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9 de diciembre de 2020

Galdós, observaciones sobre la sociedad madrileña

 Por Eduardo Valero García

     
    Poco tiempo llevaba Benito Pérez Galdós en Madrid cuando comenzó a explorar sus calles, sus plazas y todo aquello que le ofrecía un conocimiento claro y certero de la sociedad madrileña y su entorno. Observador incansable de todo cuanto veía, sumaba a su aprendizaje lo que se contaba en los cafés, mercados y otros comercios. 
Tal era su interés en todo lo aportado por esta villa que claramente lo expresó en su primer año como colaborador de La Nación. Bajo el título de «Desde la veleta», publicado el 29 de octubre de 1865, el joven periodista escribirá: 
Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid […] ¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!. 
  

 
 Es indudable que aquella primitiva idea se materializará más tarde en su extensa obra literaria y también en su colaboración para el diario La Prensa, de Argentina, durante la última década del siglo XIX. De estas colaboraciones, recuperadas por Alberto Ghiraldo y publicadas en 1923, extraigo las observaciones del escritor sobre la sociedad madrileña. Aparecen en el primer volumen de Benito Pérez Galdós (Obras inéditas), bajo el título de Fisonomías Sociales. Se divide en dos bloques: Ciudades de España y Observaciones de ambiente, centradas estas en la sociedad madrileña.

«¿Qué Madrid este! Y, sin embargo, siempre tan alegre y divertido. Es la ciudad de la perpetua Pascua y de la feria constante».
   
    La visión de Galdós sobre usos y costumbres de la sociedad, incluso de la propia ciudad, se presenta al lector argentino en artículos ilustrativos o críticos, con explicaciones que le convierten en un cronista preciso de lo que ocurre en la capital de España. Es igual de explícito para el madrileño del siglo XXI que se asombra constantemente al comparar, al identificarse con sus antecesores, porque todo lo contado por Galdós continúa vigente aún con las diferencias marcadas por el avance de los tiempos. 
 
 
Abastecimiento de Madrid 
«La vida no es barata en Madrid, si bien no es tampoco tan dispendiosa como algunos sostienen». 
Eso era cierto, y continúa siéndolo; sin embargo, y a pesar de ello, indicaba que la ciudad era «uno de los mejores mundos posibles»; una de las capitales donde mejor se comía gracias a sus mercados. «Madrid ocupa el centro al cual, por diferentes radios, afluyen los productos todos de las distintas zonas de la península». 
 
    Dice que en lo arquitectónico los mercados no tenían nada que admirar. Salvo los de hierro, refiriéndose a los de Mostenses y la Cebada, los demás eran antiguos, estrechos, mal organizados y carentes de higiene; aún así, valora lo bien surtidos que estaban. 
 
    Los transportes encarecían un poco el precio, pero en los mercados de la villa y corte no faltaban productos de todas las regiones de España; tampoco los provenientes de la huerta madrileña. Galdós asegura que la tierra de Madrid era fértil, aunque tuviera fama de estéril. 
«Las hortalizas que Madrid come se crían en los huertos del Manzanares y en la fértil ribera del Jarama. Esta provincia tiene fama de estéril, y no lo es seguramente. Los que sólo conocen de ella las colinas arenosas que rodean a la capital, ignoran que posee, fuera de nuestra vista, terrenos de superior calidad. Los de Villaviciosa de Odón y Navalcarnero son, realmente, fecundísimos, y toda la orilla del Jarama es de lo más hermoso y rico que poseemos. En esta provincia y en los términos de la Villa del Prado, de San Martín, de Valderigarias (Sic) y de Navalcarnero se crían esas incomparables uvas alvillo, que no tienen rival en el mundo por su delicada dulzura. Hacia Chinchón, en el celebrado Añover de Tajo, y en toda la ribera del Jarama, se producen los melones de la tierra, superiores a los de Valencia y a todos los melones conocidos. Arganda es gran productora de vino, y, por último, Aranjuez, donde están los lindes de esta provincia con la de Toledo, es una zona de admirable poder agrícola. De aquel riquísimo aluvión salen las fresas, que no tienen competencia por el aroma y la finura, los espárragos gruesos, las ensaladas y otras peregrinas especies que alcanzan subido precio al principio de la primavera». 
    Cita todos los productos que se recibían de provincias; su origen y excelente calidad, fueran estas carnes, pescados, lácteos, quesos o los pavos procedentes de Segovia y León para la Nochebuena. Incluso los productos extranjeros tenían su lugar: «Existen aquí casas dedicadas exclusivamente al comercio de comestibles extranjeros, y hace muy buen negocio».
 
    Habla también de los vinos, del pan y de la calidad del agua. «Es fama que a todos los que vienen a Madrid se les desarrolla un voraz apetito; y esto, si acaso es cierto, se debe, al decir de los fanáticos, al agua del Lozoya. Los madrileños sostienen que en ninguna parte del orbe se bebe agua mejor; y creo que tienen razón. Es de una transparencia y delgadez fenomenal. La de las antiguas fuentes apenas existe ya».
 
    Aclara que los extranjeros, al llegar a Madrid «comen igual cantidad de alimento que en otras partes sin tener en cuenta la mayor fuerza nutritiva de los vegetales de este país, suelen verse atacados de un mal que antiguamente se llamó entripado y después cólico de Madrid». 
 
Sobre el cólico de Madrid
Este cólico, también llamado cólico vegetal, provocaba diarreas y dolores espasmódicos de vientre atribuidos a la indigestión por consumo de frutas y algunas hortalizas. Había producido grandes estragos entre 1768 y 1771. En 1894 se sumaba el consumo de bebidas heladas en las botillerías, alojerías y puestos de agua de cebada, como causantes de esta gastroenteritis. 
 
 
Carnaval 
«Del Carnaval antiguo no quedan sino restos, tradiciones que se pierden de día en día en el tumulto de la renovación social». 
    Mucho había cambiado la sociedad y el festejo carnavalesco estaba convertido en una humana locura. Denunciaba el escritor la falta de originalidad en los bromistas y el poco arte de las caretas, cada vez más imperfectas en la recreación de la fisonomía humana. Los niños que se disfrazaban ya no las usaban. «Sus mamás les dan colorete, o les pintan bigotes con corcho quemado; y la gente de baja estofa, sea por comodidad o por economía, se disfraza la cara tiznándosela con almagre o betún». Añadía que sólo bastaba vestirse de mamarracho «… lo demás lo hacen las borracheras, los gritos, las groserías, la fatiga del baile y del canto». 
 
    A pesar de esto, admiraba a los estudiantes universitarios porque celebraban en Carnaval «con fe», organizando comparsas, aunque no tapasen sus caras. Y le resultaban de interés los bailes infantiles que se realizaban en los teatros: «Se ven preciosidades, figuras monísimas, chulas, majos, incroyables, payasos, arlequines, caballeros a lo Felipe IV, damas a la Regencia, abates, Quevedos, toreros, chisperos, turcos, moros, valencianos, galleguitos, gitanos, magos, toda la historia y todas las razas representadas en figuritas vivas, que podrían ponerse sobre una consola. Se ha despertado verdadera emulación en esto; hay lujo, alardes de ingenio, originalidad, y cada ano las comparsas de niños disfrazados son más numerosas, bellas e interesantes». 
 

 
Marzo 
«Cuaresma y primavera, ayunos y buen tiempo, crecimiento de días y disminución de espectáculos públicos, más paseos y menos veladas, funciones de iglesia, preparativos de las de toros; todo esto y aun algo más nos trae el mes de marzo». 
    Así era el marzo madrileño, con su tiempo variable, sus vientos, la veneración a San José, los ayunos y el movimiento de pescados en los mercados, propiciado por la iglesia. 
Dudaba Galdós de la verdadera penitencia de muchos en los «cuarenta o más días desde la Quincuagésima a la Resurrección». Decía que el arte culinario para esos días era obra de Satanás, inventando recetas gastronómicas hipócritas poco apropiadas para el espíritu de la Ley Sagrada. «En las cocinas de esas casas de penitencia [conventos y monasterios] han nacido las mil donosas invenciones que, en platos de pescado y platos de dulce, envanecen a la culinaria de nuestros tiempos empecatados. La comida de los pobres en Jueves Santo ha sido siempre de las más sibaríticas. Los que se han podido ver palacios episcopales han dado la norma a los palacios de los Reyes, éstos la han dado a las clases aristocráticas, y, por último, las fondas y restaurants, tomando lo bueno de aquí y de allí, aprovechando lo frailuno y lo palatino, han concluido por echar a rodar el dogma». 
«Abril nos trae rara vez las alegrías de la primavera, por lo cual todo lo que los poetas han dicho y dicen de este mes, lo tenemos los madrileños por letra muerta». 
 

 
Nuestro “sport” o la Fiesta Nacional 
«Hay que reconocer que lo que más apasiona a la multitud es la fiesta nacional, los toros, el terrible y dramático sport, contra el cual se ha declamado tanto, y que continúa resistiendo a todas las propagandas». 
    Se continúa hablando de la tauromaquia, enalteciendo unos su arte y criticando otros su crueldad. Ya entonces era tema de controversia y lo que Galdós llamaba "Fiesta Nacional" o "Sport" para otros es Patrimonio Cultural.  
 
«Llega el primer día de toros, y el madrileño neto lo olvida todo, la política y la revolución, el presupuesto y las contribuciones; lo único que puede preocuparle es el estado atmosférico, porque si llueve, adiós fiesta nacional. Todavía no se le ha ocurrido a nadie poner techo de cristales a las plazas de toros; pero día llegará en que esto se intente. Y la afición es de tal modo imperiosa, que hasta se dan corridas amenizadas con chaparrones, y los que aguantan los ardores del sol en los apiñados tendidos, llevan con paciencia la mojadura». Curiosa observación. En este siglo XXI hubo un proyecto para cubrir la plaza de Las Ventas con una estructura insonorizada. Las obras comenzaron en noviembre de 2012, pero poco duró aquello, en enero de 2013 se hundía.
 
 
  
 
 
  
 
 
    «Un domingo de toros en Madrid, si el tiempo es bueno y luce con todo su esplendor el sol, en este cielo de incomparable pureza y diafanidad, es el día más bello que puede imaginarse para todo el que no esté atacado de melancolía crónica. No es preciso ir a la plaza para participar del general contento; basta recorrer la Puerta del Sol y la calle de Alcalá para encontrarse dentro de la poderosa corriente magnética. Dentro de la plaza, las emociones son ya delirantes, y por mi parte no encuentro gran placer en ellas». Estas palabras en negrita, comentario de Galdós sobre el espectáculo taurino se repiten: 
«Puedo juzgar fríamente este fenómeno de la creciente afición a los toros, porque no participo de ella en manera alguna. En veintitantos años quizá el que esto escribe no ha visto arriba de cuatro o cinco corridas. No entiendo una palabra de tauromaquia; no conozco las suertes, y, generalmente, me aburro tanto en la plaza, que al tercero o cuarto toro ya me es insoportable la función». 
Aunque algunos defienden la idea de que a Galdós le gustaban los toros y se aferren al siguiente comentario, deben comprender que está haciendo una labor de periodista y no se compromete más allá de su opinión y un razonamiento lógico: 
«Al propio tiempo no soy de los que abominan diariamente de las corridas de toros, ni de los que creen que se pueden y se deben suprimir. El Gobierno que a tanto se atreviera sería arrollado, y si no lo fuera, produciría con la prohibición males mayores que los que intentaba evitar. El toreo ha de existir aún durante mucho tiempo, y es más, conviene que exista. Un pueblo que desde tiempo inmemorial viene divirtiéndose de una manera, no puede divertirse de otra, porque lo mande o lo aconseje el filósofo desde su Gabinete». 
 
Alegrías de la primavera 
«El buen tiempo devuelve a Madrid su alegría tras un invierno crudísimo, desdichado y mortífero. Aunque la palabra buen tiempo tiene en el caso presente su significativo convencional, llamemos así a la conclusión do los destemplados fríos de los meses anteriores. El tiempo no es bueno en realidad de verdad, porque hace demasiado calor; pero lo aceptamos como tal, y nos echamos a la calle, ávidos de respirar el aire libre y de ejercitar nuestros músculos entumecidos por un largo y forzado reposo. Mayo es propiamente la season de Madrid, pues en dicho mes llega esta villa a su máximun de animación y bullicio». 
    A Galdós le llamaba la atención que desde mediados de abril hasta mediados de junio el gasto aumentara de forma considerable: «No sé si hay más dinero en esos meses; pero es indudable que corre más. El comercio menudo ve aumentadas sus ventas, sin duda por la renovación de vestidos que exijo el cambio de estación, y la excitación primaveral determina mayor consumo en el orden alimenticio y de bebidas». 
 
    En aquellos tiempos la clase acomodada, y los que podían permitirse hacerlo, se marchaban de vacaciones desde julio hasta septiembre; otros en agosto, mes en el que los que se quedaban estaban a merced de la sartén que era Madrid en verano.
 
 
Mayo y los Isidros 
    Creo recordar que ocurrió en la Navidad de 2005 cuando una avalancha de “Isidros navideños” llegó para ver las luces y colapso la urbe matritense. Desde entonces ocurre cada año, exceptuando este 2020. Antes los “Isidros” venían principalmente a disfrutar de las populares fiestas del Santo, además de las carreras de caballos y las corridas de toros. 
«Desde el 11 o el 12, los trenes de todas las líneas descargan número inmenso de forasteros. Se ha hecho costumbre en España venir a Madrid por San Isidro y las compañías de ferrocarriles, que obtienen en este mes ingresos considerables, estimulan todo lo que pueden la corriente inmigratoria». «Los beneméritos y a veces inocentes Isidros invaden los teatros, se aglomeran delante de los escaparates de las tiendas, recorren los paseos, ocupan en tropel los asientos de los tranvías, se procuran papeletas para ver interiormente ciertos edificios, mostrando singular predilección por el Museo de Historia Natural, el Naval y las Caballerizas reales». 
    Como es lógico, acudían a la romería de la pradera del Santo y se apiñaban en las esquinas para ver pasar a la reina o a la familia Real cuando salían por las calles. Los comerciantes hacían su agosto; los empresarios de teatro preparaban espectáculos con graciosas bailarinas, y el Circo ecuestre ofrecía variedad de entretenimientos. 
 

 
Panoramas madrileños 
«La nevada en Madrid es siempre un espectáculo divertido y hay muchas personas que se lanzan impávidas a la calle y se dirigen al Retiro a contemplar allí el hermoso espectáculo de la naturaleza envuelta en la incomparable blancura de la nieve. En las calles y en las plazas ofrécense también panoramas muy lindos. Todo lo que pasaba por blanco resulta amarillo al lado de la nieve. La estatua de mármol se vuelve gris y la cal de las paredes medianeras toma un cierto color de papel viejo». 
    Con mayor o menor intensidad dice Galdós que se presentaba la nieve cada año. Estampa poco frecuente, más bien olvidada, en el Madrid actual. Y menos probable que lo haga en cantidad, ocasionando los efectos posteriores: 
«Las calles se ponen entonces como si hubiera caído sobre ellas en una hora la lluvia de tres meses. Corren ríos de lodo por las cunetas y el paso de hombres y brutos sería imposible si el Ayuntamiento no mandara abrir todas las bocas de riego del Lozoya. Trábase entonces una terrible batalla entre el agua y el barro, porque los chorros de las mangas de riego parecen verdaderas lanzas que en poco tiempo destruyen y liquidan la monstruosa amalgama de nieve y tierra. Vuélvese todo agua fangosa y corriente, que se precipita a las alcantarillas, y las calles quedan limpias». 
    Sumemos a esto las heladas, los vientos huracanados que provocaban graciosas escenas en la Puerta del Sol, además la caída de árboles, chimeneas y tejas; también la inestabilidad del tiempo… esto sí es frecuente en el Madrid del siglo XXI. 
«Al viento del oeste suelen acompañar en Madrid las pertinaces y tranquilas lluvias. Como quiera que el tiempo venga, aquí pasamos siempre de lo malo a lo peor y de lo peor a lo malo, siendo raros los días apacibles y templados. Con frecuencia vemos que a una temperatura de 18 grados a las tres de la tarde, sucede otra de 2 bajo cero a las ocho de la noche, y al día siguiente calor y, por lo tanto, aguas y después granizo. En un día tenemos, frecuentemente, muestra completa de las cuatro estaciones, por cuya causa es incalculable el número de maldiciones y censuras que en tres siglos y medio se han dirigido a Felipe II por haber puesto la capital de las Españas en lugar tan destemplado». 
 
La Epifanía 
    De haber vivido en el siglo XIX, cualquiera de nosotros hubiésemos topado con el magnífico espectáculo que serpenteaba por las calles madrileñas la noche del 5 de enero, víspera de la llegada de los Reyes Magos. Grandes comparsas de hombres y mujeres atravesaban la ciudad de puerta a puerta (desde la de Alcalá hasta la de Toledo), blandiendo hachones encendidos, tocando cencerros y golpeando sartenes y cacerolas. Todos al unísono vociferando y cantando, marcando la ruta a unos atolondrados con escalera al hombro.
 
    Se supone que cargaba la tosca escalera un engañado, un recién caído del guindo, quien, bajo la promesa de los doctos en inocentadas, podía ver la llegada de sus Majestades de Oriente encaramado a ella. Lo cierto es que el engañado solicitaba un trago cada poco -unas veces de bota, otras de frasca-, y dejaba sin cuartos a los espabilados.
 

 
    A finales del año 1882, el entonces alcalde de Madrid, D. José Abascal y Carredano, aprueba una ordenanza por la que se cobra un impuesto a las comparsas y prohíbe la utilización de hachones, escaleras y todo tipo de ruidos y escándalos que causasen molestias al vecindario. Con este bando el alcalde intentaba abolir el festejo... y desde luego que lo consiguió. La noche del 5 de enero de 1883 reinó la paz y la armonía en las calles y plazas de Madrid. Sólo en algunos barrios de la periferia se manifestaron los adeptos a la celebración; lo hicieron con sus hachones encendidos, pero en silencio y cabizbajos.
 
Así nos lo cuenta Galdós:
    «Debe arrancar de tiempos muy remotos esta encantadora conseja de los juguetes traídos por los Reyes. Los pequeñuelos dejan el zapato en la chimenea, y por el tubo de ésta entran los Magos sin temor a ensuciarse de ceniza y hollín. Pero no en todas las localidades es la chimenea el sitio destinado a recibir el regalito. 
    En Madrid mismo, verifícase el fenómeno dejando una media en el balcón, y así es más fácil, ¡claro!, que los Reyes dejen algo, porque les basta arrojar el juguete cuando pasan, y no necesitan molestarse en penetrar por conducto tan angosto como es el cañón de una chimenea». 
 
    «La costumbre de salir a esperar a los Reyes, que consistía en procesiones escandalosas de gente baja, alborotando por las calles, y concluyendo en innobles borracheras, ha concluido desde que el alcalde impuso una contribución a los que de tal modo se divertían. 
    Hasta hace dos o tres años, apenas entrada la noche del 5, veíanse por las calles de Madrid turbas de hombres más o menos soeces, con hachas encendidas, tocando cencerros, cuernos y otros desapacibles instrumentos. Solía haber en esta ruidosa diversión algo de novatada, pues los infelices gallegos recién llegados a Madrid creían a pie juntillas en la venida de los Reyes, y sus ladinos compañeros les metían en la cabeza que se ganaba tres mil reales el que más pronto los divisara y se acercase a ellos. 
    Por esto llevaban los tales una grande escalera de mano, y después que corrían y chillaban de lo lindo, decían que ya estaban cerca los Reyes, y ponían en pie la escalera para que subieran los incautos a ver a Sus Majestades magas. La escalera se venía al suelo cuando ya estaba formado sobre ella un gran racimo de curiosos. Y en esto principalmente consistía la fiesta. Tan bárbara y ridícula manera de divertirse ha sido curada radicalmente por un alcalde, obligando a pagar cinco duros a toda persona que muestre vivos deseos de ofrecer sus respetos a los reales Melchor, Gaspar y Baltasar». 
 
 
Divagaciones
A modo de epílogo, estas divagaciones de Galdós sobre el Madrid que habitó: 
    Divagando por sitios excéntricos hallo a Madrid encantador, alegre como nunca, todo luz, frescura, animación. Es la época de la fresa. 
    Imposible dejar de clasificar las épocas del año por la fruta que en ellas abunda. Los días de la fresa son risueños, todo mayo, parte de junio, días de toros y forasteros, de trajes ligeritos y de mucho barullo por las calles. Bien distinta es la época de los melones, allá por octubre, cuando se abre la Universidad y empiezan a venir a Madrid los caciques que olfatean la apertura de las Cortes. Pasada la deliciosa etapa de la fresa, viene la de las cerezas y los albaricoques, también bonita en sus comienzos, porque después aprieta el calor y no hay quien pare en este pueblo, que es un freidero. El verano hace un paréntesis en la vida de todo madrileño que disfruta de un mediano bienestar. La emigración se impone, y ya no hay que volver a Madrid hasta la época de las uvas de albillo, la mejor uva del mundo, según he dicho en otra ocasión. Dejando para otra coyuntura la descripción acabada de la capital de España, según los tipos de fruta que se venden en los mercados, sigo el vistazo que doy a las animadas calles, costanillas y plazuelas de esta extraña villa, tan imperfecta, con imperfección irremediable, bajo algunos puntos de vista, tan alegre y hospitalaria siempre. El Madrid social lleva no poca ventaja al Madrid urbano, a pesar de los evidentes progresos que en éste se advierten. Pero cuantas reformas puedan idear el arte y la ciencia no variarán el suelo en que el testarudo Felipe asentó su Corte, suelo por demás ingrato, irregular, compuesto de lomas arenosas, sin vegetación, con escasos aunque muy buenos manantiales de agua potable. 
    Hoy por hoy, Madrid ha tomado un desarrollo grande; pero éste, si continúa, no podrá pasar de ciertos límites, impuestos por la naturaleza. Aun suponiendo que la industria y el comercio, lo que no es probable, tomaran incremento, no se concibe cómo podrían vivir aquí un millón de madrileños. Dos millones sería ya cifra absolutamente imposible. Un incremento rápido de la población plantearía un arduo problema, pues la eliminación de las aguas impuras no podría hacerse en el Manzanares (del cual se dice que en verano hay que regarlo para que no levante polvo) y habría que canalizarlo en busca del Jarama o del Tajo. Madrid crece y crece. Los edificios públicos aumentan de día en día, y las casas nuevas de vecindad son tantas, que aterra ver cómo se improvisan barrios de colmena, en los cuales se apiñarán las generaciones futuras, empujadas por la presente. La población nueva resulta en su caserío tan densa como la antigua, y el hormiguero toma proporciones alarmantes. Luego vendrán los higienistas a medir a cada vecino los metros cúbicos de aire que le corresponden; pero entonces el mal no tendrá ya remedio, porque no se pueden derribar arrabales enteros todos los días. Entre los edificios públicos encuentro, además de la Biblioteca, en que se halla instalada la Exposición Histórica, la nueva Estación de Atocha, que sirve los ferrocarriles del Mediodía, Valencia y Barcelona, la nueva Bolsa, inaugurada estos días; el hospital de San Juan de Dios, el Hospital Militar, en término de Carabanchel, el cuartel de María Cristina y otros de menor importancia.
 
Todo esto observó Don Benito en aquel Madrid decimonónico, ya casi rozando con el XX. Muchas costumbres han cambiado, también la fisonomía de la villa; pero el madrileño en mucho continúa siendo como el de antaño. Salvadas las modas, los avances tecnológicos y el creciente pasotismo, hemos cambiado, pero no tanto.
 
Mañana más. 
 

 

 

 

 

 

Eduardo Valero García

Autor de los libros Historia de Madrid en pildoritas y Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Editorial Sargantana. Autor/editor de la publicación seriada Historia urbana de Madrid

 

30 de octubre de 2020

Del Madrid galdosiano y el Galdós madrileño (Parte II)

 

 

Benito Pérez Galdós se instala en Madrid a finales de septiembre de 1862 y reside en ella hasta su fallecimiento en 1920. Casi cincuenta y ocho años de vida en una ciudad que será testigo de sus éxitos y quedará retratada en muchas de sus novelas y en los Episodios Nacionales.

Santander fue otra de las ciudades en las que el genio creador del escritor producirá otras tantas obras, pero si algo destaca en el Galdós madrileño es su convicción de estrenar todas sus obras de teatro en Madrid.

Galdós viene a estudiar Derecho en la Universidad Central, pero encontrará mayor aprendizaje en las calles, plazas y comercios matritenses. Federico Sainz de Robles decía que al poco de llegar el joven canario a Madrid se había enamorado de ella y al año ya era un madrileño de toda la vida; quizá por eso Galdós aseguró que había nacido en Madrid en 1862.

El Galdós madrileño
Cincuenta y ocho años de vida en Madrid no es poco para considerarle madrileño. Su actividad y compromiso con la ciudad y su pueblo es prueba de ello. Colaborador en varios periódicos; socio del Ateneo de Madrid; miembro de número de la Real Academia Española; presidente de la Sociedad General de Autores; director del Teatro Español; diputado por Madrid en dos ocasiones... 

Un vecino ilustre que tuvo varios domicilios en barrios muy representativos pero en los que nos encontramos escasas placas que lo recuerden, no sólo por su presencia sino también por las obras que nacieron en las casas que habitó. En la siguiente lista ofrecemos toda la información.

1862 - 1863 Calle de las Fuentes, 3 - 2º 
Casa de huéspedes. [Señalizada]. 

Primeros flaneos por la ciudad y estudiante en la Universidad Central, «la Docta». En esos tiempos acude al Ateneo de Madrid de la calle de la Montera y al novísimo Teatro Real. 

1863 - 1871 Calle del Olivo, 9 - 2º - (actual calle de Mesonero Romanos). 
[Edificio desaparecido - No señalizado] 
 
Fonda con pensión conocida como «La pajarera», porque en ella se hospedaban varios canarios. Allí será donde comience a su etapa como periodista y donde narrará los sucesos históricos representados en La Fontana de Oro. También allí se fragüe la idea de escribir novelas seriadas, históricas pero breves; patrióticas, pero entretenidas, conocidas como Episodios Nacionales.
 
1871 - 1876 Calle Serrano, 8 - 3º - (actual número 22) 
Casa de alquiler. [Edificio desaparecido - Sin señalizar] 

En este domicilio vivirá con sus hermanas María de la Concepción (Concha) y María del Carmen Josefa (Carmen), los hijos de esta y Magdalena Hurtado de Mendoza y Tate, «la madrina», viuda de Domingo, hermano mayor de don Benito. Más tarde se sumará al grupo familiar la joven Rafaelita, hija natural del torero Machaquito y ahijada de José Hermenegildo Hurtado de Mendoza, sobrino del escritor. 

1874 - 1876 La otra casa de Galdós Serrano, 38 - 2º 
Casa de alquiler [Edificio desaparecido - No señalizado] 

Gracias a la correspondencia que mantiene con don Ramón de Mesonero Romanos, surgió este descubrimiento dado a conocer el 13 de marzo de 2018 en la conferencia inaugural titulada La llegada de Galdós a Madrid y casas que habitó, correspondiente al ciclo organizado por la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina en homenaje al 175 aniversario del nacimiento de Benito Pérez Galdós. 

1876 - 1894/96 Plaza de Colón, 2 - 3º 
Casa de alquiler. [Edificio desaparecido - No señalizado] 

En este domicilio continuará conviviendo con su familia y será en el que resida durante casi veinte años. En un artículo de Armando Palacio Valdés (1882), publicado en la revista ilustrada Las Artes, hace referencia a esta casa, enfrentada entonces a la antigua Casa de la Moneda, espacio ocupado en la actualidad por los Jardines del descubrimiento. 

"La acera de Recoletos termina en la plaza de Colón. A la derecha se encuentra la casa donde se fabrican las pocas pesetas buenas que hay en España. A la izquierda está la que proporciona las pocas novelas bellas; la casa de D. Benito Pérez Galdós". 

También lo hará doña Emilia Pardo Bazán en Nuevo Teatro Crítico (1891), donde describe el estudio del escritor. El extenso artículo indica en sus descripciones que Galdós era un hombre sencillo, honesto, pulcro, poco dado a la opulencia y la pedantería, con gustos decorativos antiguos, rozando lo gótico y renacentista. 

1892 - 1896 Santa Engracia, 49 y San Mateo, 11 
Casas de alquiler. [Edificios desaparecidos - No señalizados] 
 
Entre 1892 y 1896, los domicilios del escritor son alternativos. Pasará largas temporadas en su hotelito de Santander y cuando resida en Madrid trabajará en la calle San Mateo, 11 (duplicado, bajo), donde estaba ubicada la administración de La Guirnalda. Este domicilio aparece en la correspondencia de Galdós escrita en el año 1895 y de manera intermitente. 
Se conoce la dirección postal de la calle Santa Engracia, 49 (entresuelo), a partir de 1892. En la actualidad, el número 49 corresponde a los edificios que ocupan los portales 55 y 57, situados entre las calles Feliciana y Sagunto. Según los datos catastrales, el primero fue construido en 1940 y el segundo en 1897, esto hace suponer que parte del edificio habitado por Galdós fue demolido a finales del siglo XIX y el otro mantuvo su fachada, correspondiendo la construcción interior al siglo XX. 
 
1896 - 1912 Paseo de Areneros, 46 (actual calle de Alberto Aguilera, 70) 
Casa de alquiler [No señalizada] 

Podemos entender que tanto en el domicilio de la calle Santa Engracia, como en este del paseo de Areneros, Galdós ya no comparte vivienda con su familia, salvo en las largas temporadas que pasa en Santander. 

1912 - 1920 Hilarión Eslava, 7 
Casa propiedad de José H. Hurtado de Mendoza [Edificio desaparecido - Señalizado] 
 
En 1912 el delicado estado de salud y la avanzada ceguera llevarán a que Galdós se traslade a la propiedad de su sobrino José Hurtado de Mendoza, sita en la calle Hilarión Eslava, 7, del barrio de Argüelles. Allí residirá hasta su muerte. 
Ya vivían en aquella bonita casa de estilo mudéjar las dos hermanas del escritor, doña Carmen y doña Concha. Doña Magdalena había fallecido en Santander el 13 de octubre de 1894. El 26 de noviembre de 1914 fallecerá Concha, y con pocos meses de diferencia, el 27 de febrero de 1915, Carmen. 
Ocupando el terreno y sobre la casa, se construirá hacia 1945 el Centro de Enseñanza Media Superior no estatal Miguel de Cervantes. Este se derribará en la década de los setenta, cuando la Empresa Obras y Construcciones e Inmuebles VIMAR, S.A. construya el lujoso edificio que hoy pervive. 
 
1897 - 1904 Editorial Obras de Pérez Galdós 
[Señalizada] 

En 1897 el escritor abrirá su casa editorial en la calle de Hortaleza, 132 (actual número 104). Los libros de Hacienda de aquel año la asientan en el puesto 13 entre las 27 editoriales que había en Madrid. La Editorial Obras de Pérez Galdós desaparecerá administrativamente en octubre de 1903 y físicamente en enero de 1904. 

Novelas escritas en Madrid y Santander 
Pérez Galdós escribirá en el siglo XIX (1865-1900) nada menos que veintiocho novelas y ocho cuentos, además de su extensa producción de artículos para la prensa, que suman más de 5000. 
En el siglo XX, habiendo probado las mieles (en ocasiones hieles) de las obras teatrales, se embarcará en la finalización de la tercera serie de los Episodios Nacionales y la realización de las dos siguientes. 

Debemos tener en cuenta que desde 1871 Galdós veraneaba en Santander, donde construirá San Quintín, su única vivienda en propiedad.

En estos domicilios y en su finca San Quintín, de Santander, escribirá las siguientes obras: 

Novelas de la primera época: 
Calle del Olivo, 9 
La Fontana de Oro (1867-1868) - La Sombra (1870) - El audaz: Historia de un radical de antaño (1871) 
 
Calle Serrano, 8 y Serrano, 38 
Doña Perfecta (1876) - La primera parte de Gloria. 
 
Plaza de Colón, 2 
Gloria (1876-1877) - Marianela (1878) - La familia de León Roch (1878) 
 
Novelas contemporáneas: 
Plaza de Colón, 2 
La desheredada (1881) - El amigo Manso (1882) - El doctor Centeno (1883) - Tormento (1884) - La de Bringas (1884) - Lo prohibido (1884-1885) - Fortunata y Jacinta (1886-1887) - Miau (1888) - La incógnita (1888-1889) - Torquemada en la hoguera (1889) - Realidad (1889) - Tristana (1892) - La loca de la casa (1892) 
 
Santa Engracia, 49 o San Mateo, 11 
Torquemada y San Pedro (1895) 
 
Paseo de Areneros, 46 
Misericordia (1897) 
 
Hilarión Eslava, 7 
La razón de la sinrazón (1915)
 
Escritas en Madrid, Toledo y Santander: 
Ángel Guerra (1890-1891) - El caballero encantado (1909) 
 
Escritas en Santander: 
Torquemada en la cruz (1893) - Torquemada en el Purgatorio (1894) - Nazarín (1895) - Halma (1895) - El abuelo (1897) - Casandra (1905). 
 
Y entre Madrid y Santander irán naciendo los Episodios Nacionales:
 
La Primera serie centra la historia entre 1805 y 1814 (Guerra de la Independencia - Constitución de 1812 y Estado liberal), con Trafalgar como proemio de los episodios posteriores. Comprende los siguientes títulos: Trafalgar (1873) - La Corte de Carlos IV (1873) - El 19 de marzo y el 2 de mayo (1873) - Bailén (1873) - Napoleón en Chamartín (1874) - Zaragoza (1874) - Gerona (1874) - Cádiz (1874) - Juan Martín el Empecinado (1874) - La batalla de los Arapiles (1875). 
 
Segunda serie: Abarca el periodo que va de 1814 a 1834 (Restauración Absolutista, Trienio Liberal y Década Ominosa). Comprende los siguientes títulos: El equipaje del rey José (1875) - Memorias de un cortesano de 1815 (1875) - La segunda casaca (1876) - El Grande Oriente (1876) - El 7 de julio (1876) - Los cien mil hijos de San Luis (1877) - El terror de 1824 (1877) - Un voluntario realista (1878) - Los apostólicos (1879) - Un faccioso más y algunos frailes menos (1879). 
 
Tercera serie: Corresponde al periodo que va de 1834 a 1846 (Guerra Carlista, Regencia, Isabel II). Comprende los siguientes títulos: Zumalacarregui (1898) - Mendizábal (1898) - De Oñate a La Granja (1898) - Luchana (1898) - La campaña del Maestrazgo (1899) - La estafeta romántica (1899) - Vergara (1899) - Montes de Oca (1900) - Los Ayacuchos (1900) - Bodas Reales (1900). 
 
Cuarta serie: Abarca el periodo comprendido entre 1846 y 1868 (Reinado de Isabel II y La Gloriosa). Comprende los siguientes títulos: Las tormentas del 48 (1902) - Narváez (1902) - Los duendes de la camarilla (1903) - La Revolución de julio (1903-1904) - O’Donnell (1904) - Aita Tettauen (1905) - Carlos VI, en la Rápida (1905) - La vuelta al mundo en la «Numancia» (1906) - Prim (1906) - La de los tristes destinos (1907). 
 
Quinta serie: Corresponde al periodo que va de 1868 a 1880 (Sexenio democrático, Reinado de Amadeo de Saboya, Primera República, Dictadura de Serrano y Restauración Borbónica). Comprende los siguientes títulos: España sin rey (1907-1908) - España trágica (1909) - Amadeo I (1910) - La Primera República (1911) - De Cartago a Sagunto (1911) - Cánovas (1912). 
 
Recordamos y ponemos en valor la monumental empresa que supuso para el escritor la edición ilustrada de los Episodios Nacionales. Diez volúmenes realizados entre 1880 y 1885 en los que se contó con la colaboración de trece artistas, incluidos los hermanos Mélida.

En el siguiente plano podemos identificar otros tantos lugares donde la presencia del Galdós madrileño casi no está señalizada.

Finalizamos el recorrido por ese otro Madrid galdosiano y los lugares que identifican a Don Benito Pérez Galdós como un madrileño más en aquella villa matritense que avanzaba hacia un futuro a veces incierto.

Queda una tercera parte que es anexo de esta, donde se ratifica su condición de madrileño.

 

Eduardo Valero García
Investigador
Autor de Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español


 

 

 

 

 

 

 

 

Galdós Hijo Adoptivo de Madrid >

 


Del Madrid galdosiano y el Galdós madrileño (Parte I)

 

 
Cuando hablamos del Madrid galdosiano nos referimos al retratado en sus obras, pero no es el caso de este artículo. El interés está puesto en cuatro lugares que el pueblo madrileño le dedica en tres siglos.
En cuanto al Galdós madrileño, la importancia está en su condición de vecino.
 
Del Madrid galdosiano
Caminando por la ciudad podemos identificar muchos espacios relacionados con las novelas de Galdós. Ahí está la Fontana de Oro, aunque no sea la original; la Plaza de Pontejos y la cava de San Miguel como escenarios de Fortunata y Jacinta; la iglesia de San Sebastián, de Misericordia y el Parque de El Retiro que Isidora conocerá como Parque de Madrid en La desheredada. Vago ejemplo de la inmensidad de lugares mencionados por el escritor, desde el barrio burgués hasta el más pobre, que conforman el Madrid galdosiano literario.
 
Dentro de ese Madrid galdosiano encontramos otros espacios que representan el homenaje del pueblo madrileño al insigne escritor a través del Ayuntamiento de Madrid. Estos son una calle, placas, el reconocimiento a sus méritos y dos obras de arte: el monumento esculpido por Victorio Macho y los trampantojos diseñados por Antonio Mingote.
 
En cuanto a las placas, la más reciente es de este año 2020, colocada en la cava de San Miguel, en el número 11, donde Galdós sitúa la casa de Fortunata. Cerca de ella, la referencia a Botín, placa colocada por la Cámara de Comercio en la década de los noventa del siglo pasado.
 
Comenzamos el recorrido por ese otro Madrid galdosiano.
 
Siglo XIX
Calle Pérez Galdós (entre las de Fuencarral y Hortaleza)
 


 
 
 
 
 
 
 
 
 
En la sesión del Ayuntamiento del viernes 24 de febrero de 1899, y a instancias de los señores Díaz Valero y el conde de Vilches, se aprobaba la proposición para el cambio de nombre de las calles de las Beatas y del Colmillo por la de Antonio Fernández Grilo y Pérez Galdós, respectivamente.
 
En la Sesión del miércoles 15 de marzo se ratificó la proposición de cambio para estas calles, que quedó aprobada por unanimidad y sin discusión en el décimo Orden del día.

Más tarde, en Sesión del 14 de abril se autorizaba la nota de Secretaría por la que se anunciaba al público el cambio de nombre de las citadas calles y otras.
 
Nada más conocerse la noticia sobre la designación de calle de Pérez Galdós a la que había sido del Colmillo, la prensa dio su opinión, que no era otra que una contundente crítica al Ayuntamiento.

Como es lógico, muchos opinaban que Pérez Galdós era merecedor de una plaza o una avenida importante; sin embargo, otros echaban espumarajos por la boca al considerar una aberración la iniciativa del Ayuntamiento. Para esos, Galdós no merecía nada.

La sensatez llevaba a que algunos dudasen de si se trataba de un homenaje o un sarcasmo. Así, en el periódico La Reforma podían leerse párrafos como estos:
«Para un Pérez Galdós que, por fecundo y por genial, es el primer novelista de España en varios siglos, nos parece un ochavo moruno, una limosna insignificante el patronato que se le otorga sobre la insustancial y exigua calle del Colmillo.
Galdós merecía una calle de más fuste; pero si el mal de muchos es forzoso consuelo de todo agraviado, cuando tome D. Benito posesión de su calle, cerca tiene visibles testimonios de las injusticias históricas que la nomenclatura callejeril ofrece.»
Y era cierto. Independientemente del nombre de grandes próceres asignado a calles menores, se dijo que a Galdós la calle del Colmillo no le llegaba al diente. 

El Ayuntamiento de 1899 fue más congruente en la elección; digamos que hiló más fino. No por el tipo de vía, que, como hemos visto, quedaba pequeña para tan gran personalidad, sino por una referencia muy clara que está presente en Fortunata y Jacinta (dos historias de casadas) y a la que don Benito bien supo titular Final, que viene a ser el principio.

Hablo del Capítulo XI, último de la primera parte de la novela, cuando Jacinto Villalonga da cuenta a Juanito Santa Cruz de la presencia de Fortunata en Madrid.
«-En buen apuro me vi, camaraíta -dijo Villalonga conteniendo la risa-. ¿Se enteraría? Pues verás; otro detalle. Llevaba unos pendientes de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno pálido. ¡Ay, qué orejitas de Dios y qué turquesas! Te las hubieras comido. Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para averiguar dónde vivía. Toda la gente que había en Praga la miraba, y ella más parecía corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle de Alcalá, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros detrás. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al sereno, les abrió, entraron. En una casa que está en la acera del Norte entre la tienda de figuras de yeso y el establecimiento de burras de leche... allí.» [Cap. XI-II, pp. 470-471]
 
Siglo XX
Monumento a Pérez Galdós (Parque de El Retiro)
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La tarde del 19 de enero de 1919 se inauguraba el monumento, obra del escultor palentino Victorio Macho costeada por suscripción pública. Galdós estuvo presente.
En nombre del pueblo de Madrid, el alcalde recibió el monumento para su custodia. Así queda ratificado en el Acta:  
 
"En Madrid, a XIX de enero de MCMXIX, en presencia del excelentísimo Ayuntamiento de esta villa y corte, se procedió por el excelentísimo Sr. D. Luis Garrido Juaristi, alcalde presidente, a la ceremonia de inaugurar la estatua del excelso novelista y dramaturgo don Benito Pérez Galdós, erigida por suscripción pública, y situada en el lugar del Parque de Madrid denominado paseo de los Pinos. La Comisión ejecutiva, compuesta por Victorio Macho, escultor y autor del monumento, y los escritores Serafín y Joaquín Alvarez Quintero, José Francés, E. Ramírez Ángel, Marciano Zurita y A. González Blanco, hace en el día de hoy solemne entrega de ella para su custodia a la expresada villa de Madrid.
Y para que conste firman este acta todos los asistentes a la ceremonia.
 
Durante la ceremonia la Banda municipal entonó los acordes de la Marcha Solemne, del maestro Villa. También se interpretaron notas del final de la ópera de Galdós y Arturo Lapuerta, "Zaragoza", estrenada el 5 de julio de 1908 en el Teatro Principal de Zaragoza.
 
 
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Lápida de homenaje (calle de Hilarión Eslava, 7)
 

 
 
 
 
 
 
 
La madrugada del domingo 4 de enero de 1920, en el hotelito de la calle de Hilarión Eslava, número 7, fallecía Don Benito María de los Dolores Pérez Galdós. El pueblo español, y en especial el madrileño, recibía desconsolado la triste noticia. 
 
Cuatro años más tarde, el 11 de noviembre de 1924, se verificó la inauguración de la placa que el Ayuntamiento colocaba en representación del pueblo. Es la única que se conserva de las otras dos que existieron en la casa.
 



 
Siglo XXI
Trampantojos de la calle de la Sal 
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando paseamos por Madrid y nos acercamos a la Plaza Mayor, estamos entrando en el epicentro del Madrid gadosiano. Señal identificatia de que allí nos encontramos son los trampantojos que adornan el muro del edificio esquinero de la calle de la Sal. Cuatro magníficas obras de arte creadas por el maestro Antonio Mingote inaugurados el 30 de noviembre de 2001.
 
Como lo hiciera Galdós, retratando una sociedad de marcados estratos, Mingote encaja esas dramáticas diferencias sociales en los cuatro balcones ciegos.

Siguiendo la elitista configuración de la vivienda burguesa del siglo XIX, va escalonando de mayor a menor, y de abajo a arriba, la importancia de los personajes según su categoría. Digamos que la burguesía, por comodidad y apariencias, establece un sistema piramidal invertido, donde el que está más arriba es el que menos posibles tiene.

Con la llegada del ascensor esto cambiará, pero, hasta entonces, el dueño de la propiedad habitará la planta principal (primer piso) y la servidumbre, o inquilinos con escasos recursos, vivirán en la última planta o bohardilla.

La planta baja se destina a locales comerciales, entrada de carruajes y portería. En ocasiones, el dueño de la propiedad tenía allí su comercio.

Los siguientes cuadros explican lo dicho, utilizando para cada ejemplo los trampantojos de Mingote fotografiados por Divina Aparicio.






El Madrid bohemio, el romántico y el burgués, amalgamados en el Madrid galdosiano, quedan perfectamente identificados en escenarios costumbristas cuyo motivo principal gira entorno a Fortunata y Jacinta (dos historias de casadas).

Pero no todas las casas eran burguesas. Galdós hace una minuciosa descripción de las viviendas habitadas por las clases menos favorecidas cuando habla de Barbarita Arnaiz. Casas que también se encontraban en los aledaños de la plaza, incluso aquellas que formaban sus muros.
«Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive, y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas subsiste.»
Fortunata y Jacinta. Parte primera. Cap. II, 2

Otra referencia del estado de esas casas la tenemos en la parte cuarta (Cap. III, 7), cuando Fortunata acuerda con su tía vivir en casa de ésta.
«El cuarto que entonces tenía Segunda en aquella casa era uno de los más altos. Estaba sobre el de Estupiñá. (...) Fortunata vio el cuarto. ¡Ay, Dios, qué malo era, y qué sucio y qué feo! Las puertas parecía qué tenían un dedo de mugre, el papel era todo manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente la joven se había adecentado mucho y adquirido hábitos de señora, porque la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categoría, a sus hábitos y a sus gustos. Hizo propósito de lavar las puertas y aun de pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo más posible, sin perjuicio de buscar casa más a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su compañía. El gabinetito que ella había de ocupar tenía, como la sala, una gran reja para la Plaza Mayor. (...) Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros y enormes grietas que por todas partes había, empapelar el gabinete, que iba a ser su alcoba, y pintar las puertas.» 
 
A este otro Madrid galdosiano podríamos añadir una referencia más, con lo que tendríamos cinco. Sin embargo, aunque rinde homenaje al escritor en el callejero municipal, no es representativa de los escenarios utilizados por Galdós en Fortunata y Jacinta. 
 
 
Calle de Fortunata y Jacinta
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
En 2017 el Ayuntamiento cambiará el nombre de la calle General Orgaz por el de Fortunata y Jacinta. La arteria está ubicada en el barrio de Cuatro Caminos del distrito de Tetuán, entre las calles de Orense y de la Infanta Mercedes, con inicio en la avenida del General Perón, zona incompatible con los lugares recreados por Galdós en la novela.  
 
El Ayuntamiento confundirá el convento de las Micaelas, que no era otro que el Colegio o Asilo de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, con la parroquia de Santa María Micaela y San Enrique, fundada en 1941. Si bien, cercana a la zona, está la calle Dulcinea, de relevancia en la novela de Cervantes como lo son las que dan título a la novela de Galdós, se aleja de la cartografía de esta.
 
Además, cronológicamente, la historia de Fortunata y Jacinta se desarrolla entre la caída de la República y el comienzo de la Restauración, es decir, desde 1873 hasta 1876, cuando esa zona no estaba poblada.


Del Madrid galdosiano y el Galdós madrileño (Parte II) >