoritas   ISBN: 978-84-16900-81-7 (2018) Editorial Sargantana